Dic 16 2013

Ucrania y el fantasma de Occidente

El presidente ucraniano, Víctor Yanukovich pareció demostrar al inicio de su mandato en 2010 que no iba a ser el dócil amigo de los rusos que todos esperaban. Sin dejar de consolidar su poder en Ucrania frente a una oposición dividida, el presidente quiso apostar por una política de equilibrio entre Europa y Rusia, algo que no tuvo continuidad por su rechazo a firmar el acuerdo de asociación con la UE. El equilibrio es la opción más inteligente porque existen dos Ucranias: la occidental, que en el período de entreguerras formó parte de Polonia, y la oriental, la de la minería del carbón y la siderurgia que tiene una cierta nostalgia del pasado soviético. No es casual que el nombre de Ucrania signifique frontera, pues es el límite entre dos mundos. No es, sin duda, entre Europa y Asia, sino entre Europa y Rusia, un inmenso país que en los dos últimos siglos se ha debatido en una continua lucha entre sus almas eslava y occidental. Si todavía nos seguimos preguntando si Rusia es Europa, también nos interrogaremos si lo es Ucrania. Se explica que Samuel Huntington, bien conocido por su teoría del conflicto de civilizaciones, abogara hace veinte años, con la independencia del país recién estrenada, por dividir el país entre Polonia y Rusia. Es dudoso que eso suceda, pues la conciencia nacional de Ucrania, pese a la línea de fractura existente, ha ido creciendo con el paso de los años. Está sucediendo lo mismo que con la Italia del Risorgimento: primero se hizo el país, y luego, los italianos.

Hay que coincidir con las afirmaciones de Zbigniew Brzezinski, el estratega americano de origen polaco y ex consejero de seguridad nacional de Carter, en el Financial Times (11-12-2013). Afirma que en dos décadas se ha ido asentando una identidad nacional ucraniana que la acerca a Europa, sin que esto tenga que significar necesariamente una hostilidad hacia Rusia. Es un ejemplo de lo que Brzezinski llama el “despertar político global”, la ola de nacionalismo que sacude el mundo de hoy, y que puede tener expresiones moderadas o violentas. Es cierto que un país puede depender económicamente del gran hermano ruso, aunque eso no significa que se apague su fervor nacionalista, alimentado mucho antes de la desintegración de la URSS. Esto vale para todas las repúblicas ex soviéticas, incluso para la Bielorrusia de Lukashenko, que ha tenido sus discrepancias, mayores o menores, con Moscú, pese a todos los intentos de unión política y económica, bien diseñados sobre el papel.

El nacionalismo puede servirse de diversos instrumentos para enfrentarse a un poderoso adversario, en este caso el gigante ruso. La UE, pese a sus aspiraciones integradoras y reguladoras, es para los manifestantes ucranianos un instrumento de autoafirmación frente a Moscú. Entre los manifestantes de Kiev se veía gente joven enarbolando banderas europeas o con los rostros pintados con los colores de la enseña de la UE. A decir verdad, no pueden hacerse ilusiones sobre una futura pertenencia de Ucrania a la Unión, pero al menos esos símbolos representan los valores democráticos que no encuentran en su país. Quieren que Ucrania sea un Estado fuerte, y no el típico Estado tapón de la geopolítica.

Lo que no es tan seguro es lo que nos responderían algunos de esos manifestantes si les preguntáramos si se sienten parte de Occidente, pues no quieren estar en la órbita de Rusia. En 2004, cuando se desencadenó la revolución naranja que llevó al poder a Viktor Yuschenko y Yulia Timoshenko, líderes efímeros que se devorarían entre sí, los manifestantes querían un país libre de la corrupción y de las penurias económicas. Pensaban en Occidente, en EEUU, donde habían tenido el apoyo de presidentes como Clinton y Bush, y algunos soñaban con una integración a medio plazo en la OTAN, siguiendo el ejemplo de los países bálticos. Mayor era el número, sin embargo, de partidarios de la integración en la UE. Uno de sus miembros, Polonia, consideraba la vinculación de Ucrania a Europa como una de sus prioridades estratégicas. Quedan muy pocas de esas ilusiones en las calles de Kiev.

En cambio, en 2013 Europa no despierta ilusiones, por su estancamiento económico y sus tensiones políticas internas con el auge del nacionalismo y de la xenofobia. Países como Rusia y China pretenden arrebatarle el título de modelo para el resto del mundo, al querer demostrar que la prosperidad económica no tiene que ir asociada a la democracia occidental. Ya no es la lucha entre el capitalismo y el comunismo, sino entre el capitalismo democrático y el capitalismo de Estado. ¿Y qué decir de EEUU? Clinton apoyó la entrada de Ucrania en la OTAN, y Bush dio su respaldo a la revolución naranja. En contraste, Obama no se ha pronunciado abiertamente sobre las protestas en Ucrania. ¿Esa prudencia verbal está relacionada con los acuerdos alcanzados con Moscú respecto a Siria e Irán?

Andrew Wood, ex embajador británico en Moscú, se ha referido al “fantasma” de Occidente que a Rusia le gusta agitar cuando ve sus intereses amenazados. Pero más allá de las teorías conspiratorias, Occidente puede ser un concepto fantasma para la oposición ucraniana. ¿Dónde está Occidente? ¿En una Unión Europea, a la que no le entusiasman las ampliaciones y algunos de cuyos miembros tienen relaciones bilaterales privilegiadas con Rusia? ¿En unos EEUU que aumentan cada día más su interés por Asia y el Pacífico?

 


Nov 29 2013

Acuerdo nuclear con Irán: entre la euforia y la desconfianza

“Confía, pero verifica”. La conocida frase atribuida a Reagan, tras el inicio de las negociaciones de reducción de armas nucleares con Gorbachov, es también aplicable al acuerdo alcanzado en Ginebra entre Irán y el grupo 5+1 (EEUU, Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania). El acuerdo despertó cierta euforia en algunas cancillerías y en un gran número de medios de comunicación, que vieron alejarse el fantasma de una supuesta guerra. En realidad, no era tanto una cuestión bélica, por muchos rumores que corrieran sobre un ataque conjunto de norteamericanos e israelíes, sino un juego diplomático capaz de alterar el tablero geopolítico de Oriente Medio. Es cierto que el tema nuclear, con límites para el programa iraní a cambio del levantamiento de sanciones, es el núcleo central de esta historia. Con todo, puede haber otras consecuencias que influyan en futuros acontecimientos.

En primer lugar, están los aspectos técnicos del “Plan de Acción Conjunta”. Teherán reduce el alcance de su programa nuclear y renuncia a enriquecer uranio al veinte por ciento, quedando el porcentaje al cinco por ciento. De hecho, los iraníes lo consideran una victoria, pues en el texto del acuerdo no hay ninguna prohibición expresa del enriquecimiento de uranio. Antes bien, se señala en el preámbulo que el objetivo a alcanzar es “un programa mutuamente definido de enriquecimiento con límites prácticos  y medidas de transparencia para asegurar la naturaleza pacífica del programa”.  El Plan de Acción se caracteriza por su flexibilidad, pues se basa en un principio, que además cita, y que es practicado habitualmente por los negociadores internacionales: “Nada está acordado hasta que todo esté acordado”. Por tanto, muchas cosas pueden cambiar sobre la marcha porque nada está cerrado definitivamente. En cualquier caso, el fin de las sanciones es inminente. Así lo confirmaba poco después, Laurent Fabius, ministro francés de Asuntos Exteriores, el político más reticente al acuerdo, que está convencido, o quiere convencerse, de que el acuerdo supone que Teherán renuncia a la energía nuclear de carácter militar y la sustituye por la civil. A este respecto, se lee en el preámbulo: “Irán reafirma que bajo ninguna circunstancia buscará o desarrollará armas nucleares”.

Los iraníes siguen insistiendo en que nunca han tenido el propósito de dotarse del arma nuclear. Sin embargo,  si los occidentales no hubieran tenido la sospecha de que esto no era cierto, no habrían puesto en marcha las sanciones que, pese a todo, y tras las reticencias rusas y chinas en el Consejo de Seguridad, han demostrado su utilidad. En efecto, han sido una de las causas por las que Teherán ha aceptado una supervisión internacional de su programa nuclear. El historiador francés Pierre Razoux ha comprobado que Irán solo es capaz de aceptar un compromiso si se dan tres premisas: si obedece a sus intereses, si las arcas del Estado están vacías, y si existe una amenaza seria de intervención militar extranjera. El régimen iraní se ha dado cuenta de que su supervivencia -y su consolidación-, dependerá de una cierta distensión en sus relaciones internacionales. El discurso incendiario del anterior presidente, Mahmud Ahmadineyad, no es de utilidad. Hay otras formas de defender el nacionalismo y la fe chií, bien amalgamadas en el régimen de Irán, y la nueva forma la encarna el nuevo presidente, Hassan Rouhani. Se ha convertido en la cara amable del régimen, sin dejar de reiterar que tiene la plena confianza del ayatolá Jamenei, líder supremo de la Revolución. Por cierto, este dirigente religioso habló en un discurso, el pasado mes de septiembre, de “flexibilización heroica”. Fue pocos días antes del discurso de Rouhani en la Asamblea General de la ONU y de su posterior conversación telefónica con Obama.

Rouhani asume el protagonismo con su nuevo papel conciliador, pese a ser el mismo hombre que, hace una década, lanzaba abiertas críticas contra americanos e israelíes. Hace invisible a Jamenei, sin dejar de contar con su beneplácito. Con este planteamiento, no es extraño que algunos medios occidentales resalten como muy significativo en su biografía que el presidente obtuvo un doctorado en Derecho Constitucional por la universidad de Glasgow en 1999. Sin embargo, este dato nada nos aporta sobre su ideología o sus intenciones. Tiene tan poca entidad como aquel rumor que afirmaba que Andropov, ex jefe del KGB y sucesor de Breznev en el PCUS, era un apasionado del jazz, de las novelas policíacas americanas y del whisky.¿Le convertía esto en alguien destinado a establecer un clima de distensión con Washington?

En cualquier caso, Rouhani no es el Gorbachov iraní. No se propone, ni podría, reformar el sistema. ¿Qué papel tienen actualmente en la política los presidentes que fueron sus antecesores? De él, cabe esperar grandes dosis de pragmatismo, necesarias para el levantamiento de las sanciones y de la prosecución del programa nuclear iraní. Es lo que busca además la Administración Obama, deseosa de lograr un éxito diplomático en el exterior que compense los reveses y el descenso de popularidad del presidente en el ámbito interno.

Pero no es menos cierto que los contactos de la Casa Blanca con Teherán tienen el propósito de ir más allá del acuerdo nuclear. Al igual que sucedió con el viaje de Nixon a China, en una de esas semejanzas históricas a las que nos tiene acostumbrados el actual presidente, hay que buscar algún tipo de entendimiento con los iraníes que permita a Washington soltar lastre en los asuntos de un Oriente Medio que solo le ha producido sinsabores. La China de Mao era también una ideocracia, como la república islámica iraní, aunque supo avenirse con el máximo representante del capitalismo, pues había un enemigo común, la URSS. Enemigo común es, desde luego, el terrorismo de Al Qaeda, aunque la red integrista esté ahora más debilitada, aunque no es menos cierto que ese tipo de integrismo ha encontrado valedores en Arabia Saudí o Pakistán, aliados tradicionales de Washington, en los que ahora mismo no puede confiar del todo, y que son además adversarios del régimen chií de Teherán. Tampoco agrada a los iraníes que los talibanes puedan retornar al poder en Afganistán tras la retirada de las fuerzas de la OTAN. Con todo, será un juego arriesgado si el mundo árabe, mayoritariamente suní, se dejara llevar por la percepción de que EEUU está forjando una alianza con los chiíes y ha dejado a sus aliados tradicionales en la estacada.


Nov 25 2013

John Kerry y el final de la doctrina Monroe

Desde su tribuna en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA) , en Washington, el secretario de Estado, John Kerry proclamó oficialmente el fin de la doctrina Monroe en las relaciones EEUU-América Latina. Ciento noventa años después de la formulación de la doctrina, en diciembre de 1823, y que se resume en la conocida frase “América, para los americanos”, ¿puede afirmarse que esto es realmente cierto?

El quinto presidente estadounidense, James Monroe, se oponía a cualquier interferencia de las potencias europeas en el hemisferio occidental en contra de la soberanía e independencia de los países que habían pertenecido al imperio español. Con el paso del tiempo, la declaración de Monroe sería percibida como una especie de “carta blanca” para extender la influencia de EEUU al sur de Río Grande. De hecho, la guerra con España de 1898, a la que siguió la independencia de Panamá y la consiguiente construcción del canal transoceánico, marcó el inicio de una serie de intervenciones directas en América Central y el Caribe para salvaguardar sus intereses económicos y políticos norteamericanos. Por lo demás, la fundación de la OEA en 1947 contribuyó aún más a la percepción de la vigencia de la doctrina Monroe, pues eran los años de la guerra fría y Washington temía las injerencias soviéticas en el hemisferio occidental. Estos temores se confirmaron con la revolución castrista y la crisis de los misiles de Cuba en 1962. La lógica de la guerra fría también se impuso en el apoyo de Washington a las dictaduras militares latinoamericanas, consideradas un contrapeso a guerrillas izquierdistas fomentadas por La Habana y Moscú.

La estrategia de EEUU cambió a partir de la presidencia de Reagan. Este presidente apoyó la democratización del cono sur y de Centroamérica, al considerar que el radicalismo político se combatía mejor con la democracia que con los fusiles. El final de la guerra fría le dio la razón y siguieron unos años de auge de la democracia, unido al del neoliberalismo económico. Más tarde llegarían las decepciones del electorado, con la crisis de los partidos tradicionales y la llegada de populismos de toda clase en los inicios del siglo XXI. Entonces empezó a demostrarse que la democracia y el Estado de Derecho no necesariamente van juntos.

Por lo demás, la posguerra fría marcó el comienzo de un cierto desinterés de Washington por los países de su continente. Oriente Medio, primero, y Asia, después, se convirtieron en sus focos geopolíticos de prioridad. Ese desinterés contribuyó a la progresiva pérdida de peso específico de la OEA, y el vacío se llenaría progresivamente con el surgimiento de  una constelación de organizaciones o foros subregionales: MERCOSUR, ALBA, UNASUR, CELAC… Todos ellos tienen en común la voluntad de distanciamiento de Washington, lo que explica que estas iniciativas sean presentadas como una recuperación de la soberanía e integración latinoamericanas. Si a esto añadimos una progresiva presencia en la región de China, Rusia e Irán, cuyo empuje es de momento más económico que político, entenderemos que la proclamación de Kerry sobre el final de la doctrina Monroe, no haya despertado ninguna emoción, o reacción, de las cancillerías latinoamericanas, a excepción de los aplausos protocolarios de sus representantes en la OEA.

Las palabras de Kerry persiguen, sin duda, un efecto conciliador con los vecinos latinoamericanos, molestos por las revelaciones de Snowden sobre el espionaje a jefes de Estado de la región. Lo que pasa es que algunos no acaban de creer el mensaje, pues no han olvidado que, en el pasado mes de abril, Kerry declaraba, ante el Congreso, que América Latina es “el patio trasero de su país”. Habría que entender esas palabras dentro de su contexto. En realidad, el secretario de Estado defendía una mayor presencia de Washington en la región con una utilización mayor del soft power, el método que define las relaciones internacionales ideales de nuestro tiempo. En cualquier caso, el político americano mostraba entonces cierta preocupación por el futuro de las relaciones entre EEUU y sus vecinos. Acaso influya también su experiencia personal al estar casado con una brasileña.

Kerry estaría defendiendo el fin de una doctrina intervencionista y preconizando unas relaciones en pie de igualdad, con valores e intereses compartidos. Se mostró orgulloso, en su discurso, de la trayectoria democrática del hemisferio occidental americano, y en particular de la Carta Democrática Interamericana, cuyo objetivo principal es “el fortalecimiento y preservación de la estabilidad democrática”, y que fue aprobada por la OEA el 11 de septiembre de 2001. Eran los tiempos en que Bush soñaba un tratado de libre comercio de las Américas. Los nacionalismos populistas latinoamericanos se lo llevaron por delante, además de contribuir a la defunción de la vieja doctrina Monroe.


Nov 22 2013

Tres autocracias del siglo XXI

Charles Kupchan, profesor de relaciones internacionales en la universidad de Georgetown publicó hace unos meses un libro, No one’s world, que es un modelo de prospectiva para el escenario geopolítico del siglo XXI. Es el reconocimiento de que la modernización en nuestro tiempo no significa necesariamente la aceptación de los sistemas políticos y los valores occidentales. Quienes consideran que hay otras formas de construir la modernidad, como son los casos de China y otras potencias emergentes, ofrecen modelos autoritarios alternativos, con capacidad de influencia más allá de sus fronteras, capaces de desmentir la norma no escrita de que el desarrollo económico trae consigo la democratización. Esto lo que han afirmado muchos historiadores y analistas, que se limitaban a trasponer a las nuevas realidades geopolíticas el recuerdo del ascenso de una burguesía que influyó en el despegue de Occidente. Este optimismo de raíces kantianas, en el que se vislumbra un mundo poblado por democracias que no se hacen la guerra entre sí, es contemplado con escepticismo por Kupchan, que hace la interesante aportación, en uno de los capítulos de su libro, de pasar detallada revista a las alternativas al modelo occidental en las distintas áreas geopolíticas.

En realidad, lo que ha triunfado en la posguerra gría es el capitalismo e incluso, en algunos casos, la democracia, aunque no necesariamente liberal ni anclada en los valores occidentales. Es evidente que Kupchan nos está diciendo que se equivocó Fukuyama y está dando la razón, aunque no sea por entero, a Huntington y su «choque de civilizaciones». Modernización no equivale a occidentalización, y esto es algo que algunos historiadores saben muy bien desde la época de Pedro el Grande, modernizador de Rusia y gobernante con puño de hierro.

El autor distingue tres sistemas autocráticos: la autocracia comunitaria, la autocracia paternalista y la autocracia tribal, que corresponden respectivamente a China, Rusia y las monarquías petroleras del Golfo.

En China, la democracia liberal se contrapone a las tradiciones culturales basadas en una compleja burocracia y en el principio de jerarquización, a lo que hay que añadir el legado del confucianismo, perseguido en la época de Mao y rehabilitado en el actual régimen nacional-comunista. La gran estrategia del PCCh ha sido, a partir de la presidencia de Jiang Zemin, integrar a los empresarios en la estructura política. No solo los miembros del partido controlan la mayoría de las grandes empresas sino que también están presentes en las empresas privadas. Al mismo tiempo, el régimen ha mimado a los intelectuales, especialmente a profesores y estudiantes universitarios, y ha fomentado una gran expansión de las universidades. Si a esto añadimos el interés del Estado por el desarrollo de las tecnologías y grandes infraestructuras, comprenderemos que el poder chino vende a su pueblo la idea de que están velando por su bienestar. La sola evidencia de que millones de chinos han salido de la pobreza y disfrutan de libertades económicas no contribuye a la aparición en China de una clase media democrática. No obstante, estas realidades no pueden ocultar algunas de las debilidades del sistema chino: violación de los derechos humanos, una tecnología que no suele tener gran calidad y que copia modelos foráneos, la corrupción, la degradación medioambiental, los acusados contrastes socioeconómicos entre el interior del país y las zonas costeras… Con todo, Kupchan presta algún crédito a quienes opinan que China seguirá el mismo camino de Taiwán y Corea del Sur. El autoritarismo de estos regímenes cedió ante las exigencias de democracia de una floreciente clase media. En nuestra opinión, no resultará tan sencilla esta evolución, pues tanto el Partido como el Ejército son estructuras mucho más consolidadas y menos permeables. En realidad, el único punto débil de todos los regímenes autoritarios es que sus ciudadanos vean reducido su bienestar material, un detonante para posibles estallidos sociales.

Rusia representa, en cambio, la autocracia paternalista, con amplias raíces en las etapas zarista y soviética. Su resurgimiento como gran potencia está relacionado con sus inmensos recursos energéticos, mucho más persuasivos en la era global que unos armamentos que pronto pueden quedarse obsoletos. No escapa, sin embargo, a la maldición del petróleo, su principal activo y debilidad, que le ha hecho descuidar las inversiones en infraestructuras y tecnologías, además de seguir teniendo una economía no demasiado abierta al exterior. En este contexto, la clase media rusa dista mucho de ser una esperanza para la democratización, pues en buena parte procede de la burocracia y las grandes empresas. Por lo demás, apenas un 25% de los rusos se identifica con la democracia occidental. El orgullo patriótico y la estabilidad son mucho más apreciados. Esto puede explicar el retroceso de la libertad en los últimos años no solamente en Rusia sino en la gran mayoría de las repúblicas ex soviéticas. Kupchan coincide, en parte, en sus análisis con Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional en la Administración Carter, al afirmar que Occidente debe buscar el acercamiento a Rusia, e incluso fomentar su ingreso en la OTAN. Ambos autores consideran que Moscú puede hacer de árbitro en el nuevo orden internacional. En realidad, es lo que ha intentado hacer la presidencia de Obama desde sus inicios, aunque a lo mejor ha pecado de ingenuidad en sus relaciones con Medvedev, el anterior presidente ruso, al considerarlo una alternativa a Putin. Con todo, no vemos a Rusia en la Alianza Atlántica no solo porque los gobernantes rusos no demuestren interés en ella sino porque su ingreso, en las actuales condiciones políticas, no solo no sería un valor añadido sino que también cuestionaría la propia esencia de una organización que lleva reinventándose desde hace dos décadas.

La autocracia tribal está representada por las monarquías petroleras del Golfo, cuya fuerza reside en la dependencia energética de Occidente. Como en el caso de China, su legitimidad deriva de las expectativas económicas de su población, aunque sus puntos débiles se refieren la situación de los jóvenes y de las mujeres. Los grados de conservadurismo varían de un país a otro, siendo Qatar y Kuwait los más «liberales» en contraste con Arabia Saudí y los Emiratos. Las relaciones de clan siguen siendo fuertes aunque en algunos países haya nacido una clase media que se identifica con la autocracia garante de la estabilidad. Su principal desencuentro con EEUU surgió con la invasión de Irak, aunque la violencia que prosigue en este país es ahora la coartada perfecta para que los autócratas recuerden a sus pueblos los riesgos de introducir en la región una democracia de corte occidental. Washington se acomodó al statu quo porque necesitaba que las monarquías del Golfo sirvieran de contrapeso a Irán, si bien las negociaciones con la república islámica amenazan con trastornar el equilibrio en la región. Tampoco hay que olvidar  los intereses energéticos y la necesidad de bases militares en un Oriente Medio en que el papel americano es cada vez más cuestionado.

Las tres autocracias estudiadas por Kupchan se sienten seguras de su potencial económico y no ven ningún aliciente en la democracia occidental, que podría poner en peligro su estabilidad interna.


Oct 29 2013

La decepción de Arabia Saudí

El acercamiento entre Irán y EEUU, escenificado en el discurso del presidente Rouhani en la Asamblea General de la ONU y en la conversación telefónica entre el mandatario americano y el iraní, produce inevitables efectos colaterales en el mapa geopolítico de Oriente Medio. Los aliados tradicionales de Washington en la región, que cifraban sus esperanzas en el aislamiento de la república islámica de Irán y en la caída de su aliado sirio Bachar el Asad, se encuentran con hechos consumados de la diplomacia de Obama.

La Rusia de Putin ha evitado el ataque de los americanos contra Siria, y Asad tiene grandes posibilidades de que su régimen sobreviva en contrapartida de la destrucción de sus armas químicas. La Conferencia de Ginebra II, cuya apertura está prevista para el 23 de noviembre, puede ser un balón de oxígeno para un régimen que se aferra al statu quo, doctrina oficial de su aliado ruso, y un revés para una oposición siria demasiado fragmentada para ser una alternativa real de poder. A los saudíes les irrita que su viejo enemigo, el clan de los Asad, propagador del socialismo panarabista en los años de la guerra fría, sobreviva a una de las guerras más encarnizadas de los últimos años. Para ellos supone el triunfo del bloque chií en diversos territorios de Oriente Medio, con lo que esto puede tener de revulsivo para las minorías chiíes de las monarquías petroleras del Golfo Pérsico. La supervivencia de Asad es una victoria para el régimen integrista chií de Irán que, tarde o temprano, y por mucho que haya aceptado la reducción del enriquecimiento de uranio para su programa nuclear, tendrá acceso al arma atómica, con la consiguiente ventaja, al menos teórica, sobre Arabia Saudí y sus aliados del Golfo.

Todo explica la aparatosa renuncia saudí a un puesto de miembro no permanente del Consejo de Seguridad, que ha de interpretarse, ante todo, como una llamada de atención a EEUU, un viejo aliado desde aquella histórica entrevista de 1945 entre Roosevelt e Ibn Saud. Los saudíes se sienten traicionados porque Washington no ha cumplido sus promesas de dar ayudas más consistentes a la oposición siria en su guerra contra Asad. Los americanos pensaron que la caída del régimen estaba cercana, sobre todo tras algunos atentados espectaculares de los rebeldes, aunque no supieron valorar la determinación de los guardias de la revolución iraníes y de la milicia libanesa Hezbolá para apuntalar al presidente Asad y contribuir a estabilizar el conflicto. Arabia Saudí ha visto excesiva cautela por parte de la Administración Obama, decidida a no dejarse llevar por afanes humanitarios intervencionistas, frutos de la emoción del primer momento. El realismo asumido por Washington en política exterior, en el que se mezclan consideraciones económicas, estratégicas y de miedo a las reacciones de la opinión pública, está convenciendo a los saudíes de que sigue siendo verdad aquello que dijo Lord Palmerston hace más de siglo y medio: los Estados no tienen amigos permanentes sino intereses permanentes.

Más delicado es el asunto iraní. Obama parece empeñado en repetir el éxito del viaje de Nixon a China, uno de los hitos de la diplomacia americana. Aquí los pasos serán más cautelosos y discretos, pues el presidente demócrata se enfrenta con la decidida oposición de los legisladores republicanos en la Cámara de Representantes, decididos a no levantar las sanciones a un régimen al que consideran amparador del terrorismo. Lo que parece claro es que el diálogo Irán-EEUU va ir mucho más allá de la reducción de uranio enriquecido o del levantamiento de sanciones. El diálogo apostará por estrategias comunes de cooperación. De ahí que Washington necesite creer con todas sus fuerzas en que los persas son una de las grandes civilizaciones de la Historia y que no entra dentro de sus propósitos la propagación revolucionaria de su fe religiosa. De hecho, en 1972 Nixon no debía de creer en la difusión universal del maoísmo, en contraste con su anticomunismo virulento de los años 50, porque estaba convencido de que el camarada Mao era un gran pragmático. No se equivocaba, al menos en esto, porque tanto Lenin como Stalin también lo fueron. Por lo demás, es muy probable que algunos de los asesores de Obama haya leído How Enemies Become Friends, el libro de Charles Kupchan, analista del Council on Foreign Relations, publicado en 2010, y que es un repaso histórico a sorprendentes cambios de alianzas.

En consecuencia, el enfriamiento de las relaciones entre saudíes y americanos es inevitable. ¿Será Arabia Saudí el Pakistán del Golfo Pérsico, respecto a EEUU? Lo sensato sería no avanzar en el deterioro de la relación, pues siete décadas de asociación estratégica no pueden borrarse de la noche a la mañana. Las negociaciones con Irán deberían ir acompañadas de la búsqueda de garantías para los aliados tradicionales de Washington. En cualquier caso, hay que evitar la percepción, aunque no se corresponda con la realidad, de que EEUU apuesta por los chiíes frente a los suníes, que son mayoritarios en el mundo musulmán. La apuesta por los chiíes, en particular por Irán e Irak, fue el consejo del politólogo francés Gilles Kepel a la Administración Bush en un artículo publicado durante la invasión de Irak. La carta chií debía ser la baza de su juego regional para contrarrestar a unos Estados suníes en los que no se puede confiar, pues de ellos partió el terrorismo islamista. Pero es mejor la equidistancia en un conflicto secular entre musulmanes. La audacia diplomática, con el riesgo de sus posibles carencias de conocimiento sobre temas históricos y religiosos, es una cosa. El pragmatismo es otra muy diferente.