El conflicto de Oriente Medio: tácticas y victorias pírricas

Bombardeo de la aviación israelí en Kfar Kila, en el sur del Líbano, el 7-10-2024 (foto: Stringer/dpa vía Europa Press)

 Un año después del ataque terrorista de Hamás, la situación en Oriente Medio tiende a empeorar, no a mejorar. Tres focos de conflicto aparecen en el horizonte: Gaza, Líbano e Irán, y a ellos puede añadirse Siria, dada la relación del régimen sirio con Hamás, y Yemen, donde los rebeldes hutíes han secundado en ocasiones las acciones hostiles de los enemigos de Israel.

El ataque de Hamás fue fijado deliberadamente en el 50º aniversario de la guerra de Yom Kippur, cuando Egipto y Siria atacaron por sorpresa a Israel. Pero la respuesta de Israel guarda cierto parecido con su ataque preventivo de 1967 que desembocó en la victoriosa Guerra de los Seis Días. Una victoria relámpago contra los enemigos, encabezados por el presidente egipcio Nasser, que se dispondrían a atacar a los israelíes. Hablando en lenguaje corriente, podría decirse que la acción israelí de entonces fue “ir a por todas” y arrebatar territorios a sus enemigos, que bien pudieran ser canjeados o bien incorporados a Israel. Los sucesos de estos días parecen demostrar el mismo razonamiento: es hora de ajustar cuentas con el eje de resistencia alentado por Irán y su “paciencia estratégica” que descartaba un enfrentamiento directo. Los aliados de los iraníes son actores no estatales que habrían colmado la paciencia de Israel, que no solo buscaría venganza por las atrocidades de Hamás del 7 de octubre de 2023 sino que pretendería poner fin a la amenaza permanente en sus fronteras representada por las distintas milicias armadas amparadas por Teherán. 

La reacción israelí parece ser el triunfo de la táctica sobre la estrategia. Hay que dar una respuesta contundente, de las que dejan claro el mensaje de que Israel lucha por su supervivencia a cualquier precio, aun a costa de recibir críticas de la comunidad internacional y fomentar actitudes antisemitas a lo largo del planeta. Sin embargo, sus enemigos son capaces de demostrar que las derrotas pueden ser convertidas en victorias morales para ellos gracias al elevado número de víctimas civiles, ocasionadas directa o indirectamente. Hay unos cuantos precedentes históricos de “aprovechamiento” de las derrotas, como el de Nasser, cuyas tropas fueron derrotadas en la crisis de Suez (1956) o en la Guerra de los Seis Días, pero eso no sirvió para que el presidente egipcio fuera defenestrado por su pueblo y perdiera el poder. En cambio, en otras guerras, a lo largo de la historia, el gobernante derrotado asistía a la caída de su régimen, como le sucedió a Napoleón, entre otros. 

Israel está convencido de que tiene que reaccionar e imponer su superioridad técnica y militar. Se diría que guarda un cierto parecido con la actitud de Mac Arthur que, destituido por Truman de su mando en Corea, repetía que no hay sustituto para la victoria. Olvidaba que el conflicto coreano, como tantos conflictos, era, ante todo, de índole política, no militar. Ese olvido termina por convertir cualquier victoria militar en un espejismo, en la ilusión de que con ella se ha ganado la guerra. Puede que eso sea cierto en apariencia, pero al final se puede perder la paz, o más bien la posguerra, porque no existía una auténtica paz. Los ejemplos recientes de Afganistán e Irak son muy significativos. Había que reaccionar ante los atentados del 11-S e ir a combatir al enemigo a su propio país. Había que ampliar el blanco para responder a un enemigo sinuoso y traicionero como es el terrorismo. Los resultados fueron victorias pírricas.

El paisaje después de la batalla no solo es desolador, sino que también es incierto. Si el vencedor se retira, el enemigo ocupará el terreno. Si permanece, vivirá en guardia permanente. Es lo que puede suceder en Gaza con Hamás o con Hezbolá en el Líbano. Es más fácil destruir efectivos humanos y militares que destruir una ideología político-religiosa. Se pueden destruir sus instalaciones petroleras y nucleares, pero esto no implicará necesariamente la caída del régimen islamista de Irán. Tampoco los bombardeos aliados sobre Alemania determinaron el fin del nazismo.

Todo apunta a un estancamiento de la situación, en la que no faltarán acciones militares, pero quizás no surja un conflicto generalizado. En este sentido, el analista militar británico Lawrence Freedman recordaba recientemente la fábula de la rana y el escorpión. El escorpión pica a la rana en medio del lago que ambos atraviesan, aunque eso suponga que los dos se hundan. Llevando la fábula a la actualidad, el escorpión se justificaría diciendo que Oriente Medio es así. 


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