Ago 22 2013

Egipto y la política exterior europea

La diplomacia europea se ve obligada a tener algún tipo de reacción frente a los acontecimientos de Egipto. No será difícil adoptar alguna posición común limitada a la suspensión de programas de cooperación económica o a otras sanciones, pero es reducida la posibilidad de que estas medidas contribuyan al fin de la violencia y el retorno del proceso democrático. Si EEUU tiene poca capacidad para influir en los acontecimientos, pues está maniatado por sus intereses respecto al canal de Suez e Israel, Europa tiene menos posibilidades de influencia. Los gobernantes europeos lo saben sobradamente, aunque tampoco pueden quedarse callados. Evitaron en cualquier comunicado, al igual que Washington, emplear el término “golpe militar” y quisieron mediar entre los militares y los Hermanos Musulmanes para reconducir el proceso democrático. No fue la diplomacia europea la única con intención mediadora, pues también lo intentaron EEUU y algunos Estados árabes sin éxito, pues el partido islamista se aferró a la legitimidad de las urnas y no se mostró dispuesto a ceder, mientras que los militares perdieron la paciencia ante quien cuestionaba su autoridad.

En cualquier caso, Europa se ve esforzada escenificar una respuesta política ante las masacres en Egipto, pero está muy lejos de ser una alternativa creíble a la diplomacia americana. Hay analistas como Jean Marie Colombani, vinculado al diario Le Monde, que partiendo de un dicho cierto como el de “la naturaleza aborrece al vacío”, hacen un llamamiento a los dirigentes europeos para llenar el vacío que supuestamente estaría dejando EEUU en Oriente Medio tras el aumento de las posibilidades de recuperar su independencia energética. Es apresurado decir que Washington se retirará de la región, pues el futuro de  Israel está vinculado a sus intereses, pero de ahí a pensar que Europa puede ocupar su lugar, media un abismo. La política europea en el Mediterráneo ha pasado siempre por una defensa de la estabilidad lo que  implicaba una cuantiosa inversión económica en la orilla sur, que no necesariamente garantizaba una situación estable sino la perpetuación de un statu quo político y social  que, tarde o temprano, se rompería con las revueltas de la Primavera Árabe, en las que los hechos demostrarían que la democracia legitimada por las urnas no supone por sí misma el triunfo de los derechos humanos y del Estado de Derecho, valores en los que se fundamenta la Unión Europea. Sin esos valores, Europa es poco más que una gran área de libre comercio, un espacio que ha servido para construir la paz entre los pueblos europeos, pero que tiene una gran carencia: no es capaz de exportar sus valores más allá de sus fronteras en un mundo en el que los soberanismos y nacionalismos marcan la pauta. En un tiempo de autoafirmaciones nacionalistas, nadie quiere hablar de cesiones de soberanía para alcanzar la paz, siguiendo el método practicado por el proceso de integración europea. El internacionalismo liberal de Europa es poco exportable, sobre todo porque carece de los instrumentos necesarios para hacerse respetar. Los nacionalismos fuera de Europa viven todavía en una edad heroica y desprecian el Estado post-heroico que les propone la Unión Europea.

Con todo, en Europa se oyen de continuo voces de preocupación ante el desajuste entre una Europa gigante en lo económico y lo comercial, y otra pigmea en lo político y lo militar. Analistas de  toda tendencia claman por el aumento de las capacidades diplomáticas y militares europeas, pero sus gritos chocan contra el muro de la falta de voluntad política de los Estados, que a veces toman como excusa la crisis para la inacción. Sin embargo, una Europa gran potencia político-militar choca de raíz con sus primitivos orígenes. La Europa preconizada por Churchill en su célebre discurso de Zurich en 1946 era “una gran Suiza libre y feliz”. En un planteamiento economicista y de  Estado del bienestar no caben las grandes aspiraciones en política exterior y de seguridad. Sólo cabe una diplomacia en la que se intenta construir la paz por medio del comercio, una idea kantiana y de un racionalismo fundamentado en que los conflictos no estallan si el bienestar económico está garantizado. Por desgracia, los conflictos tienen sus raíces en la irracionalidad. Un racionalismo muy del siglo XVIII puede darse de bruces con un nacionalismo del estilo del siglo XIX.

El gran obstáculo para una eficaz política exterior de Europa no es sólo la variedad de intereses y aspiraciones de los 28 miembros de la Unión. Es, sobre todo, que los pueblos europeos, en su afán de conjurar un pasado siniestro de guerras y revoluciones, han decidido, consciente o inconscientemente, hacer suyo el lema de Cándido, aquel personaje de Voltaire que, tras muchos viajes y penalidades, llegó a la conclusión de que “lo único que hay que hacer es cultivar nuestro jardín”.  Cultivar el jardín europeo y plantar una cerca que nos proteja de las mareas del exterior.


Ago 9 2013

La agenda vacía de Putin y Obama

La cancelación de la cumbre Putin-Obama, prevista en Moscú para el próximo 4 de septiembre, es un efecto esperado del caso Snowden, y demuestra también que el ex analista de la CIA es un instrumento de las diplomacias rusa y estadounidense. Al gesto del asilo temporal, otorgado formalmente según la legislación rusa e internacional, se responde con la suspensión de una cumbre que tampoco despertaba demasiados entusiasmos por la escasa sintonía entre las agendas de Moscú y Washington. Se podría decir que los dos presidentes han hecho lo que cabía esperar de ellos.

El caso Snowden vino llovido del cielo a los rusos. No lo buscaron ellos, pero decidieron aprovecharse de la situación, no tanto por las informaciones que pudiera facilitarles el americano, sino porque ofrecía la posibilidad de brindar a la opinión pública interna y externa una actitud firme de la Rusia nacionalista y soberana, tan cara a Putin tras las humillaciones de la época de Yeltsin, frente a la “hiperpotencia” americana. De paso, se contraatacaba a los americanos en su propio terreno: el de la defensa de la libertad y de los derechos humanos, pues la imagen de Snowden en los medios, a escala mundial, es la de un héroe o un disidente, pero apenas la de un traidor. En este sentido, Putin tiene que estarle agradecido a su rival, Alexei Navalny, candidato a la alcaldía de Moscú, por haber apoyado la concesión de asilo a Snowden. Después de todo, con independencia de su compromiso con la democracia, Navalny es un nacionalista ruso. Oponerse a Putin, o a los comunistas chinos, no conlleva, como en tiempos de los disidentes soviéticos, alinearse con el país que entonces era conocido como el líder del mundo libre.

Obama se ha referido a que las actitudes de Putin están ancladas en la mentalidad de la guerra fría, pero sería más exacto decir que su mentalidad es más propia de la obstinada persistencia de considerar a Rusia como una gran potencia mundial, tras el enorme revés estratégico que supuso la desaparición de la URSS. Una Rusia que se ha sentido acosada por la expansión de la OTAN a Europa central y  las repúblicas bálticas o por el crecimiento la influencia americana en los Balcanes, Ucrania y Georgia, no perdería la oportunidad de hacer una política obstruccionista a los intereses americanos a escala global, desde la oposición a la guerra de Irak y a las sanciones contra Irán pasando por el apoyo a los desafíos del eje bolivariano o a la Siria de Asad. Bien podría preguntarse Putin: ¿cuáles son las ventajas de la cooperación con EEUU? En el campo de la reducción de armamentos nucleares, requerida por Obama, está el obstáculo del escudo antimisiles de la OTAN, pero tampoco Moscú aceptará una reducción que le sitúe en cierta desventaja frente a Pekín, su teórico aliado en el frente diplomático antiamericano. En el campo de la lucha contra el terrorismo islamista, los americanos ayudan a una oposición siria que abriría el paso a un régimen integrista, y es inquietante la presencia de yihadistas chechenos que combaten a las fuerzas de Asad.  A esto se añade que no hay un horizonte estratégico definido tras la retirada de las tropas americanas de Afganistán, con el consiguiente peligro de inestabilidad en Asia central, algo preocupante para los rusos y sus aliados en la zona.

Si la agenda está vacía, esto significa que ninguno de los dos países ocupa un lugar preferente en las respectivas políticas exteriores. De ahí que cancelar una cumbre, con o sin el pretexto de Snowden, sea una consecuencia previsible en un momento en que las colisiones entre  rusos y  estadounidenses, en opinión del analista Fiodor Liukanov, se inscriben en el ámbito de lo emocional y lo virtual. No estamos, por tanto, ante una reedición de la guerra fría, que no interesa a ninguna de las partes, sino ante gestos previsibles en una agenda diplomática estancada.


Ago 1 2013

¿Una victoria pírrica en Egipto?

Un mes después de la destitución del presidente Morsi por un golpe militar, que quiso dotarse de la legitimidad de millones de manifestantes pidiendo la retirada del Jefe del Estado, la situación en Egipto está lejos de presentar un horizonte despejado. El calendario de reforma constitucional, referéndum, y elecciones legislativas y presidenciales en el plazo de un año resulta demasiado optimista para ser creíble. Después de la revolución de 2011 que derrocó a Mubarak, y que desembocó a los dieciséis meses en una nueva defenestración política, habría que decir que nunca segundas transiciones fueron buenas. Si el objetivo de una transición es la convocatoria de elecciones libres, los resultados en Egipto serán un reflejo de la polarización de la sociedad entre la Hermanos Musulmanes y los secularistas liberales, por no hablar de los salafistas, de Nur, fundamentalistas que también aplaudieron la caída de Morsi, o de aquellos nacionalistas que echan de menos la “estabilidad” de las décadas pasadas. Nada nuevo a lo que hemos visto en el último año.

Hay que hacerse una cierta violencia mental para presentar las manifestaciones anti-Morsi como un ejemplo de la acción de la sociedad civil que hace uso de su derecho de resistencia a la opresión, aplicando la teoría de Locke como los colonos americanos en el siglo XVIII. No estamos ante un George Washington o un Simón Bolívar egipcios que derrocan al tirano y luego construyen un proceso político secundado por la gran mayoría de su pueblo. No cabe desconocer que una gran mayoría de egipcios sigue siendo partidaria del islamismo político, sobre todo porque el poder establecido, bien fuera la monarquía del rey Faruk o los gobiernos controlados por los militares que la siguieron, persiguieron encarnizadamente a los Hermanos Musulmanes, y toda persecución contribuye a dar a los perseguidos la aureola del martirio. Es lo mismo que está sucediendo ahora, derramamiento de sangre incluido. Por tanto,  resulta muy apresurado decir, como hacía un columnista del semanario Al Ahram, que estamos ante el fin del Islam político y el comienzo de un Estado para todos los ciudadanos basado en el imperio de la ley, la justicia, la igualdad y la libertad. Es lo deseable para la nueva transición, pero no se ajusta a la realidad actual.

Pero no es menos cierto que el gobierno de los Hermanos ha decepcionado a muchos de los que les votaron. Estos electores terminaron por descubrir que no existen soluciones mágicas para los problemas de la miseria y del desempleo de los jóvenes, y que el país está al borde del colapso económico. La acumulación de poderes por los gobernantes no ha sido percibida por la opinión pública como el efecto de una situación de  emergencia a la que hay que hacer frente sino como una ruptura de la legitimidad alcanzada en las urnas. El Egipto de Morsi parecía convertirse en un paradigma de lo que el analista Fareed Zakaria llama las “democracias no liberales”, aunque no está claro que la evolución del proceso político, a corto plazo, desemboque en una auténtica democracia, una democracia que no lleve adjetivos añadidos porque sí los lleva, no es un régimen democrático y de libertades.

La segunda transición egipcia tendrá que contar con los Hermanos Musulmanes, y éstos habrán de reconocer, aunque sea implícitamente, que no cabe un retorno a la situación anterior al 30 de junio, lo que hace de Morsi un político amortizado. Una transición al margen de los islamistas es un riesgo que los militares no deberían correr, pues ahondaría en la fractura de la sociedad egipcia, algo que también estaba haciendo un presidente que había asumido unos poderes faraónicos. Una verdadera transición pasa porque no existan ni vencedores ni vencidos.

La clase política egipcia debería aprender de los errores de los dos últimos años y medio. Pero también sería aconsejable que los Hermanos demostraran una mayor prudencia si los resultados electorales les favorecen, pues siguen siendo el grupo político-religioso mejor organizado de Egipto, pese a la decepción que ha supuesto Morsi. Los partidos secularistas están divididos y el movimiento Tamarrod, que convocó las protestas contra los Hermanos, no está concebido para trasvasar a las urnas su poder de convocatoria en las redes sociales y en la calle. En tales circunstancias, el golpe militar, apoyado por los secularistas, puede desembocar en una victoria pírrica.


Jul 12 2013

El realismo de Obama fracasa en Egipto

Una política exterior realista se caracteriza por la defensa de los intereses nacionales por encima de los criterios ideológicos. Pero no hay que confundir el realismo con una política exterior errática, de ésas que se caracterizan por estar a la espera de los acontecimientos y actuar a merced del viento, aunque el viento es, por definición, cambiante. Lo más probable es que con este modo de actuar se acabe por irritar por igual a dos bandos enfrentados, a los enemigos y a los aliados, aunque un cierto realismo oportunista termina por no saber distinguir entre unos y otros. Un analista como Fareed Zakaria calificaba en 2009 a Obama como un realista “por temperamento, instinto y aprendizaje” y no dudaba en compararlo con Richard Nixon al que muchos sólo ven desde la óptica del Watergate y olvidan el decisivo realismo de su política exterior que pasó por la retirada de Vietnam y su apertura a la China maoísta. El parecido con Obama está, sin duda, en la retirada de Irak y Afganistán, aunque no se sabe cuáles son los réditos de esta retirada que no tengan que ver con el déficit presupuestario o el apoyo de la opinión pública. Desde el punto de vista geopolítico, ambas retiradas no han sido compensadas por un mayor afianzamiento de Washington sobre el terreno. Antes bien, es Irán, ese país empecinado en dotarse del arma nuclear, quien se muestra más satisfecho con ambas decisiones. Por lo demás, el realismo de Obama no ha atraído al terreno de los intereses estadounidenses ni a Rusia, donde queda muy lejana aquella retórica de que se había conseguido un reset en las relaciones mutuas, ni a China, donde la cumbre entre Obama y Xi Jiping no ha disipado los recelos mutuos,  ni, por supuesto, a Irán, con quien no se han cumplido las continuas pronósticos de algunos analistas de que con la Administración Obama se repetiría el clima de distensión que Nixon alcanzó con Mao.

Pero la política exterior de Obama se ha visto también cuestionada por los acontecimientos de la Primavera Árabe, un calificativo cada vez más cuestionado ante las incertidumbres despertadas en los países en los que fueron derrocados  viejos aliados de Washington. La caída de Mubarak en Egipto fue saludada por EEUU como una revolución democrática, lo que no contradecía el histórico discurso de Obama en El Cairo en junio de 2009, aunque en el fondo era una situación que los americanos hubieran preferido evitar. De hecho, habían criticado la represión que el régimen hacía de sus oponentes, pero el poder egipcio siempre había respondido de la misma manera: ¿Quieren que los Hermanos Musulmanes gobiernen en Egipto? Y así fue porque era el grupo mejor organizado y, sobre todo con una fuerte penetración en la sociedad. Los movimientos islamistas juegan con éxito la carta de la solidaridad en países en que el Estado está demasiado preocupado de garantizarse su propia seguridad. No es extraño que una importante base electoral les diera el triunfo en las urnas y aupara a Mohamed Morsi, pese a ser un personaje de segunda fila, a la presidencia de Egipto. Con todo, Morsi daría pruebas de pragmatismo en política exterior: una relación fría, pero correcta con Israel, y un cierto distanciamiento en la práctica respecto a los palestinos de Hamás, y sobre todo, una continuidad en unas relaciones privilegiadas con EEUU, que tiene a Egipto como el segundo destinatario de su ayuda económica exterior. Para no ser asimilado a otro Mubarak, el nuevo presidente quiso marcar distancias con los americanos en política exterior al tratar de volver a los viejos tiempos en que Egipto era una referencia en Oriente Medio y en el movimiento de los no alineados, pero la oposición laica consideraba que tenía el pleno apoyo de Obama. Resultó significativo que uno de los manifestantes de la plaza Tahrir, de los miles que se alegraron por la destitución de Morsi, quemara una pancarta con la efigie de Obama, en la que podía leerse “Deja de apoyar el terrorismo”. Sin duda, ese y otros muchos manifestantes se consideraban traicionados por Washington, que consideraría más importante el gobierno de la mayoría, lo que al fin y cabo es la democracia, que la persecución de las minorías. Pero tampoco los Hermanos Musulmanes se han sentido satisfechos con la reacción de la Administración Obama ante el golpe militar. No han visto en ella la misma actitud de repulsa que si la intervención de los militares se hubiera producido en un país latinoamericano. Ha sido otro ejemplo de las dudas en política exterior, como en los casos de Libia, Irán  o Siria, que dan la impresión de que en la Casa Blanca gobierna un descendiente de Hamlet.

El realismo de la política exterior de Obama es una vez más prisionero de los acontecimientos, con el agravante de que en los bandos políticos egipcios no es fácil encontrar un aliado de confianza para Washington. No lo es, desde luego, Mohamed El Baradei, personificación de una cierta respetabilidad y carente de poder real, y que en 2011 preconizaba una investigación penal contra la Administración Bush por haber desencadenado la guerra de Irak. Menos lo serán unos islamistas humillados y unos militares cuyo principal objetivo, bajo el autoritarismo o bajo la democracia, es preservar sus intereses en la maquinaria del Estado a cualquier precio.


Jun 25 2013

Juegos de equilibrio en Asia


En el siglo XX solía criticarse la teoría del equilibrio de las potencias en las relaciones internacionales y se la hacía responsable de ambiciones injustas y guerras funestas. El equilibrio era visto como un atentado contra la justicia, un sistema de la enemistad por principio entre los Estados, en el que imperaban el temor y la desconfianza mutuos. La cooperación internacional parecía ser la alternativa a un principio que había encontrado en el pragmatismo del filósofo David Hume uno de sus principales formuladores en la Gran Bretaña del siglo XVIII. Sin embargo, en el siglo XXI, y en un escenario tan complejo, como el de Asia, estamos viendo que el principio de equilibrio no ha desaparecido en las relaciones internacionales, aunque a la Europa posmoderna le gustaría creer lo contrario.

Antes bien, la reciente reunión entre Obama y el presidente chino Xi Jinping nos confirma que la cooperación en los temas de interés mutuo no excluye la voluntad de alcanzar un principio de equilibrio, pues en la vida internacional siempre despierta temores la difusión del poder. Sucedió en la Grecia de Tucídides, donde el temor de Esparta a la hegemonía de Atenas, contribuyó a desencadenar las guerras del Peloponeso, y sucedió en 1914, cuando Gran Bretaña se había visto superada por Alemania en el ámbito industrial, paso previo para una expansión político-militar de ambiciones globales. Pero en nuestro mundo todo es más complejo, desde el momento en que existe una superpotencia militar, por el momento indiscutible, y un poder económico que presenta un carácter multipolar, pero a la vez existe una cierta sensación de caos, o al menos de falta de acuerdos sustantivos, ante las amenazas globales del terrorismo, el cambio climático o las pandemias. Esta estructura compleja exige la cooperación entre los Estados, aunque el principio de equilibrio seguirá siendo la piedra angular de las relaciones entre grandes potencias en un escenario que lleva camino de parecerse al de los conciertos o directorios del siglo XIX, si bien todavía estamos en una fase de transición.

Tomemos el caso de Asia.  La India es una potencia que ve con una cierta inquietud todo acercamiento entre China y EEUU, pero lo cierto es que ambos Estados buscan criterios para el acuerdo en muchas cuestiones, pese a la existencia de diversos acuerdos de seguridad entre Washington y la mayoría de los países de la periferia del gigante chino. Se diría que Pekín no parece estar excesivamente preocupada por esa cooperación militar, pues está convencida de que su arma más importante es la económica, y todos esos países necesitan acceso a su mercado de más de 1300 millones de consumidores. En consecuencia, no practica una política exterior asertiva frente a EEUU, al considerar que los acuerdos de seguridad americanos con países asiáticos son casi el equivalente a las cuerdas con las que los liliputienses intentaron inmovilizar a Gulliver.

En nombre del principio de equilibrio, la India tendría que buscar un entendimiento estratégico con Rusia, tal y como hizo en la guerra fría después de la visita de Nixon a Pekín, pero la Rusia actual apuesta por un claro entendimiento con China, aunque existan diferencias de fondo, para establecer a escala global un contrapeso a EEUU. Otra posibilidad para la India es buscar una asociación estratégica con Japón. La visita del primer ministro indio, Manmohan Singh, a Tokio, a finales del pasado mayo, así lo confirma, y este político ha destacado la importancia de Japón no sólo en el desarrollo económico indio sino que además lo considera su socio natural y indispensable en la búsqueda de la paz y la estabilidad en las regiones asiáticas bañadas por el Pacífico y el Índico. Existe también un diálogo institucionalizado entre los ministerios de asuntos exteriores y defensa, y ambos países han realizado maniobras navales conjuntas. Los discursos de Singh en Tokio podrían llevarnos a considerar que se está fraguando una gran alianza entre dos democracias asiáticas, pero los hechos distan de adecuarse a las palabras y la geografía impone sus condicionantes, pues el interés de Japón en el Índico sigue siendo limitado. No existe una región indo-pacífica, y menos todavía indo-asiática-pacífica, más allá de los discursos, pues ambos países se autolimitan a la hora de desarrollar unos objetivos más ambiciosos. La Historia sigue siendo un lastre para Japón, pues sus vecinos son recelosos y no terminan de olvidar las atrocidades de la II Guerra Mundial, y es más fácil establecer una relación estratégica, por limitada que pueda ser, con la India que con Corea del Sur. En consecuencia, la efusividad en los gestos y palabras entre Manmohan Singh y Shinzo Abe no deja de ser un tanto forzada, una lógica reacción ante una China emergente.

Por contraste, un destacado analista estratégico indio, C. Raja Mohan, señala a la India un camino forzoso: necesita una cooperación más intensa, no menos, con China y EEUU al mismo tiempo.