Jun 5 2013

Wang Jisi y la cautelosa diplomacia china

Wang Jisi, decano de la Escuela de Estudios Internacionales, en la universidad de Pekín, es uno de los más importantes pensadores estratégicos de China. La valía de un estratega se mide, sobre todo, por el hecho de que el poder político acepte sus sugerencias, y en el caso de Wang se está haciendo realidad con su eslogan “Marching West”. Si al este y sureste de China se multiplican los acuerdos de seguridad con EEUU, ya se trate de Japón, Corea del Sur, Taiwan, Vietnam, Singapur, Malasia, Thailandia o Filipinas, y China experimenta la sensación de que Washington está boicoteando sus esfuerzos de integración económica por medio del Transpacific Partnership, del que los chinos están excluidos en la práctica, la percepción más extendida será que Pekín sufre una especie de cerco  en la ribera del Pacífico en Asia, que algunos comparan al intento de los liliputienses de doblegar a Gulliver con cuerdas y estacas. Este panorama geopolítico tiene que ser contrarrestado fomentando la presencia, los recursos y los esfuerzos diplomáticos de China en Asia Central, el sur de Asia y Oriente Medio.

La propuesta no es enteramente novedosa, pues la Organización de Cooperación de Shanghai, fundada en 1997, aspiraba a crear un bloque continental integrado por China, Rusia y las ex repúblicas soviéticas de Asia Central, si bien las estructuras de esta organización siguen siendo muy laxas. Por lo demás, China sigue cultivando a su tradicional aliado, Pakistán, y no pierde de vista la cooperación con Afganistán, contribuyendo a llenar el vacío dejado por la próxima retirada de la Misión de la OTAN. Las alianzas con pakistaníes y afganos son indispensables para controlar el extremismo islamista que ha salpicado a la región china de Xinjiang, y la cooperación económica con la India resulta vital, pese a la presencia de otros competidores como Rusia y EEUU. Por último, los intereses económicos, en especial energéticos, aconsejan a China una presencia más activa en Oriente Medio y el Golfo Pérsico.  Pero el “Marching West” chino no debe interpretarse como una oportunidad estratégica para compensar la supuesta pérdida de interés de Washington por las tierras situadas entre el Mediterráneo y el Golfo. Por el contrario, se puede concluir que chinos y americanos pueden encontrar al oeste de Asia mayores cauces de entendimiento que al este. Ambas potencias desean estabilidad en Irak y Afganistán, el final del conflicto en Siria, el control del terrorismo y de la proliferación de armamentos de destrucción masiva, así como la continuidad en el suministro de petróleo. Wang Jisi ve incluso como preocupante para los intereses de China que EEUU pierda posiciones en Oriente Medio

Pese a todo, ¿puede afirmarse que China es un Gulliver al que intentarían maniatar sus vecinos? Seguramente no, pues por mucho que EEUU construya alianzas militares en la región del Pacífico, en los cálculos chinos no figura un enfrentamiento directo con los americanos por el control de Asia Oriental. Su expansión es sobre todo de carácter económico y buscan fomentar vínculos de este tipo, sin olvidar que ofrecen a sus vecinos la atractiva baza de un mercado de 1300 millones de consumidores. Esto significa que la diplomacia china seguirá siendo cautelosa y comedida en cualquier parte del mundo. Su objetivo, nada sencillo, es no despertar suspicacias y como recuerda Wang Jisi, ha sustituido el eslogan de “ascenso pacífico” por el de “desarrollo pacífico” como si quisiera tranquilizar sobre la categoría de sus ambiciones. Este mismo planteamiento conlleva no emplear una actitud asertiva en su política exterior respecto a EEUU, como suele hacer con frecuencia una Rusia humillada por la reducción de su estatus de la época de la guerra fría. El orgullo nacionalista se despliega para el consumo interno, pero nunca formando coaliciones diplomáticas antiamericanas como han hecho, por ejemplo, Irán o Venezuela. El problema de las políticas exteriores demasiado asertivas es que acaban desgastando a quien abusa de ellas, pues minan su credibilidad a largo plazo y reducen a algunos países a la condición de tigres de papel, a la que se refería Mao.


May 28 2013

El sueño del Pacífico de John Kerry

El discurso más importante del secretario de Estado, John Kerry, en los meses iniciales de su mandato fue pronunciado el pasado 22 de abril en Tokio. Podemos calificarlo de discurso dedicado al Sueño del Pacífico, bien diferente del Sueño Chino que fue expuesto por Xi Jinping en su toma de posesión como presidente de China.

Esta intervención pública de Kerry pretende ser clarificadora para quienes conciben la presencia norteamericana en Asia y el Pacífico en términos preferentemente militares, El Sueño del Pacífico de Kerry no se ajusta a estos parámetros clásicos que implican la superioridad aérea y naval de EEUU en el océano más extenso del planeta. Antes bien, el término clave empleado por Kerry es el de “crecimiento”, lo que supone reconocer la primacía de lo económico. Una política de equilibrio respecto al coloso chino, que cuenta con 1300 millones de habitantes y cuyas ambiciones globales son conocidas, resulta de corto alcance si se ciñe al ámbito de lo militar. De ahí que haya que replantear la política exterior de EEUU en un mundo de equilibrio de potencias en términos diplomáticos, económicos y culturales. El problema es que los asuntos de Oriente Medio, pueden restar energías a los proyectos americanos en Asia y el Pacífico. En Oriente Medio Washington sigue jugándose su credibilidad, incluso entre sus socios europeos, aunque la región esté dejando de formar parte de sus prioridades estratégicas. Ahora mismo estas son más importantes en el Golfo Pérsico que en el Próximo Oriente, con lo que esto tiene de riesgo para un nuevo estancamiento del conflicto israelo-palestino.

Por otro lado, Asia sigue creciendo como el centro de los intereses económicos estadounidenses, que necesitan un Asia pacífica y no sometida a la hegemonía china. Pero también estamos asistiendo a la paradoja de que EEUU garantice la seguridad en Asia mientras China se lleva los beneficios económicos. En consecuencia, la política exterior norteamericana pasa por aislar a China de sus vecinos, aunque esta táctica de cerco nunca sea reconocida explícitamente. Por  otro lado, la hegemonía americana en los mares se apoya en la defensa de la libertad de la navegación e incluso del convenio de las Naciones Unidas sobre el derecho del mar. Si alguien amenaza esta normativa, la sospecha no recaerá sobre Washington sino sobre Pekín y su lista de reivindicaciones de islas y archipiélagos.

Con todo,  la principal baza de China, que es también la de Rusia en Europa, es la del diálogo bilateral con sus vecinos, y no con las organizaciones regionales en que están representados. La Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) nunca será un bloque político-económico que tenga una sola voz frente a China, pues algunos de sus miembros como Laos y Camboya son muy dependientes de Pekín.

El gran instrumento de EEUU para aislar a China es el Trans-Pacific Partnership (TPP), una asociación de ambas riberas del Pacífico y en la que se combinan una dimensión económica librecambista y la defensa de la democracia y los derechos humanos. En la TPP Washington intenta interpretar el papel de campeón de la democracia, pero esto difícilmente se sostiene con la presencia de países como Singapur, Vietnam y Myanmar, que no reúnen las credenciales democráticas, pero que el pragmatismo norteamericano tiene que aceptar en su estrategia de contención hacia China.

¿No recuerda el sueño del Pacífico de Kerry la historia del gigante Gulliver atado mientras dormía por los enanos de la isla?


May 20 2013

La inacción americana en Siria

La trágica situación de estancamiento del conflicto en Siria es un ejemplo de la complejidad de la escena internacional. Durante la guerra fría, con un mundo reducido a la engañosa distinción entre gobiernos pro-americanos y pro-soviéticos, podía haber tenido lugar un conflicto de interposición en el que los aliados respectivos se hubieran combatido sin que las superpotencias intervinieran directamente. En la década de 1990, con una Rusia debilitada tras la caída de la URSS y una China no demasiado activa en los asuntos internacionales, una “operación quirúrgica” aérea al estilo de las guerras del Golfo y los Balcanes,  legitimada con una resolución del Consejo de Seguridad, podría haber dado sus frutos. Sin embargo, después de las invasiones de Afganistán e Irak, en las que fue más fácil ganar la guerra que la paz, el miedo a los costes económicos y psicológicos de una intervención militar pesa sobre la política exterior de EEUU.

Washington se enfrenta hoy al siguiente dilema: no puede abdicar de su rango de superpotencia y desinhibirse de la situación en Siria, Irán, Afganistán o Corea del Norte, por no mencionar el punto muerto de las negociaciones entre israelíes y palestinos, pero al mismo tiempo, tal y como reconoce Robert D. Kaplan, un defensor del realismo en las relaciones internacionales, sabe que las posibilidades de éxito en la búsqueda de soluciones estables son muy escasas. No obstante, EEUU se lanza a un obligado frenesí diplomático, que empezó Hillary Clinton y ahora continúa John Kerry, sin olvidar los recientes viajes de Obama al sureste asiático y Oriente Medio. Sigue la máxima de Talleyrand de negociar con todos y en todas partes, porque si no lo hiciera, la opinión pública y los medios de comunicación le reprocharían su inactividad. El método empleado en las giras diplomáticas consiste en hacer cuadrar dos cosas aparentemente contradictorias: intentar tranquilizar a los aliados en el sentido de que EEUU será fiel a sus compromisos y tratar de buscar puntos de interés común con los adversarios para hacer posible una mínima cooperación. Esto tiene el riesgo de despertar recelos entre los aliados y llevar incluso a que éstos puedan plantar cara a los americanos. Por ejemplo, ¿ha conseguido la Administración Obama ejercer algún tipo de influencia sobre el gobierno de Netanyahu para desbloquear la cuestión palestina? Pese a todo, se ha calificado de éxito del viaje de Obama a la reconciliación turco-israelí, aunque probablemente ésta no se hubiera producido sin el agravamiento de la situación en Siria y sin las dificultades internas de Netayanhu. Hay que reconocer que no estamos en los tiempos de la diplomacia de Kissinger. El mundo de hoy es más complejo y en algunos casos, pese a la constelación de organizaciones y foros internacionales, tiende hacia una cierta anarquía. Los políticos no lo querrán reconocer, pero el bilateralismo está ganando posiciones a costa del universalismo, del mismo modo que en el período de entreguerras el sistema de seguridad europeo, adoptado en Locarno, se construyó al margen de la Sociedad de Naciones, aunque en los acuerdos firmados aparecieran las obligadas referencias a la organización universal.

Las limitaciones de la política exterior americana resaltan en el tratamiento de la crisis siria, pues se parte del principio de evitar una intervención armada en la que no está garantizado el éxito final, tal y como sucedió en Afganistán e Irak, y que puede provocar una internacionalización del conflicto con la participación abierta de Irán, principal aliado del régimen de Asad, la hostilidad abierta de una Rusia que no quiere perder su esfera de influencia en Siria, y los temores de un Israel amenazado en sus fronteras. De ahí que se haya adoptado la táctica del “esperar y ver”, válida si algún grupo de oposición, no hostil a los intereses americanos y convenientemente armado, hubiera podido imponerse en la contienda. Pero aunque esto fuera así, no hay garantías de que en la Siria posterior a Asad no hubiera nuevos enfrentamientos y siempre quedaría la incertidumbre sobre los propósitos de Irán para no perder posiciones en la región.

Con o sin Asad, Siria es un quebradero de cabeza para Washington, y pensar que la diplomacia europea pueda aportar más valor añadido a la solución de la crisis, no deja de ser una ingenuidad. Tenemos reciente el caso de la revuelta islamista en Malí, donde la mayoría de los países europeos, con la excepción de Francia y algunos otros, no parece tomarse demasiado en serio lo de que el Sahel es el patio trasero de Europa. Para hablar de Siria, John Kerry viajó a Moscú, no a Bruselas, y de allí salió la propuesta, nada novedosa, de reunir una conferencia internacional en Ginebra en la que participaran representantes del gobierno y de la oposición. Pero la pregunta clave, tal y como dijo un portavoz ruso, es: “¿De qué oposición?»


May 9 2013

George F. Kennan, maestro del realismo

El realismo en las relaciones internacionales no es patrimonio exclusivo de los demócratas ni de los republicanos. A esta escuela pertenecen destacados secretarios de Estado republicanos como Foster Dulles, Schultz y Baker, sin olvidar al más notable de todos, Henry  Kissinger, un gran admirador de Metternich. Por el contrario, se suele incluir entre los idealistas al presidente demócrata Thomas Woodrow Wilson, uno de los inspiradores de la Sociedad de Naciones, que, sin embargo, no encontró apoyo en la mayoría de la clase política de su país para consolidar su proyecto de orden internacional. En contraste, hubo realistas que trabajaron con Administraciones demócratas como Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional de Carter, uno de los grandes valedores, junto con Kissinger, de la asociación estratégica entre Washington y Pekín. Tampoco podemos olvidar al diplomático George F. Kennan, artífice de la estrategia de contención frente a la URSS durante la presidencia de Truman. Kennan murió centenario, en 2005, pero su recuerdo está presente en debates políticos e intelectuales americanos, siempre que se buscan coordenadas para una política exterior en una época tan tremendamente compleja como la nuestra. La adjudicación del Premio Pullitzer en 2011 al historiador de la guerra fría, John Lewis Gaddis, por la biografía George F. Kennan. An American Life, ha despertado más el interés por este estratega del realismo, al que quizás tampoco haya podido sustraerse ese gran lector que es Barack Obama.

La política exterior de EEUU, al igual que la de otros países, parece haber ido abandonando las solemnes declaraciones de principios, aunque éstas no hayan desaparecido por entero de los discursos. De hecho, las reacciones ante los acontecimientos vendrán muchas veces determinadas por las circunstancias, no por dogmas rígidos, y seguramente George F. Kennan habría coincidido con este enfoque, si bien tampoco el presidente Obama nunca compartirá en el ámbito de la teoría su realismo desencarnado, nostálgico de la idea de equilibrio que rigió la sociedad internacional europea desde Westfalia a la I Guerra Mundial.

Durante un ciclo de conferencias pronunciadas en 1951 en la universidad de Chicago y recopiladas en el libro American Diplomacy, Kennan, en la habitual combinación entre realismo e interés nacional, no tenía reparos en afirmar que la Historia podría haber sido distinta si su país hubiera firmado un armisticio con la Alemania del Kaiser sin pretender una victoria total o un cambio de régimen. Quizás esto hubiera impedido el nacimiento y la ascensión del nazismo. Del mismo modo, una mayor comprensión hacia los intereses de Japón en Asia durante el período de entreguerras, acaso habría podido evitar Pearl Harbor. Tampoco fue partidario Kennan de la implicación americana en la guerra de Corea, y mucho menos en la de Vietnam, e incluso vivió lo suficiente para oponerse a la guerra de Irak en 2003, pues solía repetir aquella frase de John Quincy Adams, el sexto presidente americano, de que “una nación no debería ir al extranjero en busca de monstruos que destruir”. De estas reflexiones se puede inferir que la política de equilibrio en las relaciones internacionales era el corolario del pensamiento de Kennan, y este diplomático y profesor americano consideraba que se trataba de la política más compatible con el principio de soberanía e independencia de los Estados, piedra angular del Derecho Internacional Clásico, una mentalidad que desconfiaba, como el propio Kennan, de la eficacia de las organizaciones internacionales. Se da la circunstancia de que esta idea de la balanza de poder está retornando en un siglo XXI de potencias emergentes, aunque ahora algunos quieran revestirlo de multilateralismo. Sin embargo, el punto débil del equilibrio en la escena internacional, en el pasado y seguramente en el futuro, es su inestabilidad intrínseca, lo que no es extraño por ser un relativismo aplicado a la vida internacional.

 La gran mayoría de la opinión pública europea no suele ser consciente del pragmatismo de la política exterior de Obama, debido a una imagen excesivamente idealizada del presidente, en contraposición a la que ofrecía su detestado antecesor, y esto explica que apenas se inmutara ante un sorprendente discurso de Obama en Oslo en 2009, tras recibir el Premio Nobel de la Paz, y en el que el mandatario americano hacía una apasionada defensa de la guerra justa, algo inconcebible en los oídos de la Europa posmoderna. Está mejor informado, en cambio, el politólogo americano Fareed Zakaria, en una entrevista en la CNN al presidente Obama en enero de 2012, alabó los logros de su política exterior, que no se caracteriza precisamente por la consideración de Estados Unidos como la “nación indispensable”, tal y como suelen afirmar los neoconservadores republicanos. El realismo dice adiós a las cruzadas ideológicas o a las “cabezas de puente” democráticas, como el Irak que debería haber renacido después de la caída de Sadam Hussein. en aquella perspectiva tan idealizada como poco realista de la primera Administración Bush. El realismo, defendido por  Zakaria, puede incluso presentar como modelo para Obama no sólo a George F. Kennan, entre otros, sino al propio canciller Bismarck, árbitro del equilibrio europeo, pues sería la única forma de detener el tan anunciado declive americano. El método pasaría para poner el acento en el bilateralismo, muy característico, por cierto,  de la política exterior de Rusia y China, con la búsqueda de intereses comunes, por mínimos que estos fueran. Con todo, esto conllevaría –y lo estamos viendo- un debilitamiento o vaciamiento de las alianzas tradicionales, aunque esto no sea nuevo, pues ya apareció en la época de Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de George W. Bush, que solía referirse a the coalition of willing.

George F. Kennan era un nostálgico de la vieja diplomacia europea del equilibrio y de un mundo de normas internacionales, racionalista e ilustrado, que se llevó por delante el mesianismo expansionista de los nacionalismos, alumbrado por la Revolución Francesa. Kennan no compartiría la retórica de los discursos de Obama sobre política exterior, pero compartiría sus fines de alejar a Estados Unidos de peligrosas aventuras exteriores que derrochan sus energías políticas, económicas y militares, y que provocan el rechazo de una opinión pública más preocupada por lo que está sucediendo en casa.

 


Abr 27 2013

Rusia y la geopolítica de Aleksei Vandam

Después de la II Guerra Mundial se asistió a una proliferación de las organizaciones internacionales, empezando por las Naciones Unidas y siguiendo por las diversas organizaciones regionales o especializadas, en un auge paralelo a la aparición de nuevos Estados independientes. Finalizada la guerra fría, también surgieron numerosos foros de diálogo y consultas de carácter internacional aunque no siempre revistieran el carácter jurídico de organización. Pese a conflictos endémicos y tensiones nacionalistas localizadas en puntos específicos del planeta, se fue afianzando la idea de que la cooperación internacional era el mejor camino hacia la paz. Buscar intereses comunes, al tiempo que los países participaban de similares valores, podía ser la panacea para desviar al mundo de futuras guerras. En nombre del triunfante internacionalismo liberal, muchos se apresuraron a certificar la muerte de la geopolítica tradicional, sobre todo en la Unión Europea. Geopolítica sonaba a determinismo y expansionismo en Karl Kaushofer y Rudolf Kjellen, aunque ninguno de ellos militara en las filas nacionalsocialistas. Ambiciones territoriales y zonas de influencia eran cosas de un pasado que nunca debía volver, dados los amargos recuerdos de la historia europea anterior a 1945. Sin embargo, el siglo XXI nos está mostrando cómo la geopolítica vuelve por sus fueros, sobre todo fuera de Europa aunque los franceses nunca se olvidaron de ella en contraste con algunos de sus vecinos europeos, hechizados por la gran ilusión del pacifismo en la que la democracia y la economía de mercado garantizan de por sí la seguridad. Pero es sabido que la geopolítica actual, a diferencia de la principios del siglo XX, coexiste con las organizaciones internacionales porque pertenecer a ellas no supone olvidar los intereses de los Estados. Antes bien, puede ser una forma más inteligente de gestionarlos. Las organizaciones pueden ser instrumentos de poder antes de que de cooperación interesada. Observemos que en el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas no se dice: “nosotros, los Estados” –ni mucho menos las Potencias- ya que la referencia es a “los pueblos”. Pero lo cierto es que algunos países se aferran tanto al sacrosanto principio de la soberanía estatal, pues es lo que sustenta su ambición de ser potencias globales o regionales.

En el caso de Rusia los signos de autoafirmación son evidentes: oposición al escudo antimisiles norteamericano, reivindicaciones de soberanía en el Ártico, intentos de utilizar los recursos energéticos como arma política… La geopolítica retorna con fuerza en Rusia, sobre todo, si no se tienen los medios suficientes,al tiempo que se descartan procesos de liberalización. para ser una gran potencia económica, por mucho que se forme parte del G 8. Es cierto que la Historia no pasa en balde y hay que tener en cuenta las circunstancias actuales, pero la lectura de algunos clásicos y desconocidos representantes del pensamiento geopolítico ruso no ha quedado desfasada y nos sirve para comprender ciertas constantes de su política exterior y de seguridad.

Tal es el caso del general Aleksei Efimovich Edrikhin, más conocido como Aleksei Vandam, un militar de los últimos tiempos del zarismo que, en 1912, escribió: “Debemos contar sólo con nosotros mismos”. Esta frase encaja con la mentalidad, aunque no siempre con las palabras de sus discursos, de políticos y militares rusos de nuestros días. Es significativo que Vandam tomara su seudónimo de un héroe de la guerra anglo-bóer, pues en 1899 marchó a Sudáfrica para estudiar este conflicto que oponía a unos colonos de origen holandés con el principal adversario de los rusos: el Imperio Británico. Sin embargo, otra hipótesis afirma que el nombre de Vandam procedería de un general de los ejércitos napoleónicos. Pero esta claro que los dos Vandam tenían algo en común: eran enemigos de Gran Bretaña. También nuestro militar veía en británicos y norteamericanos a los adversarios del poder ruso, sobre todo en Extremo Oriente. Por entonces habían asentado sus posiciones en el sur de Asia y en Filipinas respectivamente, y además Londres era aliado de los japoneses que en 1904 había infringido una humillante derrota a los rusos. Sin embargo, en 1907 las circunstancias cambiaron y Rusia se unió a los británicos en la Triple Entente, una ampliación de la alianza ya existente entre rusos y franceses. Quizás esto explique que en 1912 el libro “Nuestra situación” se publicara con el seudónimo de A.E.Vandam, pues allí se señalaba como posibles enemigos a los anglosajones. La obra retomaba el discurso de las potencias marítimas enfrentadas a las continentales y señalaba como dos aliados necesarios a China y Alemania. Por entonces, al final de la era emperadores, China estaba debilitada y humillada por las potencias occidentales y Japón, . La Alemania del Kaiser figura claramente entre los rivales, entre otras cosas por oponerse a los rusos en los Balcanes. Pese a todo, el tiempo daría la razón a Vandam. Nos remitimos a los hechos: tratado de Rapallo entre la Alemania de Weimar y la Rusia soviética (1922); pacto de no agresión entre Hitler y Stalin (1939); el entendimiento inicial entre la China de Mao y la URSS (1949-1960); los intentos de Moscú durante la guerra fría de buscar la neutralidad de la Alemania occidental a cambio de la reunificación con la Alemania comunista… Más recientemente tenemos otros ejemplos: la reconciliación chino-rusa iniciada en tiempos de Gorbachov; la pertenencia de rusos y chinos a la Organización de Cooperación de Shanghai, que agrupa a países de Asia Central y de la que Irán desearía formar parte; y el “eje” formado por Chirac, Schröeder y Putin para oponerse a la guerra de Irak. Triunfaba una geopolítica «euroasianista», que podría revitalizarse dado el creciente interés de Washington por la región de Asia-Pacífico. Las cosas parecen ir mejor con China, donde hay coincidencia de pareceres en el Consejo de Seguridad en lo referente a Siria e Irán, sin olvidar los negocios en el campo de la energía o los armamentos. Sin embargo, una demografía de 140 millones de habitantes juega en contra de Moscú en sus aspiraciones de ser potencia regional asiática.  El veterano ex primer ministro de Singapur y experto estratega, Lee Kuan Yew les recuerda que Siberia, la costa de Vladivostok y las orillas del río Amur serán repoblados por chinos. Toca a los rusos decidir si quieren revertir esa tendencia demográfica.