Mar 18 2014

Rusia, Ucrania y un análisis de Churchill

Cuando se habla de Winston Churchill y Rusia, surge siempre una cita inevitable, perteneciente a una charla radiofónica del 1 de octubre de 1939, pocas semanas antes del sorprendente pacto germano-soviético que desembocó en la anexión de Polonia y de los países bálticos. La cita es bien conocida: “Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”. Sin embargo, no se suele añadir el mucho más esclarecedor resto de la frase: “Quizás hay una clave. La clave es el interés nacional ruso”. Es una guía adecuada para entender los movimientos de Rusia en Ucrania.

Putin y los occidentales no se entienden porque hablan dos lenguajes distintos: el geopolítico y el de la legalidad internacional. Es cierto que Moscú también emplea el argumento de la legalidad, primando la libre determinación de los habitantes de un territorio sobre su estatus territorial, pero el argumento más decisivo es el geopolítico, que es a la vez histórico. El inevitable retorno de Crimea a Rusia ha sido acelerado por la revolución que derribó en Kiev al gobierno de Yanukovich el pasado 22 de febrero. El que los opositores al presidente ucraniano rompieran el acuerdo, patrocinado por la UE, de formación de un gobierno provisional hasta la convocatoria de nuevas elecciones, ha sido una bendición para Rusia. Ha supuesto el retorno del principio de las nacionalidades, propio del siglo XIX, el mismo que sirvió al zar Nicolás I (1825-1855) para proclamarse defensor de las minorías eslavas y ortodoxas en el imperio otomano. No funcionó entonces este recurso por la determinación de las grandes potencias europeas de  impedir el acceso ruso a los Balcanes. Sin embargo, cuando esas potencias se debilitaron tras las dos guerras mundiales, llegaría Stalin, con la nueva religión del comunismo soviético, para imponer su control de Europa central y oriental. ¿Quién iba a ir a una guerra con la URSS, en plena era nuclear, para evitarlo?

La misma pregunta puede hacerse Putin: ¿quién irá a una guerra con Rusia por Crimea? Nadie, pero Europa y EEUU responderán: habrá sanciones, más políticas que económicas. Es la obligada respuesta de quien no puede actuar de otra forma. Acaso Rusia sea expulsada del G-8, y no se firmará un nuevo acuerdo marco para las relaciones entre Europa y Rusia… A Putin no le preocupa excesivamente porque sabe que las relaciones económicas bilaterales, que pasan por la dependencia energética de Europa, no serán cuestionadas en el fondo. También sabe que Ucrania no puede recuperar militarmente Crimea, y esto explica las órdenes de Kiev a sus militares de no ofrecer resistencia. Occidente esgrime la legalidad, pero Rusia le replica con sus mismas armas: la gran mayoría de la población está con nosotros, ha ejercido su derecho de libre determinación. Es como el caso de Kosovo, en argumento de Putin a Obama.

El preámbulo de la resolución 1244 del Consejo de Seguridad, que puso fin a la intervención militar de la OTAN en junio de 1999, se refería a Kosovo como un territorio integrante de la República Federativa de Yugoslavia. Sin embargo, no se volvía a mencionar en el resto de la resolución y tampoco se tuvo en cuenta este detalle cuando EEUU y la gran mayoría de los países de la UE apoyaron en 2008  la proclamación unilateral de independencia de un territorio perteneciente a Serbia, principal heredera de la antigua Yugoslavia. Con todo, algunos analistas y políticos occidentales justifican la secesión de Kosovo como un castigo por la limpieza étnica de albano-kosovares decretada por el presidente serbio Slobodan Milosevic. Este argumento es débil para Moscú que no se cansará de reiterar que el pueblo de Crimea ha ejercitado mayoritariamente su derecho a la libre determinación, algo que no tuvo en cuenta el ucraniano Jruschov, secretario general del PCUS, en 1954 para integrar arbitrariamente a Crimea en Ucrania. Los rusos insistirán en que no ha habido ninguna limpieza étnica, aunque los tártaros y ucranianos residentes en la península tienen motivos, también basados en la historia, para desconfiar del futuro.

Tras la anexión de facto de Crimea por Rusia, la palabra que más se escucha estos días es la de “estabilidad” para Ucrania. La dicen, por supuesto, los dirigentes rusos, pero también la comparten algunos líderes occidentales que desearían que la crisis de Ucrania quedara limitada a Crimea y a la consiguiente escenificación de sanciones. Fijémonos otra vez en la cita de Churchill: la clave es el interés nacional ruso. ¿Está satisfecho ese interés con la incorporación de Crimea? La respuesta es un no rotundo. Hay agitación en Ucrania oriental de la población rusohablante y Moscú ha lanzado alguna que otra advertencia a Kiev en el sentido de que no controla la situación en la región y de que los prorrusos no están siendo defendidos. Jharkov, Donestk, Odessa… Son algunos de los escenarios en que los prorrusos se están haciendo visibles y no tienen reparos en pedir la protección de Moscú contra los “fascistas” de Kiev. Lo que suceda después únicamente dependerá de Vladimir Putin. El presidente ruso sabe que el coste económico de las sanciones occidentales será alto, pero piensa que Rusia, la gran potencia energética mundial, será capaz de resistirlo. Cree además que las sanciones económicas son un arma que se vuelve contra quienes las promueven. Para él es más valiosa la opinión mayoritaria de los rusos, que ven a Putin como el hombre que ha sabido revertir la trayectoria de una potencia en decadencia. Historia y geopolítica, ante todo, y no artificiosa legalidad internacional. La política exterior sirve una vez más para ofrecer cohesión y popularidad a un régimen.

Se diría que Rusia parece apuntarse a algunos contenidos de la tesis de Samuel Huntington en Choque de civilizaciones (1996), libro denostado por todos los partidarios del internacionalismo liberal. Aquel politólogo norteamericano defendía la integración de Ucrania occidental en Polonia y de Ucrania oriental en Rusia. Lo segundo es  mucho más probable que lo primero. De lo que suceda en el futuro inmediato, el interés nacional ruso, es decir Vladimir Putin, tiene la última palabra.


Feb 26 2014

Ucrania, ¿revolución o revuelta?

 

 

La caída del presidente Yanukovich ha sorprendido por haberse producido a las pocas horas de haberse firmado un acuerdo político en Ucrania que trataba de sosegar los ánimos tras los sangrientos sucesos de días anteriores. Pese a las apariencias, no estamos ante una segunda edición de la “revolución naranja” de 2004. Más bien se trata de una revuelta, y no de una revolución, como acostumbraba a decir Octavio Paz cuyo centenario celebramos en este año.

Hay quien dice que la partida geopolítica la ha ganado Occidente y la ha perdido Rusia. En 2004 no fue así y tampoco lo es ahora, diez años después. Ciertos medios de comunicación, analistas y políticos occidentales caen a veces en la tentación de comparar a las multitudes de Kiev con las que hace un cuarto de siglo llenaban las calles de la Europa del Este tras la caída del comunismo. Pero en Ucrania no hay Havels ni Walesas sino políticos nacionalistas, pro-rusos y anti-rusos, y  partidarios de un capitalismo burocrático que no sabe distinguir el interés privado del interés público. Como en otros sistemas políticos similares y de la misma área geográfica, los ex comunistas se han reconvertido en los nuevos nacionalistas. Muchos han recorrido el camino de Damasco de la distancia que separa a Lenin de Adam Smith, al menos en el plano teórico. De ahí que el desenlace de los acontecimientos no conduzca a un cambio revolucionario en el que Ucrania encuentre su camino hacia Europa, como lo hicieron en su día Polonia, Hungría o la República Checa. Estamos ante una revuelta que desea ajustar cuentas con el pasado reciente y que hace despliegue de símbolos e imágenes, en la  que no faltan los de tipo religioso, ortodoxos o grecocatólicos, aunque también se exhibe al líder carismático. Este carisma lo aporta Yulia Timoshenko, víctima de la persecución política de Yanukovich, y que se mantiene en un plano discreto sobre sus ambiciones presidenciales, frustradas en 2010 por el hasta ahora presidente ucraniano. Un analista político francés señalaba con agudeza que Timoshenko ha funcionado mejor hasta ahora como icono que como gobernante, pero en esta hora de tácticas, más que de estrategias, cuenta más la princesa rubia que se dirige a la multitud en Kiev y sabe galvanizar las emociones colectivas. ¿Quién recuerda que la ex primera ministra era morena cuando se dedicaba a los negocios del gas antes de entrar en el parlamento en 1996?

Conforme pasen los días veremos que Ucrania se caracteriza por una frágil estabilidad y que sus problemas no se resuelven con una mera elección presidencial. El motivo principal la división del país entre una Ucrania occidental, que formó parte del imperio austrohúngaro y de la primera república de Polonia, y una Ucrania oriental, con mayoría ruso parlante y vinculada a la siderurgia y la minería, actividades priorizadas por Stalin. Pero un problema mayor es el de la península de Crimea, que perteneció siempre a Rusia, hasta que el secretario general del PCUS, el ucraniano Nikita Jruschov, favoreció su inserción en Ucrania en 1954. No es casual que ese mismo año se cumplieran tres siglos de la anexión de Ucrania por el imperio zarista. ¿Quería dar Jruschov algún tipo de compasión a un nacionalismo ucraniano que no se había extinguido del todo, pese a lo proclamado por la doctrina oficial soviética? Crimea, y en concreto el puerto de Sebastopol, es vital para la flota rusa en el mar Negro, pero sus habitantes son mayoritariamente rusos. Esos habitantes conocen el apoyo que Moscú ha dado a las poblaciones rusas en el Transdniester (Moldavia), y sobre todo a las repúblicas de Abjasia y Osetia del sur, separadas de Georgia tras un breve conflicto con Rusia en 2008. ¿Se iniciará en Crimea una secesión que pedirá ayuda a los rusos? Un escenario peligroso que aconseja la prudencia tanto en Moscú como en Kiev.

El presidente ucraniano que salga de las urnas debería mantener el equilibrio entre Rusia y Europa que se han visto obligados a mantener anteriores mandatarios como el propio Yanukovich. El ex presidente incomodó a los rusos por anunciar que firmaría un acuerdo de libre comercio con la UE, aunque al querer volverse atrás y echarse en brazos de Moscú, firmó su sentencia de muerte política. En este sentido, Yulia Timonshenko, al ser originaria de Dnipropetrovsk, al este del país, debería tener la prudencia de no apostar únicamente a la carta occidental y satisfacer de alguna manera ciertos intereses rusos.  Cuando era primera ministra, su relación con Putin fue mucho más cordial que la de Yanukovich. Sin embargo, no estamos de acuerdo con Zbigniew Brzezinski, el ex consejero de seguridad de Jimmy Carter, al preconizar que Finlandia debería ser un modelo para Ucrania, pues es miembro de la UE y tiene buena relación con Rusia desde la época soviética. Es un loable propósito, aunque el inconveniente es que Finlandia tiene una cohesión nacional que no posee Ucrania.


Feb 18 2014

El mariscal Al Sisi, entre Nasser y Putin

La visita del mariscal Abdel Fatah Al Sisi a Moscú ha sido calificada de inesperada, aunque tampoco es una sorpresa. Más temprano que tarde tenía que producirse, sobre todo tras la visita a Egipto de los ministros rusos de asuntos exteriores y defensa en el pasado noviembre. Este viaje de Al Sisi se centró en la compra de armamento ruso cifrada en 2000 millones de dólares , gracias a un generoso crédito de los países del Golfo, pero al mismo tiempo puede interpretarse como una presentación en el extranjero de la candidatura presidencial de Al Sisi. El que Putin la haya apoyado explícitamente es una muestra de la voluntad de Rusia de mejorar sus relaciones con el país más poblado del mundo árabe, en unos momentos de estancamiento de los vínculos entre Washington y El Cairo. Todo un contraste con la Administración Obama, no muy satisfecha con la candidatura de Al Sisi, según los rumores que han circulado sobre presiones americanas sobre la cúpula militar egipcia.

La presencia de Al Sisi obedece a la vez al propósito de tener unas relaciones exteriores más diversificadas para salir del casi aislamiento que caracterizó a los regímenes de Sadat y Mubarak, hipotecados por su relación estratégica con EEUU y el tratado de paz con Israel. En este sentido hay una cierta continuidad con la política exterior del gobierno de Morsi, interesado en tener una mayor presencia en el mundo árabe y musulmán y acercarse a Rusia y China. Sin embargo, Morsi tampoco deseaba distanciarse demasiado de EEUU, pues la Administración Obama pretendía creer que era un islamista moderado legitimado por las urnas. Respecto a Israel, el ex presidente egipcio se comportó como un maestro de la discreción, sin gestos amistosos pero tampoco abiertamente hostiles. Al Sisi seguirá un camino similar al de su predecesor, pero también aspirará a mejorar su imagen exterior, y para esto necesita la legitimación de las urnas. Todo indica que lo hará en una elección en la que parece anunciada su victoria aplastante.

Al Sisi juega la carta del nacionalismo, que Morsi no supo aprovechar por su ideología islamista, y sus mejores aliados en la promoción del nacionalismo han sido EEUU, Europa y la Unión Africana. Le han negado legitimidad por derrocar a Morsi, pese a que los militares egipcios se han presentado en todo momento como el instrumento de una gran revolución popular contra los Hermanos Musulmanes. Gracias a las críticas y a las amenazas de sanciones, Al Sisi ha adquirido para la mayoría de su pueblo los rasgos de un nuevo Nasser, enfrentado también a Washington como aquel fundador de la república egipcia.

En realidad, el presidente Al Sisi tendrá más rasgos de Putin que de Nasser. No tiene un proyecto panarabista como Nasser, pues la escena internacional ha cambiado mucho en medio siglo, pero sí es un nacionalista egipcio, mucho más convincente que Sadat y Mubarak. Esto no es incompatible con ser un piadoso musulmán, pero sus prioridades son Egipto, y no el Islam.  Por lo demás, Al Sisi carece del apasionamiento de Nasser y no romperá sus relaciones con norteamericanos y europeos, pese a todas las críticas sobre su legitimidad. Seguramente se limitará a recordarles, más con hechos que con palabras, que otros actores internacionales son capaces de llenar el hueco en Egipto que ellos dejen. En cualquier caso, la política exterior de Obama en el país norteafricano ha estado marcada por una sucesión de dudas e indefiniciones. Cinco años después del histórico discurso del presidente americano en El Cairo, la posición de Washington en Egipto se ha debilitado. Sin duda, no sería ese su propósito, pero la imagen pública de la Administración Obama aparece ligada ahora a la de una valedora de los Hermanos Musulmanes, asimilada  por los militares egipcios a una organización terrorista.

Si Washington quiere mejorar sus relaciones con Egipto, no tendrá más remedio que aceptar a Al Sisi como el político que puede garantizar la estabilidad en el país del Nilo, aunque también debe ser consciente, si no lo es ya, que su capacidad de influencia es cada vez más limitada, tal y como se ha demostrado en los últimos tres años. Los aliados tradicionales de EEUU, Israel y Arabia Saudí, se sienten más cómodos con Al Sisi en el poder, pero esto no convencerá por sí solo a la diplomacia de Obama.

Al Sisi presenta mayores semejanzas con Putin, aunque sin necesidad de hablar a sus interlocutores de forma tan directa  como el presidente ruso. Transmite la imagen del líder que pondrá orden en casa y hará de Egipto un país que no se doblega ante las presiones extranjeras. El presidente Al Sisi hablará en sus discursos de democracia, pero el significado que dará a este término, será el que empleó en un análisis escrito en 2006 durante su estancia en el US Army War College. Según  el militar egipcio, es difícil en Oriente Medio construir la democracia, y ésta debe adaptarse al Islam y a las realidades culturales locales.


Feb 9 2014

La incomprendida política exterior de Rusia

Las relaciones entre Rusia y Occidente en la era Putin están marcadas por el desencuentro y la falta de entendimiento, pese al acercamiento puntual de Washington a Moscú en el conflicto sirio o en las negociaciones sobre el programa nuclear iraní. Estas relaciones de “cooperación fría”, en expresión del secretario general de la OTAN, deben mucho a la percepción de los políticos occidentales sobre Rusia.

Tras el fin de la guerra fría,  la tendencia de EEUU y Europa ha sido considerar a Rusia un país venido a menos, una sombra de lo que fue en la época soviética. Consideraron a Yeltsin como débil e inoperante, pero tampoco vieron con mejores ojos a Vladimir Putin, contemplado un mediocre ex miembro del KGB con grandes apetencias de poder. Rusia es el paradigma de un país en el que ha triunfado el capitalismo de Estado, lo que le restaría el necesario dinamismo económico en un mundo globalizado, y tiene además todas las características de un Estado dual, formalmente democrático y a la vez burocratizado y clientelar. Algunos analistas y políticos occidentales consideran que se ha perdido la oportunidad de transformar a Rusia en algo parecido a la Alemania posterior a la II Guerra Mundial. La República Federal Alemana supo dejar atrás un pasado autoritario para integrarse en las estructuras políticas, económicas y militares de Occidente. ¿Por qué Rusia no hizo lo mismo?

Este planteamiento no deja de ser simplista porque no tiene en cuenta la metahistoria rusa, su trayectoria secular y su geopolítica. De hecho, la popularidad de Putin radica en haber sabido transmitir a sus compatriotas que Rusia está de vuelta en la historia. El historicismo del presidente evoca el legado de Pedro el Grande, cuando modernización no equivalía a occidentalización, y es capaz de revestirse de un presidencialismo al estilo de De Gaulle con consignas de nacionalismo y democracia, con el matiz de que la democracia rusa es “soberana” antes que liberal. Si por democracia hay que entender el gobierno de la mayoría, Putin está convencido de que la mayoría de los ciudadanos quieren el retorno de Rusia como gran potencia.

El concepto de gran potencia asume inevitablemente las glorias del pasado, con independencia de los regímenes políticos. De ahí que en una Rusia nacionalista no quepa plantearse el derribo de las estatuas de Stalin. Sobre este particular, Putin recordaba hace algún tiempo que los ingleses tampoco derribarían las estatuas de Cromwell. Pero los críticos occidentales poco entienden de nacionalismos. Si así fuera no deberían de sorprenderse si algunos opositores destacados como Aleksei Navalny hacen también profesión de fe nacionalista, lo que no es incompatible con discrepar con el gobierno de Putin.

Con todo, suele afirmarse que Putin ha tratado de mejorar su imagen, en vísperas de la celebración de los juegos de Sochi, con medidas de gracia como la liberación del oligarca, Mijail Jodorkovsky, o de dos de las componentes del grupo punk Pussy Riot. Esas decisiones del presidente no permiten, sin embargo, atisbar ningún cambio de actitud en la naturaleza del régimen nacionalista ruso. Pese a los llamamientos previos de los gobiernos occidentales para la puesta en libertad de estos y otros detenidos, no es a la insistencia de los mandatarios extranjeros a la que deberían su liberación.  Quizás no sea casual que estas medidas lleguen tras tres grandes éxitos en política exterior de Putin: el asilo concedido a Edward Snowden, el acuerdo con EEUU sobre Siria para el control de las armas químicas de Asad y el rechazo del gobierno ucraniano a la firma de un acuerdo de asociación con la UE.

El Putin que ha sabido aprovechar las debilidades de sus adversarios americanos y europeos, pudo mostrar su lado magnánimo, algo más parecido al perdón de un zar que al reconocimiento de una arbitrariedad cometida. En cualquier caso, los éxitos de su diplomacia han pretendido demostrar, sobre todo a la opinión pública internacional, que Rusia es mucho más que una gran potencia económica, cimentada sobre el petróleo y el gas. La política exterior rusa está muy marcada por el peso de la tradición histórica. Su núcleo gira en torno a una autoridad suprema que se considera como la más capacitada para tomar decisiones. Sin embargo, un destacado analista político ruso, Fyodor Lukyanov, editor de Russia in Global Affairs, ha subrayado que esto no es suficiente para que un país adquiera el rango de superpotencia. En un mundo globalizado la política exterior está llamada a tener en cuenta los intereses de los diversos sectores de la sociedad. A este respecto, Lukyanov no tiene reparos en preguntarse si los pensionistas presentes y futuros estarán de acuerdo en las sumas dispensadas para salvar al presidente ucraniano Viktor Yanukovich y a otros aliados del Kremlin,  si los musulmanes suníes, mayoritarios en Rusia, entenderán el apoyo prestado al alauí Bachar al Asad, o si los habitantes de las grandes ciudades del país estarán conformes con la afluencia de inmigrantes centroasiáticos que puede conllevar el proyecto de Unión Euroasiática.  Estos y otros factores domésticos no influyen demasiado en la política exterior actual, pero acabarán teniendo su peso en el futuro.

 


Ene 22 2014

Ginebra II: la estabilidad antes que la democracia

Lo escribió el periodista Con Coughlin en el Daily Telegraph en julio de 2013: hay que aceptar la realidad de que el presidente sirio Bachar Al Asad no va a dejar el poder. Pese a la tajante afirmación de un analista que conoce bien Oriente Medio desde los años de la guerra civil libanesa, hay quien pensó que la hora de Asad estaba próxima. Creían que EEUU y Francia asestarían un golpe decisivo a su régimen cuando se tuvieron noticias de otro ataque con armas químicas contra la población civil. En las semanas siguientes se demostró que esto tampoco iba a suceder. Asad no era Gadafi y Occidente se conformaría, gracias a una jugada maestra de Putin, con la destrucción verificada de las armas químicas sirias. Esto suponía la preservación implícita del régimen de Damasco, que pronto tomó además la iniciativa en el terreno militar. Sus aliados rusos e iraníes le apoyaron decisivamente, en contraste con las indecisiones y desacuerdos de Europa y EEUU.  La conferencia de Ginebra II, iniciada el 22 de enero, se convierte así no en unas negociaciones de paz sino en una exhibición de fuerza diplomática de Asad y sus aliados frente a una oposición tan dividida como desmoralizada. Pero lo peor es que las facciones integristas de Al Qaeda le han arrebatado también la visibilidad.

Coughlin reconocía hace unos meses que Asad sobreviviría si bien no podía aspirar a recobrar el control total del país, dividido en líneas sectarias. Los alauíes de Asad conservarían principalmente Damasco, así como áreas montañosas junto a la costa. La situación sobre el terreno apunta a un estancamiento que recuerda al Líbano de hace años. Este panorama geopolítico es poco favorable a un acuerdo de paz estable y menos todavía a un proceso de reconciliación nacional y normalización política. La oposición presente en Ginebra no podrá exigir la dimisión de Asad como paso previo a la celebración de elecciones libres. El presidente sirio se siente más fuerte que nunca e incluso puede permitirse el lujo de ofrecerse a Occidente como un baluarte contra el terrorismo de Al Qaeda. Sus diplomáticos no hablan de proceso de paz sino de “lucha contra el terrorismo”, la misma expresión que emplean, por cierto, los militares egipcios. En consecuencia, la alternativa que se le ofrece a Occidente, como apuntaba Javier Solana, no es la lucha contra el régimen de Asad sino la lucha contra Al Qaeda, un enemigo mucho más peligroso no solo en Oriente Medio sino en las naciones europeas de donde han partido sus combatientes para luchar en Siria. En consecuencia, se apuesta por la estabilidad y no por la democracia, el mismo planteamiento utilizado por las diplomacias americana y europea en sus relaciones con los regímenes de Ben Alí, Gadafi o Mubarak.

El horizonte de Ginebra II no será, pese a todas las retóricas, la democracia o la paz sino el alto el fuego y el cese del flujo de refugiados que se extiende por los países vecinos de Siria. El argumento humanitario será uno de los más empleados por los negociadores internacionales. Los argumentos políticos quedarán supeditados, y no podía ser de otro modo, al cese de las armas, lo que equivale a posponerlos o a condenarlos a la inacción. El cese de las armas nunca será completo, pues el conflicto ha creado una geografía sectaria y convulsa. Las fronteras de Siria, como las de otros países de la región, seguirán sobre el papel, pero la fragmentación política y religiosa, al igual que en Irak, se habrá asentado. Por lo demás, asistimos a la consolidación de un eje chíi desde el Mediterráneo al Golfo Pérsico, compuesto por Hezbolá y los gobiernos sirios, iraquí e iraní. Este eje habría sido, en un tiempo no muy lejano, la bestia negra de americanos y europeos. Sin embargo, asistimos ahora a la paradoja de que los occidentales, y en particular, Washington lo consideren como un aliado no confesado contra Al Qaeda.