Feb 4 2013

Biden en Munich: negociar con todos y en todas partes

Al igual que en 2009,  a las pocas semanas del comienzo del  primer mandato de Obama, el vicepresidente Joe Biden ha sido invitado a participar en la Conferencia de Seguridad de Munich, el prestigioso foro internacional que, desde hace casi medio siglo, reúne a destacados protagonistas de la política exterior y a expertos académicos.

En los cuatro años transcurridos no apreciamos sustanciales diferencias entre aquella intervención y laque ha tenido lugar el 2 de febrero de 2013. Biden se ha sentido cómodo una vez más con un programa de diplomacia conciliadora, en la que las únicas críticas han sido para el presidente Asad de Siria, al que ha calificado de tirano, o para los islamistas radicales que operan en el norte de África y en Oriente Medio, sin dejar de reiterar el apoyo estadounidense a la intervención francesa en Malí. El vicepresidente dio muestras de conocer las raíces de los conflictos: las porosas fronteras del desierto por las que se mueven los extremistas y en las que el poder del Estado se muestra débil, con el riesgo añadido de que una generación de jóvenes afectados por el estancamiento económico se una a las filas del radicalismo. Es una amenaza real, pero a la que EEUU no va a hacer frente con intervenciones militares directas: “No es un  llamamiento a gastar miles de millones de dólares  ni a situar a decenas de miles de soldados sobre el terreno. Se requiere una estrategia más integrada y coordinada. Hacer frente a esos desafíos requiere seguir trabajando juntos, incluyendo a las Naciones Unidas, la OTAN, el G8 y otras instituciones internacionales clave”. Serán  los militares franceses y los de los países que forman la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEEAO) los que se desplegarán sobre el terreno del Sahel. No les sobrará voluntad , pero les faltarán medios, aunque el enemigo opte por replegarse cuando se sienta acosado en espera de oportunidades más favorables, tal y como han hecho los talibanes en Afganistán.

Biden hizo en Munich un elogio del multilateralismo, lo mismo que en 2009 cuando la presidencia de Obama quería marcar distancias con el primer período de la Administración Bush, aunque esta vez intentó demostrar que el balance de Obama en política exterior ha sido muy positivo.  Su satisfacción era evidente al proclamar que ha llegado la hora de “pasar página” en Irak y Afganistán,  asuntos que abordó sin gran profundidad, a diferencia del discurso de 2009, para centrarse en los temas económicos. Su convicción fue clara: “Porque el reforzamiento de nuestra economía doméstica es la fuente más importante de nuestro poder e influencia en el mundo”. Estaba en lo cierto quien afirmaba que hoy cuenta tanto o más el PIB que el poder militar, y Biden recordó a los europeos, sumidos en la peor crisis de su historia reciente, que “una Europa fuerte y capaz está en el interés profundo de EEUU”

La diplomacia defendida por Biden se fundamenta en hallar puntos de interés común de Washington con aliados y adversarios.  Detrás está su experiencia en la presidencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, un destacado ejemplo de la diplomacia parlamentaria que le llevó a viajar por todo el mundo.  Salvando las distancias, nos trae el  recuerdo de Talleyrand,  que afirmaba que hay negociar con todos y en todas partes, lo que podría confirmar la tesis de que la diplomacia del siglo XXI se perfila, más allá de los principios proclamados en los discursos, como un tiempo de equilibrio o de concierto, al estilo del Congreso de Viena de 1815,  que  hoy es visto casi un modelo por los defensores del realismo en las relaciones internacionales , pues evitó una guerra general en Europa durante un siglo. Otra cosa es la solidez de sus fundamentos que pocos querrían ahora analizar. Por cierto, Henry Kissinger, uno de los grandes estudiosos de aquel período histórico, no estuvo en Munich, como hace cuatro años, pero sí pasó por el foro de Davos,  celebrado anualmente a finales de enero, y abogó por una negociación directa entre Washington y Moscú para superar la crisis siria, ya que ambos países tienen un interés común:evitar que en Damasco se asiente un régimen islamista radical. Al menos, Kissinger, al estar privado de responsabilidades de gobierno, ha reconocido que una intervención americana en Siria es una solución arriesgada, sin tener reparos en admitir que el  precedente de la ayuda a los talibanes en Afganistán durante la ocupación soviética se volvió contra EEUU.  Es sabido que el realista Kissinger no es partidario del intervencionismo liberal, o humanitario como se conoce habitualmente. Alega que si todas las situaciones de revuelta contra regímenes autoritarios conllevaran una intervención para ayudar a los rebeldes, que no necesariamente son demócratas y posibles aliados de los americanos, nunca habría lugar para las soluciones diplomáticas.  El republicano Kissinger coincidiría con el demócrata Biden en rechazar la intervención en conflictos por motivos ideológicos.

Lo que más han destacado los medios de comunicación sobre el discurso de Biden en Munich es la disposición de la Administración Obama a entablar negociaciones directas con Irán, posibilidad anticipada por el New York Times hace pocos meses.  No dejó de recalcar el impacto de las sanciones contra Irán, que sentencian a su pueblo al aislamiento internacional y a las privaciones económicas, pero ofreció diálogo si había verdadera disposición de los iraníes a negociar. A este respecto,  el ministro de relaciones exteriores iraní, Alí Akbar Salehi, confirmó al día siguiente en Munich su intención de reconsiderar la propuesta de negociación si la intención de la otra parte era sincera.

La incógnita es saber hasta dónde llegará la flexiblidad de los dirigentes iraníes, pues las ideocracias, como la iraní, suelen ser dogmáticas, pero ideocracias comunistas como la soviética o la china, en tiempos de Mao, supieron plegarse a los dictados del pragmatismo en sus relaciones con EEUU. ¿Puede hacer lo mismo Teherán, cuyo enfrentamiento con Washington siempre se ha presentado como un episodio del choque de civilizaciones entre el Islam y Occidente? La garantía que mejor valoraría Irán es el compromiso serio de EEUU de no buscar el derrocamiento de su régimen, un acuerdo similar al que debieron concertar los americanos con los soviéticos respecto a Cuba para que éstos retiraran sus misiles nucleares de la isla.


Feb 2 2013

Las dos caras del pensamiento estratégico indio

La India sigue dividida entre dos visiones diferentes del mundo, dos visiones estratégicas opuestas, que suelen identificarse con otras tantas figuras históricas, la del virrey británico, Lord George Nathaniel Curzon, que estuvo al frente del gobierno de la colonia entre 1898 y 1905, y la del primer ministro Jawaharlal Nehru (1947-1964).

La perspectiva curzoniana, centrada en el concepto de frontera, es para el analista estratégico C. Raja Mohan, una fuente de inspiración.  Curzon gobernó un Indostán que comprendía los actuales territorios de la India, Pakistán, Bangladesh y Birmania, si bien su esfera de influencia llegaba hasta Afganistán y las costas del Golfo Pérsico. Algunas corrientes del pensamiento estratégico indio persiguen la recuperación de ese gran espacio marítimo y terrestre que iría desde Oman a Indochina, pero que además llegaría hasta los territorios del Asia Central ex soviética. Con todo, los curzonianos actuales no buscan el expansionismo territorial sino una integración económica cuyo eje central sería la India. Se entiende así la inquietud de Delhi por no perder las posiciones políticas y económicas ganadas en Afganistán tras la derrota de los talibanes, y que pueden verse amenazadas con la retirada americana. Por el contrario, los pakistaníes esperan sacar ventaja de esa retirada, también porque va en detrimento de la influencia india en la región, lo que además es del agrado de China, aliada de Pakistán, país indispensable en su acceso al Índico. Por otro lado, el pragmatismo de Curzon defendió la independencia de Persia en nombre de la política de equilibrio en Asia, y curzoniana podría considerarse la postura reticente de la India para aplicar sanciones a Irán, por mucho que en Washington se intente convencer a Delhi de que adquirirá responsabilidades de potencia global si se suma al aislamiento del régimen de los ayatolás.  Ciertamente que la India no desea un Irán nuclear, pero los intereses económicos mandan. Un ejemplo: la mayoría de las refinerías estatales indias se nutren de crudo iraní y si buscaran suministro de diferente origen, los costes serían elevados en la adaptación de las .refinerías. Si a esto añadimos que la producción de crudo saudí no basta para atender la demanda creciente no sólo de Occidente sino también de China y la India, entenderemos que Delhi no tenga mucho que ganar renunciando a las importaciones de petróleo. Antes bien, los chinos podrían ocupar rápidamente la cuota de mercado dejada por los indios, y todo esto sin mencionar los proyectos indios de construcción de infraestructuras en Irán que conectan con Afganistán y otros países de Asia Central. Todos estos intereses llevan a la India a recordar a EEUU que su estrategia de contención de China también está servida por los vínculos económicos crecientes entre Teherán y Delhi. Dicho de otro modo, los supuestos objetivos estratégicos globales no pueden ir en detrimento de los regionales, que se perciben de un modo más directo. Por tanto, no habría que dejar el campo libre a China ni en Irán ni en Birmania, con independencia de la naturaleza de sus regímenes políticos.

En contraste, el pensamiento estratégico de Nehru tendía a ser más global que regional, más idealista que realista. Aquel primer ministro fue uno de los padres del movimiento no alineado, nacido en 1955 en la conferencia de Bandung, un defensor de una India secular y socialista, compatible con unas instituciones democráticas. El tono moralizante de su política exterior ha dejado una profunda huella en la India, aunque el final de la guerra fría, y la progresiva implantación de una economía de mercado desde 1991, han llevado a cuestionar la figura de Nehru, del que el escritor y político Shashi Tharoor ha llegado a decir que su política exterior era más adecuada para un movimiento de liberación que para un país. Pero sería exagerado decir que el pensamiento de Nehru ha quedado obsoleto en la India actual, y es muy probable que él mismo se hubiera adaptado a los nuevos tiempos. Sin ir más lejos, toda su vida preconizó una entente entre la India y China, mas la guerra fronteriza de 1962 le inclinó a ser más cauto. De hecho, en 1974 su hija Indira Gandhi dotó a la India de la bomba atómica, en una época en la que americanos, chinos y pakistaníes veían a los indios como peligrosos adversarios por sus vínculos militares con los soviéticos. Pese a todo, esa política exterior india que busca la distensión con China, al considerar que los vínculos económicos son más cruciales que los límites territoriales en el Himalaya, y que persigue un mayor protagonismo de la India en las instituciones internacionales, es hija del pensamiento de Nehru, y también lo es aquella que busca una mayor cooperación con los Estados vecinos en las amenazas no convencionales a la seguridad, sean medioambientales o cibernéticas.

Las dos caras, que algunos calificarían de contradicciones, del pensamiento estratégico indio llevan a algunos a ser muy críticos con las posiciones partidarias de opciones pluralistas en política exterior, las que prefieren las alianzas de facto a los acuerdos formales. Sumit Ganguly, un politólogo de la universidad de Indiana contra los contenidos del informe Nonalignment 2.0, elaborado en febrero del año pasado por Shiv Shanker Menon, consejero indio de seguridad nacional, junto con otros antiguos consejeros y analistas estratégicos independientes. Lo que menos gustaba al profesor Ganguly era el título del informe, pues el no alineamiento le resultaba un concepto desfasado, útil en los años de la guerra fría, pero que no puede servir en el orden global de nuestros días. No obstante, la raíz de fondo de la discrepancia de Ganguly residía en el enfoque del informe sobre la relación entre EEUU y la India, pues sus autores toman nota del relativo declive del sistema americano de alianzas, de la que Washington viene siendo consciente desde hace años, aunque la Administración Obama lo haya puesto más en evidencia que su predecesora. El informe reconoce el valor añadido que ha adquirido la India para EEUU en los últimos años, aunque no apuesta por una alianza formal entre ambos países para contener a China. Por el contrario, no ve muy claro cómo respondería Washington si China planteara una amenaza contra los intereses indios, y tampoco resultaría muy útil buscar una enemistad prematura con China por un alineamiento explícito con los americanos.

El informe Nonalignment 2.0 tiene un título que recuerda a las ideas de Nehru, pero sus planteamientos son de un acusado realismo, sobre todo porque salen al paso de la visión de una India democrática aliada con los occidentales. El párrafo 124 no puede ser más explícito: “En términos de visión constitucional, la India es la potencia más “occidental” y liberal entre las potencias no occidentales. Pero estamos anclados en Asia”. La geografía, por no decir la geopolítica, es crucial en esta estrategia, aunque pueda ser compatible con rutinarias maniobras navales en el Índico con potencias democráticas como EEUU, Japón y Australia.


Ene 29 2013

Quo Vadis, Britannia

 

En diciembre de 1962, medio siglo antes de que David Cameron pronunciara su esperado discurso sobre la UE, un ex secretario de Estado americano, Dean Acheson, hacía una intervención en la academia militar de West Point, en la que acuñó la expresión de que Gran Bretaña había quería mantenerse aparte de Europa, consolidar una relación especial con EE UU y jugar un papel destacado como líder de la Commonwealth. El primer ministro, el conservador Harold Macmillan, sacó a relucir el orgullo patriótico y señaló que Acheson se equivocaba con Gran Bretaña, al igual que Felipe II, Luis XIV, Napoleón, el Kaiser y Hitler. Recordó que ninguno de ellos había conseguido doblegar a su país, pero esto no era lo que Acheson planteaba, pues sólo se limitaba a preguntar “Quo vadis, Britannia?”. Si los británicos rechazaban a Europa, no podían engañarse con que encontrarían una vía de escape en la Commonwealth, una organización, a decir de Acheson, sin estructura política, unidad o empuje. Pero tampoco deberían confiar en la consistencia de la relación especial angloamericana, que tanto defendiera Churchill, y Acheson recordó de manera cruda la conocida sentencia de Lord Palmerston: las naciones no tienen ni amigos ni enemigos eternos, pues lo único eterno son sus intereses.

Las observaciones de Acheson vuelven a ser de actualidad tras el discurso de Cameron. ¿Pasa el futuro del Reino Unido por un reforzamiento de la relación especial con EE UU, que empieza a verse a sí misma como una potencia del Pacífico, o por quedarse de perfil en una Europa que representa más de la mitad de sus exportaciones? Cameron ha sido capaz de recordar las enseñanzas de la historia reciente de Europa, desde la II Guerra Mundial a la caída del Muro de Berlín, o la evolución de las relaciones del Reino Unido con el continente, indispensables para su seguridad y estabilidad. Cameron se sigue identificando con Europa, pero la reduce a un mercado único. Las carencias de ese mercado en los sectores de los servicios, la energía o las telecomunicaciones son lo único que parece preocupar al premier británico.

Su perspectiva es la del librecambio global, en la que la palabra mágica es competitividad, y que está reñido con las reglamentaciones que ralentizan el crecimiento económico. Incluso las instituciones europeas son percibidas como un obstáculo en la carrera en que compiten las economías mundiales. No hay ni rastro en el discurso del “conservadurismo compasivo” atribuido a Cameron, más propicio a identificarse con el Estado benefactor de Disraeli que con el liberalismo manchesteriano de Margaret Thatcher. Pero es comprensible porque el tema abordado es Europa, un oportuno chivo expiatorio para todo tipo de nacionalismos, y el británico no es una excepción. En consecuencia, “la unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa”, conforme al art.3 del Tratado de Lisboa, es asimilada a la relación entre los individuos de las diversas naciones, pues no existe un pueblo europeo, y la integración se reduce a una extensa área de libre de comercio.

Sin embargo, el discurso de Cameron no alcanzará la categoría de histórico, como el de Thatcher en Brujas en 1988, en la época en que conseguía hacer valer la excepcionalidad británica en Europa. No será memorable porque responde a cálculos electorales. El premier es consciente de que la mayoría del electorado británico ha adoptado tesis euroescépticas y no quiere quedarse descolgado de la cita electoral de 2015, en la que los conservadores necesitan recuperar la mayoría absoluta. La promesa de un referéndum es una oportunidad de ganar votos, aunque la consulta está condenada a la ambigüedad desde el momento en el que no se plantea con el propósito de abandonar o de continuar en la UE. Sería sólo para renegociar el estatus del Reino Unido en la UE en consonancia con los intereses nacionales.

Supongamos que el referéndum llegara a celebrarse con un resultado favorable a la renegociación. El éxito de la misma no estaría garantizado al depender de la respuesta de los otros miembros de la UE. Cameron parece convencido de que Europa necesita el valor añadido del Reino Unido, aunque este se reduzca al mercado único o a determinadas iniciativas en la diplomacia común, pero ni aun así sus socios europeos accederán a todas sus peticiones. ¿Para qué habrá servido, entonces, el referéndum?

Con todo, a Cameron le queda la opción de defender una reforma de los tratados, en la que pueda colar gran parte de las pretensiones británicas, pero la actual crisis hace pensar que nadie desea grandes reformas, sino más bien minitratados, que puedan ser aprobados rápidamente, sobre la unión fiscal y bancaria, cuestiones que no interesan a un Reino Unido ausente de la zona euro.


Ene 26 2013

Obama y el momento Eisenhower

 

Cuando los historiadores del día de mañana se pregunten si ha existido realmente una doctrina Obama en política exterior y de seguridad, habrá que responderles que esta doctrina emergió de forma más nítida en el segundo mandato, y no tanto en el primero, sobre todo tras el nombramiento del senador republicano Chuck Hagel como secretario de Defensa, y del demócrata John Kerry como secretario de Estado. Son dos personalidades que, por sus duras experiencias en la guerra de Vietnam y por el convencimiento de que los conflictos lejanos poco aportan a la seguridad y al presupuesto de EEUU, parecen dispuestos a dar un enfoque más realista a la diplomacia americana.

A Obama parecen gustarle las comparaciones con otros presidentes del pasado, algo puesto de  relieve ciertos detalles de sus discursos y que es amplificado en algunos medios informativos. En los inicios del primer mandato el marketing político de Obama se complacía en evocar a Lincoln, Roosevelt y Kennedy. Obama no sólo defendía las aspiraciones igualitarias de Lincoln sino que también habría sabido rodearse en su gabinete, al igual que aquel mandatario, de un equipo de rivales, antiguos competidores en su propio partido en la carrera hacia la Casa Blanca, lo que le daba al primer presidente afroamericano la aureola de ser alguien capaz de superar las luchas partidistas. La comparación con Roosevelt era bastante usual, pues también se enfrentaba a una grave crisis económica que combatiría, al igual que el carismático presidente, con medidas de estímulo económico e intervención social. Por lo demás, de modo similar al de Kennedy, Obama despertaba grandes expectativas de renovación de la vida política. La accidentada travesía del primer mandato, con una caída progresiva de la popularidad del presidente en las encuestas,  dejó de lado semejantes comparaciones.  Sin embargo, volverían a resurgir con fuerza, tras la reelección, y se manifestaron en el discurso de inauguración presidencial, en el que encontramos ecos de los discursos de Lincoln y Roosevelt, sin olvidar a Martin Luther King, próximo a cumplirse el medio siglo de la marcha sobre Washington en pro de los derechos civiles.

Los citados modelos históricos son muy adecuados para la política interior, que se adivina como fundamental en el segundo mandato si los demócratas quieren conservar la Casa Blanca, pero para la política exterior se necesita otro modelo y Obama parece haber apostado por el presidente Eisenhower. Un analista político como Fareed Zakaria, conocido partidario del actual inquilino de la Casa Blanca, señalaba hace meses que el popular presidente Ike era el modelo de referencia y, por si fuera poco, Chuck Hagel declaró recientemente que estaba regalando a sus amigos biografías de Eisenhower. Un historiador resaltará que Ike fue un mandatario que no respondió a la imagen por la que muchos le eligieron. Tenían el recuerdo del general victorioso de la II Guerra Mundial, o del hombre que había criticado la debilidad de la Administración Truman frente a la URSS y sus aliados. Pensaban en un presidente mucho más enérgico y resuelto, en un héroe de guerra que ahora iba a dirigir a su país. Sin embargo, Eisenhower captó enseguida  que el mundo había cambiado en poco tiempo. El año 1945 quedaba  muy atrás y con él, los conflictos armados clásicos. Menos de diez años después, la carrera de armamentos nucleares y los nacionalismos de los nuevos Estados independientes del Tercer Mundo precisaban de un presidente que fuera un maestro en las técnicas de la distensión y de la contención.  Por ejemplo, Eisenhower puso fin a la guerra de Corea, dejando la situación en el statu quo territorial anterior a 1950. El objetivo ya no podía ser expulsar a los comunistas de Corea del Norte, pues esto hubiera supuesto una guerra con China, ni tampoco merecía la pena ir a una contienda generalizada por defender a los nacionalistas chinos de Taiwan. Hubo incidentes armados entre las dos Chinas en 1958, pero el statu quo se mantuvo. Del mismo modo, Obama dejó hace tiempo de calificar a la intervención americana en Afganistán como “guerra de necesidad”, como solía hacer antes de su primer mandato. Al contrario, se acelera la salida de tropas de combate en 2013, un año antes de lo previsto, y los proyectos de hacer ingeniera política y social en la compleja y tribal sociedad afgana quedan atrás. Asia Central interesa bastante menos que Asia-Pacífico.

Eisenhower no apoyó a Francia y Gran Bretaña en la crisis de Suez de 1956. Consideraba que la reacción de estas potencias europeas a la  nacionalización del canal de Suez era un episodio de la época colonial, y no de la guerra fría. El presidente egipcio Nasser no podía ser comparado a Hitler y no se debía caer en la simplificación de considerarle un comunista. Antes bien, detrás de sus actuaciones estaba la fuerza del nacionalismo emergente del bloque afro-asiático, que un año antes se había reunido en la conferencia de Bandung. Ike no dudó en distanciarse de sus aliados europeos para recordar a los países del Tercer Mundo que EEUU también había sido un territorio colonizado. Tampoco secundó Washington la alianza de los israelíes con París y Londres para atacar a Egipto. Los americanos habían favorecido el nacimiento del Estado de Israel, pero marcaron distancias en la crisis de Suez  porque tenían entonces aliados importantes en el mundo árabe y musulmán: Arabia Saudí, Jordania, Irak, Irán… De igual manera, asistimos hoy a un debilitamiento de los vínculos entre EEUU y Europa, motivado tanto por la crisis de la UE como por el interés americano por las riberas del Pacífico y el Índico. ¿Y qué decir de Israel? El desencuentro entre Obama y Netanyahu es notorio, pero el electorado israelí ha reelegido al primer ministro, y ha votado a los partidos religiosos, porque se muestra inquieto por la seguridad de su país. Lo peor es que el proceso de paz palestino-israelí puede entrar en punto muerto, y no sólo por la actitud de Israel o de los palestinos de Hamás. Obama no es, desde luego, Bill Clinton, en su interés por la solución del conflicto.

Se decía de Eisenhower que le tenía más miedo al déficit que al comunismo y esto le llevó a no implicarse en nuevos conflictos y a congelar la participación americana en los existentes. Triunfó en política exterior un pragmatismo que implicaba un análisis desde la lógica del coste-beneficio. Ike no confiaba demasiado en la supremacía del poder militar. Obama, tampoco.


Ene 22 2013

La debilidad de la diplomacia europea

La debilidad de Europa en política exterior no es una consecuencia de la crisis económica y financiera sino de las divisiones y contradicciones internas. A la UE le gusta hacer balance de sus logros, sobre todo los de la paz, y que le habrían hecho merecedora del Premio Nobel. Pero recrearse en el pasado conlleva el riesgo de tener pocas ideas para el futuro y da bazas a cualquier revisionista que afirme que la paz en Europa, después de un conflicto tan devastador como la II Guerra Mundial, habría tenido lugar incluso sin el convencionales, aunque esto no impedía que siguieran rearmándose masivamente.

¿Cuáles son las causas de la debilidad de la diplomacia europea? La primera, común a otras organizaciones internacionales, es la falta de voluntad política, y la segunda, plantearse objetivos que suenan  bien en el aspecto teórico pero con poco alcance práctico. La demostración la tenemos en la periferia de Europa, en el norte de África y el Oriente Medio, territorios que viven en inestabilidad o en revuelta y  donde las iniciativas diplomáticas europeas están dando pocos resultados. Nadie para la violencia en Siria, por el temor de que una intervención extranjera traiga mayores complicaciones. Afortunadamente el veto ruso y chino en el Consejo de Seguridad sirve para tranquilizar a aquellos que sólo están atentos a las formas en lo referente a la legitimidad internacional. Nadie ha conseguido detener el programa nuclear iraní, pese a tantas reuniones de los mediadores internacionales. Las perspectivas de estancamiento en el conflicto palestino-israelí son mayores que nunca. El Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAS), uno de los resultados del tratado de Lisboa, fracasó al intentar consensuar una posición común  europea sobre el reconocimiento de Palestina como Estado observador en la ONU, y 14 de los 27 socios europeos votaron a favor del nuevo estatus palestino.  Quizás no sea justa la percepción, pero la UE es vista, sobre todo desde Israel, como un mero suministrador de fondos a la Autoridad Palestina y no como un mediador eficaz en el conflicto, un papel que le está siendo arrebatado por las activas diplomacias de Turquía, Egipto y Qatar. El SEAS puede estar compuesto por diplomáticos experimentados,  aunque esto no garantiza su éxito, como tampoco lo garantiza la presencia de ciertos políticos en los puestos rectores de la Unión. El problema no es el “perfil bajo”  atribuido a Van Rompuy,  Barroso o Ashton, sino que reside en la falta de voluntad política de los Estados miembros, en especial de aquellos que no desean transferir a Europa su poder de decisión.

La gran contradicción deriva probablemente de la existencia en el seno de la UE de dos conceptos opuestos de la política exterior. El primero responde a una visión clásica de la diplomacia. Hay países que fueron grandes potencias en el pasado y no están dispuestos a sacrificar sus intereses nacionales. Tal es el caso del Reino Unido, muy apegado a las tesis de que su principal proyección en el exterior se llama Commonwealth y de que hay que seguir manteniendo un vínculo privilegiado con EEUU, pese a que la Administración Obama dedica gran parte de sus esfuerzos diplomáticos a la región Asia-Pacífico.  La posición de Francia es muy similar, dada su tradición histórica, y está persuadida de que en determinados asuntos, sobre todo en lugares que formaron parte de su área de influencia, es preferible actuar sola porque se considera mucho más eficaz que la UE.  En cambio, la postura de Alemania es  más sutil porque sabe compaginar, mejor que Francia dado su potencial económico, los  intereses nacionales y la integración europea

El segundo concepto de política exterior podría calificarse de posmoderno,  muy asumible por los países medianos y pequeños que son mayoritarios en la UE. Históricamente estos países fueron a  menudo víctimas de las grandes potencias.  Rechazan, por tanto,   la política exterior clásica, en la que juegan un gran papel los aspectos políticos y militares, y parecen adherirse a la idea de que la paz es posible por medio del comercio y del desarrollo económico,  lo mismo que decía el laborista británico Norman Angell, autor del libro La gran ilusión y Premio Nobel de la Paz en 1933. Se diría que es una política exterior socialdemócrata, de defensa del modelo del Estado del bienestar que sería trasplantable al mundo entero. No es descabellado afirmar que se trata de una política exterior sin historia, en la que Europa asume la imagen de una Gran Suiza. El modelo contrasta con los de EEUU y de las potencias emergentes, muy orgullosas de su historia y apegadas a una diplomacia más clásica. Son las mismas que tienden a considerar a Europa irrelevante y que prefieren acuerdos bilaterales con sus Estados miembros cuando no pueden obtener ventajas económicas con el conjunto.