Israel e Irán: la teoría de “Might makes right”

Alí Jamenei, líder supremo de Irán

La guerra de Israel contra Irán puede recordar aquella antigua distinción que hacía Barack Obama criticando a la Administración Bush entre la guerra de elección y la guerra de necesidad. Obama aseguraba que Irak, con sus resultados tan desastrosos, había sido una guerra de elección (war of choice), mientras que la de Afganistán era una guerra de necesidad (war of necessity).

En la primera decía Obama que existían otras alternativas que no fueran el conflicto y que no había una amenaza directa e inmediata a la seguridad nacional. Por el contrario, Afganistán era una guerra vinculada a los ataques terroristas del 11-S. De ahí la retirada de las tropas estadounidenses de Irak en 2011 y el mantenimiento por un tiempo de la presencia de Estados Unidos en Afganistán. Sin embargo, con los presidentes Trump y Biden, el conflicto afgano dejó de ser una guerra de necesidad y el resultado fue la apresurada retirada de las tropas enviadas por Washington.

¿Se podría aplicar esta distinción al conflicto que enfrenta a Irán e Israel? Israel puede perfectamente afirmar que es una guerra de necesidad. La posibilidad de que los iraníes se doten de un arma nuclear es una amenaza para la seguridad nacional, pero la propia afirmación de Israel de que se trata de una “guerra preventiva” es un reconocimiento de que la amenaza no era inminente. En cualquier caso, Israel ha preparado concienzudamente sus ataques y la situación parece apuntar al objetivo de un cambio de régimen. De hecho, Benjamín Netayanhu dijo que esta guerra no es tanto contra el pueblo iraní sino contra su régimen. Se ha permitido añadir que las relaciones entre israelíes e iraníes se remontan a la época de Ciro el Grande, el emperador persa que permitió a los judíos, en el siglo VI a.C., regresar a su tierra tras la cautividad de Babilonia.

Una cosa es un ataque con objetivos limitados, preferentemente militares, y otra un ataque para forzar un cambio de régimen. Me da la impresión de que algunos políticos han leído demasiado acerca de la Segunda Guerra Mundial y han concluido que la derrota de Alemania y Japón hizo posible un cambio de régimen. Después de todo, Roosevelt y Truman querían la rendición incondicional. Pero esto es una excepción que no se cumple en todas las épocas. La derrota en apenas tres semanas del ejército de Sadam Huseín permitió a George W. Bush declarar el fin oficial de las hostilidades, aunque a esto siguió un infierno que llevaría a no pocos iraquíes a “echar de menos” el régimen autocrático. Irak cambió su régimen, pero no se convirtió en un aliado de Washington. Respecto a Afganistán, se cumplió el objetivo de cambio de régimen, si bien dos décadas después los talibanes volvieron al poder.

La expresión en inglés “Might makes right” es lo que parece derivarse de la situación actual, pero nos hace volver a épocas de más de un siglo atrás, y no solo es privativo del enfrentamiento entre Irán e Israel. Es una realidad en las tensiones fronterizas entre la India y sus vecinos Pakistán y China, que han llevado en fechas recientes a choques armados. Lo es también en Ucrania, donde el “ataque preventivo” se calificó de “operación militar especial” y mañana bien podría suceder en Taiwán o incluso entre las dos Coreas. Por eso, el mundo de hoy resulta más peligroso porque hay personas, y no son solo dirigentes políticos, que creen que el uso de la fuerza está justificado para defender sus aspiraciones, que suelen calificar de derechos históricos. Incluso algunos juristas no tienen reparos en acudir al principio de legítima defensa recogido en el art. 51 de la Carta de las Naciones Unidas, interpretado de forma tan genérica como laxa. Pero una paz obtenida por la fuerza es una paz precaria, tal y como fue la paz de Versalles en 1919.

Israel ha aprovechado las circunstancias de una serie de guerras contra los aliados de Irán, particularmente Hamás, Hezbolá y el desaparecido régimen sirio de Asad. Durante todos estos años, Benjamín Netanyahu, entre otros políticos israelíes, no ha dejado de proclamar que el Irán islamista preparaba un nuevo Holocausto con su programa nuclear. La derrota de los aliados de Teherán ha llevado a Israel a plantearse la eliminación del régimen iraní y no solo la destrucción de sus capacidades nucleares. Teniendo en cuenta la contestación interna que sufre el régimen, ha concebido su campaña militar como la eliminación de otro obstáculo para la creación de un nuevo Oriente Medio, sobre todo por el hecho de que Arabia Saudí y la mayoría de las monarquías petroleras del Golfo son enemigas de Irán. Con todo, Israel se siente más reforzado si la Administración Trump colabora activamente en la caída del régimen de Irán.

No han faltado las condenas verbales de Rusia y China, pero no ha habido ninguna reacción mucho más enérgica. Esto lleva a preguntarse si esa tibieza tiene que ver con los propósitos de estos países respecto a Ucrania y Taiwán. No son buenos tiempos para el Derecho Internacional, pues hay muchos Estados que valoran la prevalencia del principio de la soberanía sobre todo lo demás. Es lo que sucedía en el Derecho internacional hasta 1945 y es además la lógica de todo nacionalismo.

Es conocida la expresión del estratega prusiano de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Esto ha sido generalmente mal interpretado. No es una frase que glorifica la guerra ni una herramienta cínica. Lo expresó muy bien Raymond Aron en su ensayo Clausewitz. Pensar la guerra, donde este autor francés clarifica las ideas. La guerra no debería ser una violencia sin sentido, sino una acción racional dentro de un objetivo político. Si se desvincula de la política, la guerra es una escalada sin fin. Se argumentará en el caso presente que hay un objetivo político: el cambio de régimen. Pero habría que matizar si ese objetivo es alcanzable y qué consecuencias traería.

Vista la historia reciente y la evolución de la situación en Siria o Irak, es probable que la caída del régimen iraní trajera una guerra civil que no convertiría precisamente a Irán en un país estable. Un pueblo iraní aterrorizado y desorientado no se convertirá en amigo de Israel. Tampoco ayudarán a la situación actual las desavenencias entre Netanyahu y Trump, cuyos objetivos no son necesariamente los mismos. Lo que también está claro que los vecinos de Israel, que a la vez son enemigos de Irán, tienen que estar muy inquietos por el desarrollo de los acontecimientos.


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