Mar 14 2013

Un talón de Aquiles chino

La explicación habitual sobre la situación interna en China se mide en parámetros económicos y sociales, pero se suele olvidar otro condicionante, la ética, o mejor dicho, su ausencia. Y quien dice ética, dice además religión. Profundizar en estas cuestiones ha sido una tarea del profesor Liu Peng, miembro de la Academia de Ciencias Sociales, que señala que el talón de Aquiles del desarrollo chino, e incluso de las aspiraciones de su país a ser potencia global, es precisamente la falta de valores en la sociedad y en los gobernantes. El problema se remonta a un siglo atrás, a la instauración de la República en China en 1911. Esa fecha marca el acta de defunción del confucianismo, vinculado a las dinastías imperiales y que era más una forma de vida que una religión. No es casual que las actuales autoridades chinas hayan fomentado un retorno formal al confucianismo, del que se destacan el respeto a la jerarquía y el rechazo del individualismo, para intentar llenar la ausencia de valores. Todo un contraste con las campañas promovidas por la revolución cultural maoísta contra Confucio. Sin embargo,  la lucha contra el confucianismo venía de atrás, pues los intelectuales chinos del movimiento de 1919, del que surgió el PC, estaban influidos por las ideas occidentales, en particular las del marxismo que con el tiempo adquiriría la categoría de nueva religión. Con la proclamación de la República Popular en 1949, el nacionalismo y el comunismo serían los pilares de una “religión” estatal que se transmitiría de forma colectiva a las masas durante las décadas siguientes. Su icono principal sería Mao, cuya imagen aún aparece en las monedas y los edificios públicos, y su tumba no ha dejado de ser un lugar de peregrinación. No es exagerado decir que el maoísmo pretendió ser una “bomba atómica espiritual” de influencia no sólo en China sino en el mundo entero.

Pero el tremendo sufrimiento que supuso para los chinos la revolución cultural contribuyó al cambio de rumbo instaurado por Deng Xiaoping desde 1978. Desde entonces se propagó una nueva fe por China basada en los intereses materiales a corto plazo. El eslogan “Ser rico es glorioso”, atribuido a Deng,  ha terminado por ser devastador en una sociedad, cansada de los rigores ideológicos maoístas. La nueva situación ahondó las diferencias entre ricos y pobres, lo que siempre es un factor fomentador de  la corrupción en todos los estratos sociales. En su estudio sobre la falta de valores espirituales en China, el profesor Liu Peng no se fija sólo en los problemas derivados del crecimiento del PIB, la sobreexplotación de los recursos, la contaminación ambiental o las increíbles fortunas amasadas por algunos, en un tiempo en que los empresarios, conforme al programa reformista que puso en marcha Hu Jintao, pueden tener el carné del partido.

La pregunta decisiva de Liu Peng es: ¿En qué creen los chinos? Hay quien no dará a esta cuestión demasiada importancia y sólo se fijará en las correspondientes estadísticas, aunque éstas no siempre son capaces de reflejar otras inquietudes del ser humano. Nadie puede negar el hundimiento devastador de la moral en la sociedad china, un hecho que se explica por la rápida destrucción de las creencias anteriores y que no han sido reemplazados por otras. El gran problema es que los valores predicados por los dirigentes comunistas tienden a convertirse en una cáscara vacía si las apariencias y el afán por enriquecerse dominan a buena parte de la sociedad. No obstante, el poder único no quiere ver cuestionado su monopolio y no termina de creer en que el aumento del número de personas religiosas, por mucho que éstas observaran comportamientos éticos, le pueda favorecer. De ahí la protección a la “iglesia patriótica china” o los cursos de reeducación obligatorios impuestos al clero católico. En el fondo,  los gobernantes no saben resolver la gran cuadratura del círculo: ¿cómo compaginar  los ideales revolucionarios altruistas oficiales con un afán desordenado por enriquecerse?  El nuevo presidente chino, secretario general del PC y presidente de la Comisión Militar Central, Xi Jinping, debe de ser muy consciente de los peligros que se derivan  del abismo existente entre la ética y la política.

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Mar 6 2013

Turquía en Europa: un recorrido sin horizonte

La noticia de que Francia desbloqueaba un capítulo de las negociaciones de la UE para la integración de Turquía, anunciada por el ministro de asuntos exteriores, Laurent Fabius, y por otro lado, la reciente visita de Ángela Merkel a Ankara, han despertado la reflexión sobre si Francia y Alemania van a cambiar de actitud y apoyarán la candidatura de Turquía en contraste con la oposición radical de Nicolas Sarkozy a las pretensiones de este país.

Desde hace años se viene especulando sobre si Turquía abandona su camino de integración europea en beneficio de otras opciones en Oriente Medio y Asia, suscitadas por el recuerdo del Imperio otomano. Por otra parte, algunos medios de comunicación turcos atribuyeron al primer ministro Erdogan un cierto interés por el ingreso de Turquía en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), que agrupa a Rusia, China y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, pero esta entidad internacional nada tiene que ver con los planteamientos de la UE. Es una simple organización de cooperación intergubernamental, con unas estructuras institucionales laxas y en la que hay ámbitos tan dispares como los intercambios comerciales o «la lucha contra el terrorismo, el extremismo o el secesionismo», aunque en realidad la OCS responde a los designios de la Realpolitik practicada por rusos y chinos, que coinciden con este tipo de organización en el objetivo de mantener a EEUU fuera de cualquier zona de influencia en Asia Central. Tampoco la OCS puede considerarse, aunque sus miembros realicen maniobras militares conjuntas, como una especie de alternativa a la OTAN. Se nos podrá argumentar que Turquía tiene interés en fortalecer sus relaciones con las repúblicas de Asia Central, en las que encuentra sus raíces históricas, algo que viene haciendo desde la caída de la URSS hace más de dos décadas, y aunque ha hecho grandes progresos en este terreno, la influencia de Rusia sigue siendo preponderante, con el añadido de que los rusos han visto a los turcos como una especie de «caballo de troya» americano en la región. Por otro lado, ¿ha crecido más el prestigio de Turquía en Oriente Medio tras la «Primavera Árabe»? Sólo relativamente, también por el hecho de que los procesos políticos en la zona no han conseguido entrar en el camino de la estabilidad, y en segundo lugar, Irán quiere consolidar su papel como potencia regional, con lo que choca con una Turquía mucho más ambiciosa en sus iniciativas exteriores.

El panorama trazado nos lleva a la conclusión de que Turquía no puede tener entre sus intereses dar la espalda a Europa y a EEUU, tal y como afirman algunos analistas. Europa sigue interesando, pues Turquía opina que la crisis económica y financiera será algo temporal. Suponiendo que las relaciones turcas con Europa empeoraran, los últimos acontecimientos, como el conflicto sirio y las tensiones con Irán, están ayudando a robustecer la relación entre Washington y Ankara. Tampoco hay que llegar a la conclusión de que por el hecho de la política exterior turca sea más activa en su región, aunque la tendencia empezó con el final de la guerra fría, esto no significa un distanciamiento respecto a Europa. De hecho, un diplomático turco resaltaba la paradoja de la incongruencia europea: si los turcos se muestran muy activos, caen bajo la sospecha de «neo-otomanismo», y si no lo hacen, se les reprocha su pasividad.

La visita de Merkel el pasado 25 de febrero no arrojó cambios sustanciales en la posición oficial de Alemania. La canciller manifestó sus reservas sobre la total integración de Turquía, si bien no mencionó la consabida expresión de «asociado estratégico», sucedáneo de la condición de miembro de pleno derecho de la UE y que no hace muy felices a sus interlocutores turcos, aunque afirmó que las negociaciones deberían continuar su recorrido. Sin entrar en el fondo de la cuestión, Merkel citó como uno de los obstáculos para la integración el contencioso de Turquía con Chipre, país miembro al que los turcos mantienen fuera de su unión aduanera con la UE como consecuencia, entre otras, de la partición de una isla desde hace cuatro décadas. La elección como presidente de Chipre del conservador Nikos Anastasiadis puede allanar algunas dificultades, pero hay otros obstáculos de carácter demográfico y económico que inciden sobre la adhesión de Turquía.

El que la Francia de Hollande apoye expresamente la integración de Turquía no condiciona necesariamente la posición de Alemania, aunque hay quien tiene esperanzas de que un canciller socialdemócrata en Berlín cambiaría las cosas. No compartimos esa opinión porque el factor demográfico, que influye en el peso de un país en el Consejo Europeo, debe tenerse en cuenta. Alemania sigue siendo el país más poblado de la Unión con 82 millones de habitantes, aunque Turquía supera los 75 millones de habitantes, de tal modo que en la próxima década puede estar por delante de los alemanes. Puede ser un dato crucial para las votaciones del Consejo, conforme a los tratados, aunque no significaría nada que los eurodiputados turcos fueran los más numerosos del Parlamento Europeo, pues los parlamentarios se agrupan por ideologías, y no por nacionalidades. Sin embargo, la demografía está ligada necesariamente a la economía, pues los fondos de cohesión que necesitaría Turquía serían considerables, pues el nivel de vida turco alcanza hoy el 52% del nivel de la Europa de los 27, ligeramente superior a los niveles de Rumania y Bulgaria, pero lejos de la aceptable cifra del 75%.

¿Cómo evolucionará la situación? Será una evolución lenta, pero seguramente ligada al propio futuro de la UE, sin olvidar que, por encima del marco comunitario, la asociación estratégica de Turquía con Alemania es tan indispensable como la que mantiene con Rusia. Si los tratados han creado una Europa de dos velocidades, con cooperaciones reforzadas, y el Reino Unido busca un nuevo estatus en la Unión, al margen de determinadas políticas y con la esperanza de que otros Estados le secunden, esto abriría una ventana de oportunidad para Turquía. Lo señalaba, a propósito del Reino Unido, el presidente turco, Abdulá Gul, en una entrevista a Foreign Affairs, cuando afirmaba que «en el futuro puede haber diferentes formas de Europa».

Estamos ante un recorrido sin horizonte, pese al escepticismo de las respectivas opiniones públicas, poco entusiastas sobre el proceso de integración turco. Pero la pregunta no es tanto cuándo se arriba al destino definitivo sino cuál será el estatus de Turquía en una Europa que puede superar dentro de unos años la treintena de Estados miembros.


Feb 28 2013

¿Repliegue de Oriente Medio?

Incluso antes de que empezara el segundo mandato de Obama, un tema recurrente para los analistas internacionales ha sido el preguntarse si EEUU está iniciando un repliegue de Oriente Medio. Siempre se nos ha asegurado que los intereses energéticos son la clave de la importancia estratégica que da Washington a la región, marcada históricamente por la alianza americano-saudí iniciada por Roosevelt en 1945, pero también se nos está repitiendo de continuo que la Administración Obama sigue adelante en su objetivo de reducir su dependencia energética. Expertos energéticos como Philiph Verleger pronostican que hacia 2023 EEUU habrá alcanzado la independencia en materia de energía para convertirse en la década siguiente en exportador de crudo, y también se nos recuerdan los abundantes yacimientos de gas natural hallados en territorio nacional y el que la producción petrolífera americana haya crecido un 11%, una cifra no conocida en los últimos quince años, gracias a las prospecciones en el Golfo de México, sin olvidar los proyectos gubernamentales de apostar por las energías alternativas. Pero estas cifras y expectativas  no son un argumento suficiente para afirmar que Oriente Medio esté perdiendo peso en la visión estratégica de EEUU. No deja de ser una afirmación simple en la que las consecuencias se extraen de modo mecánico a partir de un enfoque economicista.

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Suponiendo que Washington redujera su dependencia, no por ello la región perdería su importancia energética global. Hacia 2030 el 50% de la producción mundial de petróleo estará en manos de los países de la OPEP, situados en su mayor parte en Oriente Medio, y todo indica que la dependencia de Europa, China, India o Japón estará lejos de haberse reducido. En consecuencia, los acontecimientos que sucedan en la zona repercutirán inexorablemente en dichos países, y algunos de ellos están en Asia, que es el escenario geopolítico por el que EEUU estaría apostando tras su supuesto repliegue de Oriente Medio. Tampoco podemos olvidar la importancia de dos aliados de Washington en la región, Turquía e Israel, mucho mayor que la que pudieran tener las autocracias derribadas o amenazadas por la Primavera Árabe. Por lo demás, difundir la creencia del repliegue contribuye a afianzar las aspiraciones de Irán de ser la potencia dominante en la zona, con la consiguiente inquietud para las monarquías petroleras del Golfo, tradicionales aliadas de Washington. El vacío que dejaran los americanos sería llenado muy pronto por China, la potencia mundial ávida de energía, con lo cual se demuestra que es irreal circunscribir las rivalidades entre Washington y Pekín a la cuenca del Pacífico. ¿Y cómo olvidar la dependencia energética de todos los aliados asiáticos de EEUU, utilizados como contrapeso frente a la ascensión de China? Los americanos seguirán teniendo interés en mantener la seguridad de las rutas de aprovisionamiento con Asia, lo que resulta compatible con la preponderancia del poder naval y aéreo en el  enfoque estratégico de la Administración Obama.

No se puede hablar de repliegue, pero sí de  un distanciamiento calculado, de un cierto interés por mantener el statu quo, lo que está en las antípodas del designio estratégico de Bush que buscaba alterarlo con el derrocamiento de Sadam Hussein, del que se derivarían beneficios como la democratización del mundo árabe o la salida al conflicto palestino-israelí. El statu quo, calificado de insostenible hace una década y que todavía era criticado por Obama en mayo de 2011, parece ser la única perspectiva en una región en que las situaciones políticas son frágiles, tal y como demuestran los acontecimientos posteriores a la Primavera Árabe. Esto explica que el habitual dogma político de que la estabilidad de todo el Oriente Medio pasa por la paz en Palestina resulte menos creíble ahora que antes. Si realmente fuera así, la primera prioridad de la política exterior americana sería patrocinar un arreglo, como en la presidencia de Clinton. Pero ni siquiera Obama ha podido presumir de ideas creíbles para alcanzar un acuerdo, y algunas de sus declaraciones sólo sirvieron para exasperar a Israel. Tampoco ha conseguido evitar que los israelíes detengan los asentamientos en  Cisjordania y Jerusalén, y menos aún persuadir a los palestinos a ofrecer las garantías exigidas por Israel en unas negociaciones. No cabe hacerse demasiadas ilusiones sobre los resultados tangibles del próximo viaje del presidente americano a Israel, los territorios palestinos y Jordania que empieza el próximo 20 de marzo. En realidad,  tanto en el lado palestino como en el israelí, por razones de consumo político interno, no se perciben demasiados entusiasmos para alcanzar ningún tipo de acuerdo, lo que puede originar esporádicas situaciones de violencia incendiaria que la mayoría de los actores regionales ven con inquietud. En cualquier caso, el principal problema del Oriente medio actual son los conflictos entre árabes y árabes, bien sean chiíes o suníes, laicos o islamistas, islamistas moderados o radicales. Ninguno de ellos parece merecer el despliegue de tropas americanas sobre el terreno.

 


Feb 16 2013

La presentación de la doctrina Obama

El discurso sobre el Estado de la Unión de 2013 ha contribuido a clarificar, si es que no lo estaba suficientemente, la doctrina Obama en política exterior. Ha sido la consagración de lo que algunos analistas han llamado the leading from behind, un término que no gusta al presidente que prefiere hablar siempre de smart diplomacy  o de smart government, según se trate de política exterior o interior. Lo que está claro es que los problemas domésticos absorben a Obama casi por completo,  y a todos ellos suele darles una percepción de ampliación de derechos y libertades, las nuevas metas que “nosotros, el pueblo”, un término de la declaración de independencia que el presidente empleó a lo largo del discurso de inauguración del mandato, aspira a realizar.

Como bien ha resaltado el politólogo Mark Leonard, Obama supo combinar en su discurso sus habilidades retóricas con la exhibición de datos estadísticos ilustradores de sus argumentos. El presidente no busca tanto utilizar la persuasión para convencer a sus oyentes sino más bien hacerles caer en la cuenta de que él es “uno de los suyos”. El objetivo es movilizar a los pasados y a los futuros votantes. Tiene razón Leonard cuando asegura que sus discursos son una mezcla de campaña electoral y de acción de gobierno, sobre todo porque el inquilino de la Casa Blanca tiene en mente las elecciones legislativas de noviembre de 2014, en las que sería decisiva para la culminación de los proyectos de su presidencia el poder arrebatar a los republicanos el control de la Cámara de Representantes.

El punto de partida para abordar la política nacional y la exterior es eminentemente pragmático: ¿qué le preocupa al americano medio? La crisis económica, el presupuesto federal y el empleo. Obama sabe además que hay republicanos como el senador Ron Paul,  por no nombrar a los representantes de un Tea Party en declive, que están predicando un “neoaislacionismo”. El pragmatismo aplicado a la política exterior lleva al presidente a defender las futuras negociaciones con la UE para un tratado de libre comercio, que creará miles de empleos americanos gracias a la mayor área comercial de la Historia. Otro tipo de política exterior  no es aceptable: “nuestra guerra en Afganistán ha terminado”, aunque el conflicto en ese país asiático  no terminará y como ha sucedido en otras épocas, los países vecinos no querrán perder sus parcelas de influencias en Afganistán.  Por primera vez en años, Irak no fue mencionado en el discurso presidencial, pues Washington parece haberse resignado al statu quo de un panorama político dominado por los chiíes del primer ministro Nuri Al Maliki, aunque detrás de él pueda encontrarse la sombra de Irán. Tampoco se impresionó demasiado Obama por la reciente negativa del ayatolá Jamenei a entablar negociaciones bilaterales con EEUU, e insistió en que la solución más adecuada sigue siendo la diplomática.

Vigilancia del terreno y asistencia a los aliados. Nada de soldados americanos en el extranjero, ni en misión internacional autorizada ni en ocupación unilateral como en Irak. Nada de guerras en nombre de la democracia ni  de proyectos de nation-building  en lejanos territorios, Leading from behind en Malí, Libia, Somalia, Uganda o Yemen. Nada de implicarse en conflictos armados en un espacio geopolítico que abarca desde la costa atlántica africana hasta las estepas de Asia Central.  Como Siria se encuentra en el citado espacio, no cabe esperar un cambio de estrategia respecto a un conflicto, ¿o deberíamos llamarlo masacre?, que dura casi dos años, y en el que se perfila, en la medida que sea posible, un entendimiento entre Washington y Moscú para alejar la amenaza de un régimen islamista radical en Damasco.  Atrás queda la defensa de la intervención humanitaria en Libia en 2011, la “responsabilidad de proteger” en la jerga de las Naciones Unidas, y que, según algunos analistas como Richard Miniter, debió mucho más a tres mujeres del Departamento de Estado, Hilary Clinton, Susan Rice y Samantha Power, que al propio Obama. Ninguna de ellas está ahora en sus puestos.

En la doctrina Obama están jugando un papel destacado los drones, sucedáneo de las tropas sobre el terreno, y las misiones de inteligencia. Pragmatismo calculado, pero con un punto débil: que las crisis inesperadas  y de grave alcance en el escenario internacional obliguen a la Administración estadounidense a implicarse de modo más directo, pese a la preferencia por las cuestiones económicas y fiscales. ¿El leading from behind será definitivo o provisional?


Feb 9 2013

Sobre la eficacia de los drones

 

 

La creciente utilización de los drones sólo puede entenderse desde la convicción de que el poder aéreo es el componente decisivo para imponerse en cualquier conflicto.  De hecho, las contiendas de la posguerra fría, desde la guerra del Golfo a Kosovo pasando por Bosnia-Herzegovina, alimentaron esta ilusión. Pero si repasamos la historia, nos daremos cuenta de que, en efecto, los bombardeos contribuyeron a poner fin a las hostilidades, aunque no eliminaron las raíces de la violencia. Fueron una solución a lo Truman, que prefirió que la guerra de Corea quedase en tablas, y no a lo Mac Arthur, que proclamaba que no existía ningún sustitutivo de la victoria. En los ejemplos citados, la intervención militar no se propuso arrojar del poder ni a Sadam Hussein ni a Milosevic. El verdadero motivo para no sobrepasar estos límites no fue ni el respeto a las resoluciones de la ONU ni el temor a alterar el statu quo territorial. En realidad, no se querían las bajas americanas que se habrían producido en una guerra sobre el terreno. De ahí que la utilización del poder aéreo se convirtiera, en la práctica, en un fin en sí mismo, con el olvido de que tradicionalmente había sido uno de los instrumentos en la consecución de otros objetivos, tanto militares como políticos. El poder aéreo formaba parte de la táctica, pero acabó siendo confundido con la estrategia. Del mismo modo, el uso de los drones nunca garantiza  una victoria decisiva sobre el terrorismo de Al Qaeda. Es sabido que la eliminación de un líder guerrillero no supone el fin de una lucha armada, pues, en realidad, lo que se está combatiendo es una ideología que en cada momento es encarnada por personas concretas y cambiantes. Si no se gana la batalla de las ideas, si no se consigue hacer repulsiva, o menos atractiva, una ideología, los muertos no disuadirán por si solos a nadie de no continuar con la violencia.

Pero lo más peligroso del uso de los drones son, sin duda, los daños colaterales infringidos a civiles. Es la consecuencia inevitable de las guerras en las que el enemigo no viste uniforme y vive entre la población civil. Recordemos que las víctimas civiles fueron otro de los factores que contribuyeron a la derrota americana en Vietnam. De ahí que la alternativa a los daños colaterales pase por el secretismo, no tanto cuando los drones abaten a un líder terrorista, sino cuando el objetivo son personas de menor relevancia, pero que se refugian en zonas de Afganistán y Pakistán en los que los talibanes o Al Qaeda tienen arraigo. No será difícil que en esos casos, todos los hombres en edad de empuñar las armas sean tomados por combatientes, mientras no se demuestre lo contrario, aunque nadie les dará la oportunidad de demostrarlo. El secretismo oficial está siendo desafiado, sin embargo, por algunas ONGs como el Bureau of Investigative  Journalism, con sede en Londres, y que asegura que desde 2002 se han producido entre 472 y 885 muertes de civiles en Afganistán, mientras que las víctimas de Yemen se cifran entre 60 y 103. Es cierto que las capacidades de Al Qaeda en este último país han quedado muy mermadas,  si bien las muertes también han contribuido a acrecentar el número de sus partidarios.

El uso de los drones podría interpretarse  como un intento de ocultar el hecho mismo de la guerra. Son operaciones encubiertas en la lucha contra el terrorismo y no tienen la apariencia de un conflicto convencional. Incluso pueden tener cierta popularidad si abaten a algún destacado terrorista, pues demostrarían que el gobierno va contra los malos dondequiera que se encuentren, antes de que tengan la oportunidad de cobrarse más vidas de ciudadanos americanos. Esto explica que la Administración Obama cuide la justificación de este método de lucha contra el terrorismo. De hecho, el senador Obama, en uno de sus discursos de 2007 en el que criticaba la inutilidad de la guerra de Irak, aseguraba que habría sido mucho más eficaz combatir a los terroristas en cualquier lugar del mundo, incluido Pakistán, aliado tradicional de EEUU.

 

La Administración Obama no ve ninguna alternativa a los drones. La presencia de tropas sobre el terreno, aunque fuera con la autorización poco probable de un Consejo de Seguridad en el que Rusia y China no dejan de ejercer su derecho de veto, no contribuye necesariamente a que se alcancen los objetivos de la lucha contra el terrorismo.  Después de las experiencias de Afganistán e Irak, donde hubo que buscar una retirada más o menos honrosa,  se aprecian demasiados inconvenientes: bajas de soldados americanos, altos costes económicos en tiempo de crisis, hostilidad de la opinión pública por la prolongación del conflicto y descontento de la población autóctona que ve a las tropas americanas como un ejército de ocupación.  Una vez más, la solución son los drones, con los que se puede destruir a los malos apretando un botón como si se tratara de un videojuego.

Los estrategas americanos intentan demostrar con los drones, al igual que en los conflictos de los años 90en el Golfo y los Balcanes, que la geografía y la historia están poco menos que superadas, pues los aviones letales remontan todos los obstáculos. Insisten en que es un modo de minimizar los daños a civiles, que serían mayores en un conflicto convencional.  Pero los daños existen y ponen en un compromiso a los gobiernos locales aliados de Washington, tal y como se ha demostrado en Afganistán y Pakistán. En cualquier caso, demuestran una confianza ciega en el poder de la tecnología, similar al de otras épocas históricas. Recordemos las guerras coloniales británicas cuando, por ejemplo,  una batería de ametralladoras Maxim podía detener la carga de las masas de los fanáticos partidarios del Mahdi en la batalla de Ondurmán en 1898.  Pero la tecnología militar nunca es monopolio de nadie, y menos en un tiempo en el que los malos también son capaces de desatar virus informáticos que afecten a los drones.

Antes de que su carrera militar y política naufragase, el general David Petraeus recordaba en Irak la necesidad de “ganar los corazones y las mentes”  de la población local. Esto lo han dicho otros muchos antes y después, y es un consejo a seguir en todo momento, pues, en caso contrario, las ideologías de insurgentes y terroristas prevalecerán sobre la fuerza de la tecnología.