Jul 28 2014

De la doctrina Nixon a la doctrina Obama: guía para un mundo multipolar

El 25 de julio de 1969, en una rueda de prensa informal en la isla de Guam, Richard Nixon reflexionaba sobre el papel de EEUU en Asia, en unos momentos en que la diplomacia americana buscaba una salida al punto muerto del conflicto de Vietnam. Los historiadores sitúan aquí el comienzo de la doctrina Nixon, no solo aplicable a la coyuntura concreta de Asia, pues a la vez implicó el reconocimiento de que el mundo de entonces ya nada tenía que ver que con el de la segunda posguerra mundial.

Casi medio siglo después, hay que resaltar una serie de coincidencias entre la doctrina Nixon y lo que se ha dado en llamar la doctrina Obama a partir de su discurso en West Point el 28 de mayo de 2014. El actual mandatario de la Casa Blanca se apuntó hace tiempo a la escuela del realismo político, aunque Nixon nunca figurará entre los paralelismos históricos con otros presidentes a los que nos tiene acostumbrado el mandato de Obama, presentes en sus discursos o en medios informativos afines, y que van de Lincoln a Roosevelt y Kennedy, sin olvidar últimamente a Eisenhower o incluso a Reagan. Si sustituimos Vietnam por Afganistán e Irak, veremos que los planteamientos realistas de Nixon tienen su continuidad en Obama.

En Guam Nixon se preguntaba si EEUU seguiría teniendo un papel en Asia, después de Vietnam, o se uniría a Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos en su salida del continente. La respuesta era categórica y nos recuerda al pivote asiático de Obama: la geografía convierte a EEUU en una potencia del Pacífico. No solo Hawai y Alaska están bañadas por dicho océano sino que las posesiones americanas de Guam y las Marianas no están lejos de Filipinas e Indonesia. Por otro lado, la frustración del conflicto vietnamita no debía ser motivo para una retirada estadounidense. Para el mandatario americano Vietnam era el resultado de haber actuado con excesiva precipitación ante los acontecimientos, y la nueva política exterior debía enfocarse desde perspectivas a largo plazo. A este respecto, Nixon señalaba que su país debía seguir teniendo un papel significativo en Asia. Solo había una diferencia con la situación anterior: no había que implicarse directamente en los conflictos, teniendo en cuenta las experiencias de Corea y Vietnam. Sobre este particular, el presidente citó un consejo que le diera el mariscal Ayub Khan, presidente de Pakistán, en un encuentro privado en 1964: “El papel de EEUU en Vietnam, Filipinas, Tailandia o cualquier otro país que tenga una sublevación interna, es ayudarles a luchar y no hacer la guerra por ellos”. Nixon, político de cruzada anticomunista en su vicepresidencia con Eisenhower, consideraba ahora que si EEUU asumía los problemas internos y externos de sus aliados, éstos no cuidarían de sí mismos. Preconizaba no solo la cooperación militar sino también el desarrollo económico, indispensable para cambiar el entorno político y social de cada país. No obstante, en la rueda de prensa Nixon no dejó de reiterar que Washington mantendría sus compromisos con sus aliados, algo no muy diferente de lo que la Administración Obama suele decir a su red de socios en el Pacífico que se sienten a veces como liliputienses ante el gigante chino.

El pragmatismo de Nixon se manifestó además en su anuncio de rebajar los controles en los viajes a la China comunista e incrementar las relaciones comerciales con aquel país, aunque aseguró que los aliados asiáticos no tenían motivos para preocuparse. Faltaban menos de tres años para el histórico viaje del presidente y Kissinger a Pekín, y no era casual que la habitual animosidad de China contra EEUU en los asuntos mundiales estuviera disminuyendo. La opción china pilló desprevenida a la diplomacia soviética, pero significó el reconocimiento por Washington de que el mundo había dejado de ser bipolar.

La Doctrina Obama no nació en West Point, aunque fue un foro bien elegido para presentarla. Podemos atisbarla en el discurso sobre el Estado de la Unión de 2013, donde el presidente pone de manifiesto que lo que más interesa al americano medio es la crisis económica, el presupuesto federal y el empleo. De ahí que la política exterior tenga que consistir en vigilancia sobre el terreno y asistencia a los aliados. Nada de conflictos en nombre de la democracia y de proyectos de nation building en países lejanos. La única diferencia es que Obama en West Point proclama abiertamente que el interés americano por la paz y la libertad en el mundo no equivale a creer que cada problema tenga una solución militar, y lo recalca con una cita que busca saldar cuentas con el pasado reciente. Pertenece al Eisenhower de 1947, todavía no implicado en política, que afirmaba que buscar o aconsejar la deliberada provocación de  una guerra es un crimen contra la humanidad.

 

 

 


Jul 22 2014

El mundo fragmentado de Zbigniew Brzezinski

En unas recientes declaraciones al diario El País (21-7-2014), el ex consejero de Seguridad Nacional de Carter, Zbigniew Brzezinski demuestra que a sus ochenta y seis años sigue siendo uno de los principales representantes de la doctrina del realismo en las relaciones internacionales. El veterano estratega certifica el fin de las potencias hegemónicas, algo más propio del siglo XX y de centurias anteriores. No es agorero respecto al futuro de EEUU, pues su poder económico y tecnológico sigue pesando en el mundo, aunque reitera que la época en que Washington podía imponer sus puntos de vista a adversarios y aliados ha tocado a su fin.

Los críticos han comparado a Obama con Carter, el presidente que no consiguió la reelección, entre otras cosas, por la humillación que supuso para el prestigio americano la toma de rehenes en su embajada de Teherán. De hecho, hay quien sueña todavía con la llegada de un nuevo Ronald Reagan republicano en 2016 capaz de borrar, como aquel mítico presidente hiciera con Carter, la errática política exterior de Obama. Lo que vemos en las filas republicanas se puede asemejar, desde la óptica del historiador, a los presidentes aislacionistas de entreguerras como Harding, Coolidge o Hoover. No conocemos ningún hipotético candidato republicano asimilable a Reagan, aunque los partidarios de George W. Bush intentaron en vano presentarle como su heredero. Lo más curioso es que hasta Obama, tan proclive a las comparaciones propias con otros presidentes, desde Roosevelt a Kennedy pasando por Eisenhower, elogió hace unos años a Reagan señalando que fue un líder que transformó su país y el modo de hacer política.

No esperemos a un Reagan. El sucesor de Obama, demócrata o republicano, se verá sometido a los mismos condicionantes que el actual inquilino de la Casa Blanca. Conocerá un mundo complejo, según Brzezinski, con “la realidad fragmentada, turbulenta, contradictoria, sin una pauta uniforme, en una u otra dirección”. De hecho, Obama no sería el primer presidente de EEUU que no lidera el mundo sino el primero que es consciente de ello. Se nos está recordando una vez más que la pax americana ha terminado, si es que realmente llegó a existir por completo más allá de los primeros años de la posguerra fría. Como buen realista, Brzezinski quiere buscar la verdad en los hechos,  tal y como decía Deng Xiaoping, un hombre al que el estratega americano conoció en los inicios de su poder y al que sin duda admira. Mientras otros analistas internacionales, y no pocos aliados asiáticos de Washington, preconizan una política de contención de China, similar a la empleada con la URSS, Brzezinski no contesta a la pregunta del periodista español de si cree que China pretende dominar otros países. Zanja la cuestión con un “China está en ascenso. Esto es un hecho” y remata la afirmación con preguntas que no aguardan respuestas: “¿Deberíamos luchar contra ello?, ¿Deberíamos impedir que China tuviese más éxito?”.

El entrevistado no lo dice de modo abierto, pero seguramente que elegiría a China frente a Rusia como socio estratégico de EEUU. Puede que influyan en ello sus orígenes polacos, aunque influye más todavía la gran mutación de la política exterior americana de los años 70: el reconocimiento de un mundo multipolar iniciado por la histórica visita de Nixon y Kissinger a Pekín. De hecho, no han faltado las críticas del estratega americano a la política de Putin en Ucrania en los últimos meses. Incluso ha defendido unas sanciones propias de Washington contra Rusia, sin esperar al difícil consenso en este tema de los miembros de la UE. Y el mismo pragmatismo respecto a China es el que preconiza Brzezinski respecto a Irán, al afirmar que EEUU debería aprovechar que Teherán no desea un ascenso del extremismo sectario en Irak.

Frente al mundo fragmentado y desencuadernado, la receta del experto es más realismo y menos ideologías. Para hacer frente a la desestabilización, hay que cooperar por encima de las diferencias ideológicas y buscar intereses convergentes. Con todo, en la entrevista se echa de menos, quizás porque el contexto no es nada  propicio, la controvertida tesis de su libro Strategic vision: America and the crisis of the global power (2012): hay que incorporar a Turquía y a Rusia a Occidente. Según Brzezinski, Turquía debería ingresar en la UE para ser en Oriente Medio la “prolongación informal de Europa”, algo que pueden compartir un polaco o un británico, pero nunca un alemán. Respecto a Rusia, ésta se interesaría más por Europa como un conjunto, y no por las habituales relaciones bilaterales, si ve más unidad en su política exterior. Sobra cualquier comentario porque todo esto depende más de la UE que de EEUU.  El viejo concepto geopolítico de Occidente hace agua en el mundo fragmentado de Brzezinski.

 

 


Jul 3 2014

El espejismo ruso-iraquí

La ofensiva del Ejército Islámico de Irak y del Levante (EIIL), que acaba de proclamar un califato en los territorios que controla, ha obligado al gobierno del primer ministro Al Maliki a solicitar ayuda militar a Moscú. Ya han llegado los primeros cinco de un total de doce aviones de combate Sukhoi. Alguien se preguntará si los rusos intentan llenar el vacío de la retirada americana de 2011, pero la respuesta es negativa.

 

El grado de compromiso de Moscú es limitado. No se vislumbran cambios geopolíticos significativos ni mucho menos se puede especular con la formación de una especie de eje chií en Oriente Medio integrado por Asad de Siria, Hezbolá en el Líbano y los gobiernos de Irak e Irán, todos ellos aliados o en excelentes relaciones con Rusia. Resultaría irónico que también Washington simpatizara con ese eje por el mero hecho de tener un enemigo común, el EIIL. Por cierto, Aleksander Dugin, el pensador que defiende una Rusia euroasiática, ha escrito hace tiempo que a Rusia le conviene una alianza con los musulmanes chiíes, y no con los suníes. Pero el pragmatismo de Putin no le llevará a seguir este consejo al pie de la letra.

 

La ayuda rusa, unos aparatos de segunda mano y un negocio de más de 360 millones de euros, combina la defensa de los propios intereses-la continuidad en la explotación de campos de petróleo iraquí- con el deseo de frenar la escalada del extremismo  islamista suní, capaz de propagarse con facilidad a los territorios rusos del norte del Cáucaso. Pero en el fondo tampoco Moscú siente la necesidad de implicarse a fondo en la lucha contra el EIIL, teniendo en cuenta posibles represalias de los yihadistas, o mejor dicho de sus aliados en Rusia.

 

No creemos que el retorno de Rusia lo piense con fundamento alguien en Moscú, y menos aún en Bagdad, pues la época de aquel Irak pro-soviético de Sadam Hussein y del partido Baas ha pasado a la historia. Vivimos en una nueva época mucho más peligrosa y quizás no ande tan descaminado el argelino Lajdar Brahimi, mediador en Siria de la ONU y de la Liga Árabe, que recordaba en una entrevista reciente al periódico Al Hayat una conversación de hace años con Al Sistani, el más influyente de los ayatolás iraquíes. El diplomático árabe le pronosticaba una guerra entre suníes y chiíes en Irak que puede durar décadas. Esta guerra supuestamente sectaria, aunque más bien por el control del poder, contribuirá a la fragmentación de Irak, no solo con el califato de EIIL sino sobre todo con la independencia del Kurdistán iraquí, algo que paradójicamente puede ser aplaudido por Turquía, pese a los problemas con sus kurdos locales.

 

También verían con buenos ojos una mayor implicación de Rusia en Irak los cristianos asirios, que eran una importante minoría en Mosul, pues tradicionalmente, desde el tiempo de los zares del siglo XIX, el Estado ruso se presentaba como defensor de las minorías cristianas. Los asirios, que han emigrado al Kurdistán o al extranjero, están muy decepcionados de la intervención americana en Irak, pues solo ha servido, según ellos, para dar el poder a grupos sectarios que les persiguen. Aquellos cristianos que acogieron a los americanos como liberadores han visto cómo se repite la tragedia de 1933, al terminar el mandato británico de la Sociedad de Naciones sobre Irak, cuando fueron perseguidos por los musulmanes que les consideraban colaboracionistas con el ocupante extranjero. La diplomacia rusa dará buenas palabras a estos cristianos, pero Moscú no aspira a ser el protector de las minorías cristianas en Oriente Medio. En el avispero iraquí, por no decir en el sirio, solo cuentan los intereses políticos y comerciales.


Jun 24 2014

Bagdad no es Saigón

Hay quien compara una posible toma de Bagdad por los yihadistas del Estado Islámico de Irak y del Levante (EIIL) con la conquista de Saigón por los norvietnamitas en 1975. EEUU ya se había retirado de Vietnam, pero un ejército entrenado por ellos, al igual que el iraquí, no pudo hacer frente a la ofensiva de sus enemigos. En consecuencia, la eventual caída de Bagdad debería ser interpretada como una derrota de EEUU, casi como una venganza tardía del suní Sadam Hussein, que no era precisamente un islamista. Este paralelo histórico no es correcto, como tampoco lo ha sido, pese a las apariencias, la comparación de Irak con Vietnam durante los años que duró la presencia militar americana en el país árabe. Una comparación incorrecta no solo por el número de bajas sino, sobre todo, por el hecho de que Washington obtuvo desde 2007 una victoria parcial sobre los partidarios de Al Qaeda, gracias a la alianza con los suníes, en el marco de la estrategia contraterrorista del general Petraeus.

Obama no va a apostar por salvar al gobierno del presidente Nuri al Maliki, a quien acusa de haber llevado a cabo una política sectaria favoreciendo a los chiíes frente a los suníes. De hecho, el  espectacular avance del EIIL en amplias zonas de Irak, incluyendo la decisiva toma de Mosul, puede explicarse como la respuesta suní a la política sectaria ejercida desde Bagdad. Washington no quiere implicarse en ataques aéreos selectivos contra el EIIL para ayudar a un gobierno que nunca ha dado muestras de ser aliado suyo, más allá de acuerdos puntuales, y que ha hecho oídos sordos a sus llamamientos de reconciliación para preservar la unidad del país. La postura oficial de EEUU es la defensa de la integridad territorial iraquí y la cooperación entre los diversos grupos étnicos, en lo que coincide con el ayatolá chií Al Sistani. Los norteamericanos consideran que una guerra de tipo sectario no es su guerra. Y precisamente ese carácter sectario favorece la partición de Irak. ¿Avanzarían los yihadistas del EIIL más allá de Bagdad, en pleno corazón del dominio chií? ¿Qué posibilidades tendrían las milicias chiíes de Al Sadar, que están reforzando a un ejército en retirada, de controlar zonas en el centro de Irak, de predominio suní? Otra consecuencia del sectarismo es que el Kurdistán iraquí consolida más todavía su independencia de facto, tal y como se ha visto en su ocupación de Kirkuk? Un Kurdistán plenamente soberano alteraría el viejo equilibrio geopolítico en Turquía y Siria, si no lo está alterando ya.

En los últimos días el EIIL ha ralentizado su avance hacia Bagdad para consolidar sus posiciones en Siria e incluso en la frontera jordana. Los yihadistas hacen tabla rasa de los límites artificiales, el acuerdo secreto Sykes-Picot de 1916, con los que Francia y Gran Bretaña se repartieron los despojos del Imperio otomano. Si han dado el paso, hasta ahora inédito salvo en el caso del Afganistán de los talibanes, de intentar crear algo parecido a un Estado, es porque están convencidos de la debilidad de sus enemigos chiíes y porque han sabido capitalizar el descontento suní en Irak y Siria. Unos ataques aéreos norteamericanos, o el uso de drones, no les van a detener. Su único punto débil es que es la mayoría de la población suní de Irak se vuelva contra ellos por no soportar su radicalismo. Pero de poco valdrá si no hay la alternativa de un Irak más o menos unido, por encima de las divisiones sectarias. Si no hay alternativa iraquí, el resultado será un Talibanistán en Oriente Próximo. Lo malo es que algunos vecinos de Irak no les parecerá tan mal esta opción, aunque no lo digan abiertamente, con tal de que contribuya a debilitar las aspiraciones hegemónicas de Irán en la región.


Jun 6 2014

EEUU-Rusia: Unas relaciones excesivamente personalizadas

Angela E. Stent, profesora de la universidad de Georgetown,  autora del recién publicado libro The limits of partnership, lleva estudiando las relaciones entre EEUU y Rusia desde hace cuatro décadas, aunque lógicamente su primer campo de investigación fueron las relaciones entre norteamericanos y soviéticos. En la época de la guerra fría todo analista acreditado debía dominar las teorías del marxismo-leninismo sobre la política internacional, al tiempo que acreditaba su papel de “sovietólogo” tratando de escudriñar en los discursos, presencias y ausencias de los miembros del Politburó. Al terminar la guerra fría, Stent fue consciente de que el estudio de la nueva Rusia debía ser abordado desde la perspectiva de la historia y la cultura del país, así como desde el análisis de las relaciones de los rusos con sus vecinos. Otros enfoques adoptados en la teoría de las relaciones internacionales basados en modelos abstractos y con profusión de estadísticas resultarían, a juicio de la autora, insuficientes al alejarse de las realidades políticas y de los factores configuradores de la política exterior. Se podría deducir, en consecuencia, que Stent no cree, como ciertos politólogos, en que el comportamiento de Putin pueda ser predicho por medio de la teoría de juegos con todo su despliegue de probabilidades. Las teorías no se ajustan a los líderes imprevisibles,  ni el comportamiento humano obedece a leyes físicas predeterminadas. No podemos saber que pasa en cada momento por la mente de un gobernante, aunque algunos expertos analicen a fondo sus intervenciones públicas o el más mínimo de sus gestos. Nunca podremos conocer el futuro porque es frecuente que ni el propio sujeto sepa la decisión exacta que tomará en un momento determinado. Con gran frecuencia las decisiones responden al sentido de la oportunidad brindada por un acontecimiento inesperado.

El libro de Stent no es un análisis del tiempo presente ni mucho menos un tratado de futurología. Por el contrario, es una crónica de la historia reciente que arroja luz sobre los altibajos de la relación entre Moscú y Washington. Detrás del análisis riguroso de casi un cuarto de siglo, surge con claridad la exposición de los intereses de Rusia, que ha considerado a menudo defraudados. De hecho, el mayor reproche que podrían hacer los rusos a los norteamericanos, bien fuera bajo el gobierno de Yeltsin o el de Putin, es que solo han buscado de forma egoísta sus propios intereses. No es exagerado decir que este libro, basado en las lecciones de la historia reciente, aspira a contribuir a la formación de expertos en las relaciones ruso-americanas. La actual crisis de Ucrania debería ser un toque de atención para la Administración Obama, mucho más interesada hasta ahora por Asia-Pacífico e incluso por Oriente Medio, algo en paralelo a su aparente pérdida de interés por el espacio euroatlántico.

Esta obra es, ante todo, el relato de unas expectativas frustradas. Al comienzo de cada presidencia norteamericana (Bush sr., Clinton, Bush jr. y Obama), los respectivos inquilinos de la Casa Blanca han planteado un reset en las relaciones, un reinicio que partiera de cero y olvidara los errores de sus antecesores. Este planteamiento fue escenificado en 2009 por la secretaria de Estado, Hilary Clinton, que regaló a Sergei Lavrov, ministro ruso de asuntos exteriores, un botón rojo con la palabra reset.

Stent considera que abordar las relaciones desde planteamientos generalistas y poco concretos ha desembocado siempre en el fracaso. Acaso la raíz de las discrepancias es que Rusia desea ver reconocido por EEUU su estatus de gran potencia, similar al que tuvo durante la guerra fría, y no se conforma con ser un mero socio de Washington. Por su parte, EEUU, implícita o explícitamente, se consideró el vencedor de la guerra fría con el consiguiente derecho a extender por el mundo la democracia liberal y la economía de mercado. Esto explica las dos visiones muy diferentes que norteamericanos y rusos tienen acerca de la década de los 90. Para unos significan un tiempo de esperanza, con un avance en el pluralismo y la libertad de expresión, tras la caída del sistema soviético. Sin embargo, para  otros representan una época de debilidad, pobreza y desorden. Por tanto, Moscú ha considerado normal revertir esa situación por medio de la afirmación del principio de la soberanía estatal y la no injerencia en sus asuntos internos. Una superpotencia clásica para una concepción clásica del Derecho Internacional, contrapuesta al Derecho internacional actual con sus aspectos de intervención humanitaria y de responsabilidad de proteger.

La conclusión final del libro es que la asociación entre EEUU y Rusia siempre será de carácter limitado. Ningún presidente norteamericano puede aspirar a otra cosa que a la cooperación en áreas específicas de interés para ambos países. Hay que huir de las relaciones demasiado personalizadas y contar con el asesoramiento de expertos en la historia y cultura rusas. Y otro consejo no menos importante de Angela Stent: habría que evitar expresar en público juicios de valor sobre la política rusa, tanto positivos como negativos.