Los BRICS no serán una alternativa

En color azul, los países miembros de BRICS
Joseph S. Nye, profesor emérito en Harvard y con responsabilidades en materia de seguridad y defensa en las Administraciones Carter y Clinton, pasará, sin duda, a la historia de las relaciones internacionales como el difusor del término soft power, un ejemplo de realismo frente a los que creen solo en el poder de la fuerza.
A punto de cumplir ochenta y ocho años, Nye sigue siendo una pluma habitual en la prensa internacional y acaba de publicar un libro de memorias A Life in American Century (2024), un repaso a las últimas ocho décadas de la historia de Estados Unidos, en la que vuelve a recordar que el poder no solo puede basarse en los aspectos militares y económicos, sino que también hay que tener en cuenta los valores morales. Es la misma tesis que sostenía en 2020 en Do Morals Matter? Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump, donde recordaba que las tradiciones morales están presentes en la historia estadounidense: los puritanos del Mayflower, los padres fundadores de la República, los Catorce Puntos de Wilson, Roosevelt y las Naciones Unidas…
Un mundo sin instituciones internacionales, o reducidas a un mero papel secundario, es a lo que apuntan especialistas en geopolítica y por supuesto, algunos líderes políticos en el siglo XXI, eso sí: en el terreno de la práctica más que en el de las declaraciones expresas. Por eso, hoy se habla frecuentemente de “Sur Global” a modo de eje geopolítico opuesto a Occidente y supuestamente más poderoso que los occidentales en estadísticas demográficas y económicas. Sin embargo, Nye, en un reciente artículo titulado What Are the BRICS for Good?, presenta abiertamente las fragilidades del grupo de los BRICS, que hasta hace poco estaba compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, pero que el año pasado admitió como nuevos miembros a Egipto, Etiopía, Irán y Emiratos Árabes Unidos. Quedaron fuera, sin embargo, dos países invitados a adherirse: Arabia Saudí y Argentina. La primera no terminó de decidirse, mientras que la segunda rechazó la invitación porque el presidente Millei no desea identificarse con un club que es percibido, por una parte de sus miembros, como un eje opuesto a la hegemonía occidental. Por lo demás, Indonesia se incorporó este mes a los BRICS y Turquía ha solicitado su ingreso.
Nye nos recuerda el origen de las siglas BRICS. Al principio, en 2001, era solo BRIC porque Sudáfrica no estaba incluida. Jim O’Neill, un economista de Goldman Sachs, acuñó dicho término con la única finalidad de designar a las cuatro economías emergentes que dominarían el crecimiento económico mundial en 2050. Pocos años después, en 2009, el BRIC se transformó en un foro de cooperación económica y política, evitando configurarse como una organización formal y de órganos permanentes. Esto fue iniciativa de la Rusia de Putin, distanciada cada vez más de los países occidentales en aquel momento, y se justificó por la necesidad de establecer un foro multipolar. Al año siguiente se incorporaba la S de Sudáfrica.
Cabe subrayar que han sido Rusia y China los impulsores de los BRICS con toda una serie de Cumbres de jefes de Estado y de Gobierno de carácter anual, y en el interés de ambos países ha estado la extensión del foro. Con la reciente ampliación de 2024 se ha difundido la noticia de que los BRICS suponen ahora el 45% de la población mundial, pero ciertamente ese porcentaje poco tiene que ver con el PIB global. Por lo demás, a Rusia también le ha convenido la emergencia de los BRICS porque le permite tener un papel destacado en la escena internacional, pese al estancamiento del conflicto en Ucrania. Después de todo, son los países occidentales, los supuestos competidores de los BRICS, los que apoyan a Ucrania frente a Rusia. Esto explicaría también algunos silencios del llamado “Sur Global” sobre la guerra de Ucrania. De una u otra manera, Rusia pretende recordar a unos países que en su mayoría fueron colonizados por Occidente, que su combate en Ucrania es de alguna manera una lucha contra la injerencia occidental en unos territorios que en su día formaron parte del Imperio zarista. Sin embargo, tampoco ha salido del foro de los BRICS una postura explícita de alguno de sus miembros a favor de Rusia en el conflicto. Antes bien, en la Cumbre de Kazán (2024) salieron a relucir las divergencias entre Brasil y Rusia respecto a Ucrania.
Hay que coincidir con Nye en su escepticismo sobre que los BRICS representen un serio desafío contra Estados Unidos y las potencias occidentales. Difícilmente formarán un bloque compacto y unido, y además dan la impresión de ser una versión reducida del G20 sin los países occidentales o incluso un retorno del movimiento de los no alineados que tuvo su auge en la guerra fría y que, por cierto, tampoco fue un bloque compacto, porque allí se podía encontrar, por ejemplo, en la década de 1960, desde la Birmania socialista a la Indonesia anticomunista pasando por la Cuba castrista. Pese a su no alineamiento oficial, la mayoría de estos países no estaban por la labor de abandonar sus vínculos con Washington o Moscú. En consecuencia, el aumento del número de los miembros de los BRICS no es una prueba de fortaleza, sino que podría contribuir a su debilidad, por no decir a su irrelevancia. Por ejemplo, si ingresara Turquía, no es creíble que adoptara frente a Occidente una postura similar a la de Rusia o China. Solo serviría para acreditar que Turquía es una gran potencia internacional, con presencia en un club de potencias emergentes, aunque en algunos de los miembros, las dificultades económicas internas ponen en cuestión la dimensión política.
Por lo demás, Nye resalta en su artículo las rivalidades actuales e históricas entre algunos miembros de los BRICS, que contradicen ese discurso grandilocuente de alternativa a los países occidentales. Al igual que sucedió en la época soviética, Rusia y China son aliados de conveniencia frente a la hegemonía de Estados Unidos, pero ambos compiten por ganar influencia en Asia Central y es difícil que los chinos hayan olvidado las pérdidas territoriales que en el siglo XIX les causó el Imperio zarista. Tampoco hay que dejar de lado la rivalidad entre China y la India, principalmente por cuestiones fronterizas. que las llevó a una guerra en 1962 y a nuevos choques militares en 2020. A esto hay que añadir que entre los nuevos y futuros miembros de los BRICS existen viejas enemistades, como las de Irán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, donde se combinan intereses geopolíticos y creencias religiosas. Recordemos también el enfrentamiento entre Egipto y Etiopía por el control de las aguas del Nilo, sobre todo por la construcción de la llamada Presa del Renacimiento de Etiopía que, según los egipcios, reducirá el caudal del río aguas abajo.
Estas dificultades internas convierten en poco creíbles las iniciativas de países como Rusia y China de limitar el uso del dólar en las transacciones internacionales y dar preferencia a las monedas respectivas de los BRICS. Por lo demás, el New Development Bank, establecido en 2014 y con sede en Shanghái, solo ha producido unos modestos resultados. Hay que coincidir con Nye en que los BRICS son, sobre todo, un instrumento político. Lo usa Rusia para escapar a su aislamiento diplomático, China para extender su influencia en el mundo subdesarrollado o la India para hacer de contrapeso a China. De ahí a creer que sean una alternativa global a Estados Unidos y a los países occidentales media un abismo.