Nov 12 2014

Los consejos del sabio de Singapur

Tras un año marcado por conflictos en Oriente Medio y Ucrania, el presidente americano se toma un momento de respiro en otra área geográfica, de situación tensa aunque mucho más apacible. Acude a las cumbres de la Asociación Asia-Pacífico, de la ASEAN y del G-20. Nada de dilemas militares. Sonrisas, defensa del libre comercio y de prosperidades compartidas. Pero quizás hubiera sido recomendable que Obama leyera antes el libro The Grand Master’s Insights de Lee Kuan Yew, primer ministro de Singapur desde su independencia hasta 1990, una de las personalidades políticas más influyentes de Asia. Su prestigio se basa en haber sabido convertir una ciudad Estado del Tercer Mundo en un destacado centro comercial y financiero mundial. Lee supo dar cohesión a un pequeño país, separado de Malasia en 1965, y convertir el crisol de culturas de su territorio en un ejemplo de la prosperidad del Asia emergente. A sus noventa años, este político, defensor de la preeminencia del pragmatismo sobre las ideologías, es una referencia para políticos y analistas interesados en el futuro de esa inmensa región que suele denominarse Asia Pacífico. Son consejos de un pragmático, que se confiesa admirador por igual de De Gaulle, Churchill o Deng Xiaoping.

Lee está convencido de que China aspira a convertirse en la primera potencia mundial y a desplazar a EEUU. Los chinos tienen un acusado sentido del destino, por no decir de la historia, aunque actúan con gran prudencia. No aspiran a repetir los errores de las grandes potencias del pasado, como Alemania y Japón, que fracasaron por desafiar el orden internacional existente. Saben muy bien que el poder en el siglo XXI viene dado por el PNB, y no por la fuerza militar. Basta con que China niegue a sus vecinos el acceso a sus mercados para fragilizar sus estructuras políticas, sociales y económicas. La reacción de estos vecinos ha sido forjar alianzas militares con Washington, pero también económicas, como demuestra el interés norteamericano en construir una gran área de libre comercio, el Transpacific Partnership, que no solo excluye a China en la práctica sino que pretende cercarla desde un punto de vista geopolítico. Lee considera, sin embargo, que ya es demasiado tarde y que esto debería haberse hecho hace treinta años. Entonces era el mejor momento para incorporar a una serie de países a la economía de EEUU. Probablemente el pulso que Washington mantenía con Moscú en los años finales de la guerra fría y la euforia del “fin de la historia” de los felices 90, impidieron a los estadounidenses ser plenamente conscientes de la ascensión económica de China. Pese a todo, Lee no cae en el simplismo de reducirlo todo a las cifras del PNB, pues aunque los chinos superen un día en este aspecto a los norteamericanos, dista mucho de que hagan otro tanto en el dominio de la tecnología. Por otra parte, el político subraya los puntos débiles de la China emergente. Es verdad que los chinos han potenciado el uso del inglés, si bien siguen teniendo demasiados ideogramas en su cabeza. Todo un contraste con un Singapur que puso el inglés como idioma oficial, pero no es menos cierto que una China orgullosa de su civilización no puede hacer lo mismo. Sin embargo, esa civilización, basada en la centralización del poder, no podrá mantenerse sin cambios ante las influencias exteriores. El partido comunista busca, ante todo, la estabilidad y en principio, parece destinado a reaccionar como lo hizo Deng Xiaoping ante las protestas de los estudiantes en Tiananmen. Preferirá sacrificar a miles de personas para evitar que China se sumerja en el caos durante un siglo. Sin embargo, Lee considera que no es inteligente que los chinos traten de una forma tan bárbara a su propio pueblo. China tiene que comprender que la base de cualquier Estado moderno es el imperio de la ley. Necesita unos códigos y un poder judicial independiente. Hace además un elogio de Xi Jinping, a quien considera una persona con enorme estabilidad emocional, y se da a entender, sin muchas palabras, que puede ser un personaje casi semejante a Deng en el sentido de que hará historia en China.

No entra Lee en la polémica de si EEUU ha entrado en decadencia, pues estadísticas aparte, tiene una gran confianza en el futuro de ese país, pues valora el dinamismo de su sociedad y el espíritu emprendedor que siempre la ha caracterizado. Lo único que le preocupa es el crecimiento del déficit americano, la principal amenaza a su liderazgo global. Respecto al futuro de las relaciones EEUU-China, no caben los planteamientos ideológicos de la guerra fría, y se moverán en una dinámica simultánea de cooperación y competitividad. Con todo, encuentra una contradicción entre el propósito, no confesado, de aislar a China estableciendo alianzas con sus vecinos y al mismo tiempo exigir su cooperación. Lee considera que no se pueden enviar a Pekín señales contradictorias. Aislar a China implicará el riesgo de configurar una potencia xenófoba, chovinista y hostil. Hay que conseguir que China sea más cosmopolita y se implique más  en los asuntos mundiales.

¿Por qué son valiosas las opiniones que Lee vierte en este libro? Porque se basan en la experiencia y en el conocimiento de la historia. El pasado en sí mismo no sirve para pronosticar el futuro. Lo que importa no es tanto lo que pasó sino por qué pasó. Nada está predeterminado, ni siquiera la democracia, aunque no es menos cierto que la política se asemeja a menudo a una tragedia en la que sus protagonistas poco han aprendido de los errores cometidos por otros en el pasado.


Oct 17 2014

Irán condiciona la política de Obama en Oriente Medio

La geopolítica siempre nos sorprende con los cambios de socios o aliados, muchas veces enemigos hasta aquel momento. En esos cambios dominan la necesidad y la fuerza de una evidencia: la de que el enemigo de mi enemigo puede convertirse en mi amigo. Nada hay más que socave las alianzas permanentes que esta afirmación, que se hace realidad plena en la política exterior de Obama en Oriente Medio.

Durante bastantes años, y al compás de los avances de Irán en su programa nuclear, muchos políticos americanos, y algunos europeos, señalaban con el dedo al régimen islamista de Teherán. Lo consideraban la mayor amenaza a la paz y a la estabilidad en la región más convulsa del planeta. Sin embargo, la primavera árabe, y sobre todo la guerra civil siria, cambió esta perspectiva. El auge del integrismo suní, representado hoy por el Estado Islámico (EI), contribuyó a que Irán ya no fuera visto como la peor amenaza, por mucho que Israel siga pretendiendo comparar a los gobernantes iraníes con el EI. No se prestará atención a la dramática advertencia de Netanyahu en la ONU de que el precio de la derrota del EI no pasa por la aceptación de un Irán nuclear. Pese a todo, no estamos en una reedición de la política de apertura de EEUU a la China de Mao por parte de Nixon y Kissinger. El antiguo secretario de Estado rechaza toda comparación en su último libro, sobre todo porque el Irán islamista no está tan aislado como la China de entonces. Esto no impide a Kissinger defender una política de cauteloso acercamiento a Irán aunque la efectividad de dicha política solo podrá comprobarse a partir de la verdadera perspectiva que los iraníes tengan de su política exterior. Dicho de otro modo: ¿es Irán un Estado soberano, al estilo del sistema histórico de Westfalia que tanto complace al político estadounidense, un Estado capaz de aceptar algún tipo de equilibrio entre potencias, o por el contrario sigue aferrado a una concepción expansionista de su credo islámico, y es reticente a aceptar este tipo de acuerdos internacionales que triunfaron en épocas pasadas? Kissinger estaría conforme en que con un Estado pragmático se puede dialogar. Después de todo, hasta el propio Mao era flexible, por no decir su ministro de exteriores Chu en Lai, pese a no haber renunciado expresamente a exportar su revolución.

Se diría que Obama cree, o necesita creer, que Irán no se dejará llevar por maximalismos ideológicos. Solo así se entiende su política exterior de los últimos meses, aunque tanto Teherán como Washington hayan negado expresamente que estén coordinando sus operaciones en Irak frente a la amenaza del EI.  Nunca se entenderá la tremenda paradoja de que el gran beneficiario de la invasión de Irak en 2003 haya sido la república islámica iraní y tampoco se comprende el escaso interés de Obama por preservar un mínimo contingente de tropas americanas tras la retirada de Irak a finales de 2011. Si pensó que Irán iba a llenar ese vacío y convertirse en un factor de estabilidad para el país, se equivocó por completo. De la influencia iraní solo podía salir un incremento de la política sectaria de los chiíes que la minoría suní  no estaba dispuesta a admitir y que al final ha servido para preparar el terreno al EI. Así lo ve, por ejemplo, el ex secretario de Defensa Leon Panetta en su reciente libro Worthy Fights.

Pero si combatir al EI significa enfrentarse a la vez al régimen de Asad apoyando a una endeble oposición moderada siria, ahí no estarán de acuerdo iraníes y norteamericanos. No hace tanto tiempo Asad pasaba por ser un líder amortizado. Ahora su previsible destino es que pueda mantener bajo su soberanía una amplia franja de territorio en Siria, algo que satisfará tanto a Irán como a Rusia. En este contexto, si la Turquía de Erdogan pone como condición la caída de Asad para implicarse a fondo en la campaña contra el EI, no cabrá extrañarse de que Washington no quiera ir más allá de una limitada asistencia a la oposición del Ejército Libre Sirio. Los iraníes no desean que Asad caiga y los norteamericanos tienen horror al vacío. Sin embargo, Washington debería ser consciente de que sin Turquía la coalición contra el EI pierde la mayor parte de su efectividad, aunque Ankara se encuentra también en una situación embarazosa por la posibilidad perfectamente verosímil de que la derrota del EI favorezca el secesionismo kurdo, y frustre de paso las expectativas de Erdogan en busca de una república presidencialista para la que necesitaría la cooperación de los partidos kurdos.

En las vacilaciones de la diplomacia norteamericana en Oriente Medio el gran factor condicionante es Irán, un factor que siembra la inquietud entre los aliados árabes e israelíes de Washington. Los iraníes miran lógicamente por sus propios intereses y pertenece al género del absurdo pensar que EEUU vaya a alinearse con el eje chií de Irán, Siria y Hezbolá. Pero en el punto muerto de la situación en Oriente Medio, ese absurdo es menos absurdo que antes.


Sep 12 2014

Irak no es Kosovo

Finalmente Obama desveló su estrategia sobre el Estado Islámico (EI) en su discurso en la Casa Blanca en la noche del 10 de septiembre. Una fecha no elegida al azar por estar en vísperas de otro aniversario del atentado a las Torres Gemelas, aunque las circunstancias son diferentes. El enemigo es más peligroso aunque sea tachado por Obama de terrorista como Al Qaeda.  Es también un actor no estatal con la diferencia de que ejerce su dominio sobre un extenso territorio en Siria e Irak además de contar con abundante armamento e ingresos petrolíferos. Pero el arma principal del EI es haberse erigido en defensor de la minoría suní en Irak, algo capaz de atraer simpatías en un mundo musulmán en que el sunismo es mayoritario. Ese es el principal atractivo para los yihadistas de todo el mundo, muchos con pasaportes occidentales, que combaten en sus filas. De este modo el EI se presenta como un campeón de la resistencia del Islam ortodoxo contra los herejes chiíes de Líbano, Siria, Irak e Irán, y contra unos kurdos que son vistos como cómplices de EEUU y del sionismo.

Si unos días antes Obama confesaba que carecía de estrategia en Irak, ahora ha revalidado la validez de las tácticas empleadas en Kosovo en 1999: una prolongada campaña área sin despliegue de tropas americanas sobre el terreno. Si aquella campaña duró 77 días, la de Irak, extensible a Siria, puede durar todavía más porque no se puede dar por concluida hasta que el EI pierda el control de sus territorios. Esto únicamente sucederá cuando otras tropas, previamente bien armadas y entrenadas, los venzan en el campo de batalla. Es lo que pasó en la campaña de Afganistán en el otoño de 2011 cuando los talibanes fueron desalojados del poder, aunque la implicación de americanos y británicos fue mucho más directa. En Afganistán se utilizó como justificación las resoluciones 1368 y 1373 del Consejo de Seguridad sobre las amenazas a la paz y la seguridad internacionales creadas por actos de terrorismo. En el caso del EI sería muy difícil una resolución del Consejo, pues Rusia y China no tienen especial interés, y menos en estos momentos de conflicto en Ucrania, de justificar a la coalición que pretendería liderar EEUU. No importa que Moscú considere al EI como un enemigo capaz de avivar el radicalismo islamista en el Cáucaso.

Obama no contará, por tanto, con un aval expreso de la ONU, y ni siquiera del Congreso, después del fracaso en conseguirlo el año pasado para una intervención en Siria, aunque los republicanos tampoco le van a molestar demasiado con este tema. De hecho, asistimos en las filas del partido de la oposición al progresivo abandono de posturas aislacionistas en política exterior, como las que defendiera hace años el Tea Party.

El problema es que Irak no es Kosovo. Los bombardeos en aquel territorio se efectuaban para doblegar a los serbios y evitar nuevas masacres de albano-kosovares, pero las acciones aéreas no serán suficientes para que el EI retroceda sin la consiguiente intervención terrestre que solo puede venir de un esfuerzo conjunto de los iraquíes: kurdos, suníes y chiíes. El único punto débil del EI puede provenir de una rebelión interna de los suníes de su territorio, descontentos con su régimen opresivo. Claro que esto sucedería en territorio iraquí. ¿Y en Siria? Obama apoyará a los rebeldes moderados anti-Asad, pero estos cuentan con dos enemigos, el régimen sirio y los islamistas radicales. Si no se impusieron antes, ¿cómo podrían imponerse ahora cuando Asad es mucho más fuerte? EEUU buscará el apoyo de Arabia Saudí, que considera al EI como una grave amenaza a su propia legitimidad islámica, pero no se puede esperar del reino saudí una ayuda decisiva porque Riad tampoco querría verse asociado a lo que algunos quieren presentar como una coalición chíi, sobre todo si cuenta con el apoyo más o menos explícito de Irán.

La estrategia de Obama es endeble. Responde a la necesidad de hacer algo, como sucedió el año pasado cuando el régimen de Asad habría traspasado la “línea roja” con el uso de armas químicas, pero el éxito no está garantizado porque los aliados de Washington son débiles o no quieren comprometerse excesivamente. Estamos ante una guerra que el presidente dejará en herencia a su sucesor o sucesora.


Ago 31 2014

Obama, Stephen Walt y el realismo político

Pese a los años transcurridos de su presidencia, muchos analistas se siguen preguntando en qué teoría de las relaciones internacionales encaja la presidencia de Obama. En sus discursos, antes y después de ser presidente, no faltan las referencias a ese idealismo político, que nació en EEUU con Woodrow Wilson, y que predica la difusión universal de la democracia y tiene en cuenta el papel de la diplomacia y las organizaciones internacionales. Sin embargo, en la práctica Obama pasaría por ser un consumado representante del realismo político. Hay quien lo compara con George F. Kennan, defensor de las políticas de contención durante la guerra fría, o incluso con Nixon, cuya doctrina reflejada en el abandono de Vietnam o la apertura a la China de Mao, se asemejaría a la de un Obama que se retiraría de Irak y Afganistán para centrarse en Asia oriental y el Pacífico. Pero los acontecimientos en Ucrania y Oriente Medio, con las consiguientes  reacciones de la presidencia americana, hacen mucho más compleja la ubicación de Obama en cualquier teoría de las relaciones internacionales.

Pese a todo, Stephen Walt, profesor de Harvard y uno de los principales representantes del realismo, ha escrito que Obama le parece mucho más realista que él mismo en política exterior. Pero es dudoso incluso que un reputado realista como Kissinger estuviera de acuerdo con Walt, pues siempre ha considerado que todo realismo responde a una estrategia, aunque sus detractores piensen que solo se basa en tácticas de apaciguamiento del adversario. Por lo demás, el periodista de The Financial Times, Gideon Rachman, que denunció hace pocos años el “mundo de suma cero” por el que se desliza el escenario internacional, criticaba la “confesión” de Obama de que carece de estrategia en Irak, aunque probablemente sea un lapsus no buscado. En contraste, Walt intentaba demostrar en Foreign Policy que el realismo impregna la diplomacia de Obama desde la época de su campaña electoral. En aquel lejano 2008 le preguntaron cuáles eran sus películas favoritas y respondió que El Padrino I y El Padrino II, donde encontramos este consejo del patriarca del clan Corleone: “Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos”.  Walt lo aplica a la actitud conciliadora de Obama hacia Rusia, China o Irán, lejos de toda retórica belicista que habría traído mucho más problemas. Desde esta perspectiva, la cautela inicial de Obama ante el conflicto sirio aparece como una virtud: si se hubiera armado a los rebeldes ¿no se habría alimentado el poder del Estado Islámico ( EI)? Y el propio Estado Islámico no representaría una amenaza directa a EEUU. Si es así, ¿no es mejor que Washington conceda un apoyo limitado a los kurdos, al  gobierno de Bagdad o al régimen sirio para derrotar al EI?  Por seguir interpretando más acontecimientos, Walt considera que Netanyahu ha sido humillado en Gaza. Hamás ha saludado el armisticio con más entusiasmo que los israelíes. ¿Quién sabe si esto contribuirá al ocaso de la carrera política del primer ministro israelí, sustituido en un futuro próximo por un político de una línea más apaciguadora?

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Según Walt, la actitud de Obama en Asia es la correcta: una mezcla de contención y cooperación con China, dados los fuertes vínculos económicos entre las dos grandes potencias. De acuerdo con esta interpretación, la red de alianzas de Washington en Asia se mantendrá, pero los norteamericanos no aplicarán a China ni la retórica ni las actitudes mantenidas hacia la URSS durante la guerra fría. Respecto a la crisis de Ucrania, Walt llega a una aplastante conclusión: los más perjudicados son Rusia, Ucrania y Europa. Desde luego, no EEUU. Y la salida solo podría ser la resignación de Kiev a ser un Estado neutral entre Rusia y Europa.

Esta es la imagen de Obama que nos presenta Stephen Walt: frío y calculador, que deja que los adversarios se peleen y desgasten entre sí. Sin proclamar un aislacionismo al estilo del siglo XIX, velaría exclusivamente por los intereses de EEUU. ¿Es esto la cumbre del realismo? Más bien es la del pragmatismo o la del tacticismo. No vemos por ningún lado planes preconcebidos al estilo de Don Corleone. Un realista como Kennan tenía una estrategia definida, lo que equivale a un objetivo o un fin: la derrota por medio de la contención del adversario soviético, pues estaba convencido que el sistema comunista llevaba dentro de sí las semillas de su propia destrucción. Un Kissinger quería resucitar el sistema de concierto de potencias europeo del XIX a escala mundial por medio de la apertura a China, pues el sistema bipolar daba síntomas de agotamiento. Sin embargo, Obama ha dado muestras de reaccionar a remolque de los acontecimientos y ha conseguido que a la inacción o a las reacciones limitadas se las llame prudencia o diplomacia inteligente. El presidente parece haber obrado así en función de una opinión pública cansada de aventuras exteriores. Es muy probable que otro presidente, demócrata o republicano, hubiera tenido reacciones similares a las de Obama en las crisis internacionales. Sin ir más lejos, Hillary Clinton, que se distancia ahora de su política exterior pensando en las primarias de 2016.  Mas lo peor que puede sucederle al presidente de la primera potencia mundial, el que antes era llamado líder del mundo libre, es que la opinión pública de su propio país esté perdiendo su confianza en él como conductor de la política exterior. A esa opinión no le gustan los líderes supuestamente fríos y calculadores. Se puede ser calculador, pero hay que transmitir a los ciudadanos el entusiasmo y la determinación de los grandes presidentes del siglo XX. Entre ellos también había demócratas como Obama. Sin ir más lejos, Roosevelt y Kennedy.


Ago 11 2014

La «moldavización» de Ucrania

La situación en el este de Ucrania evoluciona hacia uno de esos “conflictos congelados” que surgieron en algunas repúblicas de la antigua URSS a principios de la década de 1990. Un ejemplo bien conocido estaba en Georgia donde se produjo la secesión de las repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur, apoyadas por Rusia. Fueron diecisiete años de “conflicto congelado”, con una situación revertida súbitamente a favor de Moscú en una guerra con Georgia de tan solo cinco días en agosto de 2008. Si bien es cierto que el reconocimiento internacional de las dos repúblicas autoproclamadas independientes se limita a Rusia, Nicaragua y Venezuela, las posibilidades de que algún día Georgia recupere su soberanía sobre ambos territorios es francamente remota. Tan remota como la de Ucrania vuelva a ondear su bandera en Crimea y Sebastopol, cuya anexión a Rusia solo reconocen las citadas repúblicas ex georgianas, Bielorrusia y el enclave secesionista armenio de Nagorno Karabaj situado en Arzebaiyán. Los documentos internacionales pueden referirse en infinidad de ocasiones a la integridad territorial de Georgia y Ucrania, pero la política de hechos consumados se ha impuesto sobre cualquier otra consideración. Por lo demás, se podría decir que el conflicto en Ucrania oriental, entre el ejército de Kiev y las milicias prorrusas, evoluciona hacia un estancamiento presente también en latitudes cercanas. La similitud más clara está en Moldavia, donde la república de Transnistria o del Transdniester, con población mayoritariamente rusa, es independiente de facto desde 1992 y más de un millar de soldados rusos están presentes para “mantener la paz” o más bien para evitar que Moldavia, que en otro tiempo perteneciera a Rumania, sienta la tentación de recuperar por la fuerza su soberanía sobre el territorio. Sobre esta interpretación peculiar del mantenimiento de la paz, podemos leer en el art. 8 de la Carta sobre la Seguridad Europa de la OSCE: “En el seno de la OSCE, ningún Estado, grupos de Estados, u organización podrá arrogarse una responsabilidad superior para el mantenimiento de la paz o de la estabilidad en el área de la OSCE, o podrá considerar parte alguna del área de la OSCE como su propia esfera de influencia”.

Algunos análisis políticos escritos, tras el derribo del  MH370, insistían en que este acto criminal perjudicaría la causa de los rebeldes prorrusos en Ucrania y pondría en dificultades a una Rusia que apoya la insurrección. Pero ni la consideración de crimen de guerra ni cualquier tipo de investigación internacional pondrá fin a la rebelión secesionista. Quienes derribaron el avión lo consideran un “error trágico”, una confusión con un avión de transporte ucraniano, como los abatidos en otras ocasiones, y cuya responsabilidad última recae sobre el gobierno de Kiev por haber permitido que una aeronave civil atravesara un espacio aéreo en guerra. Hubo incluso quién pensó que la consecuencia menos mala de este terrible suceso sería un cambio de actitud en Putin, que se mostraría más conciliador tratando de buscar alguna salida al conflicto. El paso del tiempo ha demostrado que eran esperanzas bienintencionadas, pues tanto EEUU como Europa han aprobado nuevas sanciones contra Moscú, y por limitada que pueda ser su eficacia, la respuesta de Putin, que sigue contando con el apoyo mayoritario de su opinión pública, solo podía ser de tonos más agresivos y contundentes. Hay quien dirá que esa respuesta no es “inteligente”, pero es la que muchos en Rusia esperan oír. El nacionalismo ruso y la geopolítica del eurasianismo que lo sustenta, que mira más a Asia que a Europa, no tienen otra lógica que la de seguir presionando sobre Ucrania. La derrota o el desestimiento no existen en su vocabulario. El general Philip Breedlove, comandante supremo aliado en Europa, ha señalado con acierto que Putin utiliza “herramientas del siglo XXI para una ofensiva del siglo XXI”. El engaño estratégico y la ambigüedad calculada son instrumentos para alcanzar objetivos políticos. Puede que algún político ucraniano, o de algún país del este de Europa,  crea que un ingreso acelerado de Ucrania en la OTAN contribuya a desactivar las pretensiones de Moscú. Nada más lejos de la realidad. El ingreso supondría una carrera de obstáculos no superables a corto plazo: modificación de la constitución ucraniana, unanimidad de los 28 miembros de la Alianza con la ratificación de los parlamentos respectivos… Pasaría un tiempo hasta que el estatus de miembro fuera efectivo y luego cabría preguntarse que si las garantías que otorga el tratado de Washington son eficaces ante la situación que se vive en el este de Ucrania. Los arts. 5 y 6 se refieren a un ataque armado y una acción militar. ¿Cómo hay que entenderlo? ¿En el contexto de un conflicto interestatal o intraestatal? Ucrania vive una rebelión interna y no se ha producido una invasión extranjera en el sentido clásico del término. No obstante, en aquel lejano 1949 Francia consiguió que se incluyera en el tratado una referencia a los departamentos franceses de Argelia, aunque a la hora de la verdad, tuvo que afrontar ella sola una batalla contra la insurgencia independentista, a la que venció sobre el terreno para ser finalmente derrotada ante la opinión pública mundial.

Es muy probable que en el este de Ucrania surja otra Transnistria, un protectorado ruso independiente de facto, y cualquier intento de Kiev por revertir la situación por medio de las armas será el pretexto para una implicación directa de Moscú, convencida de que la situación de Georgia se repetirá y solo habrá una tibia reacción de Occidente. Desgraciadamente el destino de Ucrania parece ser el de Moldavia y no el de las neutrales Finlandia, Suecia o Suiza