Abr 18 2013

¿Una alianza ruso-china?

La primera visita de Xi Jinping al extranjero fue a Rusia, lo que hizo pensar en el objetivo de una revitalización de las relaciones entre Moscú y Pekín. El presidente chino ha buscado, sin duda, intereses comunes entre dos grandes potencias mundiales que en más de dos décadas han pasado por episodios de supuesto amor y de odio. ¿Se formará una sólida alianza entre los dos países?

Un diplomático ruso me confesó una vez su desconfianza hacia los chinos, si bien la postura oficial de Moscú ha sido estimular la cooperación mutua, sobre todo en el terreno económico, tanto en el terreno bilateral como en diversos foros como la Organización de Cooperación de Shanghai o los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), sin olvidar las posiciones conjuntas defendidas, con derecho de veto incluido, en el Consejo de Seguridad.  Los dos aspectos más cruciales, y más prácticos, de las relaciones ruso-chinas pasan por las necesidades energéticas y de armamento por parte de Pekín, aunque también existen diferencias encontradas en estos ámbitos. Es conocida la avidez de China por la energía a escala mundial, que busca en todos los continentes al mejor precio. Pero los rusos no venderán el petróleo más barato a China, pese a la proximidad geográfica y a las necesidades del país, pues su estatus de potencia mundial descansa en imponer su hegemonía energética. De ahí que el petróleo ruso sólo represente el 8% de las exportaciones chinas y el porcentaje de gas sea aún menor, si bien esto podría cambiar con la construcción de un gasoducto con el que Rusia abastecería a China. Este proyecto fue anunciado al concluir la reunión entre Xi Jinping y Vladimir Putin, aunque la discrepancia vendrá, sobre todo, porque Rusia quiere imponer precios similares a los del comercio con los países europeos. También el comercio de armas entre Rusia y China ha estado marcado por la desconfianza, aunque hasta 2007 suponía el 40% de las exportaciones rusas. Moscú vería con recelo, por ejemplo, que los chinos utilizaran tecnología rusa para exportaciones de China a terceros países, en particular a Pakistán que, pese a los altibajos en las relaciones de los últimos, sigue siendo oficialmente un aliado de EEUU.  En definitiva, las relaciones económicas se mueven en el terreno del interés mutuo, pero no pueden alejar toda clase de suspicacias.

Más llamativa, en cambio, es la cooperación en asuntos internacionales, en las que la música de fondo es establecer un contrapeso a EEUU, tal y como puede apreciarse en las posiciones conjuntas sobre Siria, Irán o Corea del Norte. Hay que evitar a toda costa que la evolución de esas crisis degenere en ventajas para Washington si se produjera el colapso de esos regímenes. Pero el principio más valorado, y repetido como un mantra, por Rusia y China en las relaciones internacionales es el de la soberanía de los Estados y la no intervención en sus asuntos internos, lo que incluye un rechazo a toda crítica sobre el respeto de los derechos humanos.  Ciertamente la proliferación nuclear de Corea del Norte e Irán no puede ser vista con buenos ojos por Moscú y Pekín, pero es un mal menor, siempre y cuando no se traspasen ciertos límites, pues el mal mayor sería  una Corea unificada bajo la tutela de Washington o la caída del régimen antiimperialista de los ayatolás.  Con todo, esta postura conjunta tiene un efecto inevitable y no buscado: los vecinos de Siria, Irán y Corea del Norte, que se sientan amenazados, tenderán a acercarse más a Washington, con lo que rusos y chinos perderán influencia en las respectivas regiones.

Rusia y China están utilizando el foro BRICS de países emergentes para crear una especie de eje alternativo, al menos en lo económico, al mundo occidental. Con independencia de que Brasil, India y Sudáfrica sean democracias, comparten con Rusia y China el mismo dogma de fe en la soberanía estatal. Les importa más su posición en el tablero geopolítico y el recuerdo de un pasado de imposiciones coloniales que la afinidad de sistemas políticos con Occidente. No desean ser identificados con la vieja Europa, aunque esté representada por la posmoderna UE, ni con  los imperialistas EEUU, pese a que Obama pretenda cambiar la percepción de su país en política exterior. No obstante, brasileños, indios y sudafricanos parecen ser mucho más pragmáticos en sus relaciones con Occidente, y en particular con los americanos, que rusos y chinos. Nunca podrá hablarse de los BRICS como de un bloque compacto, más allá de los intereses económicos respectivos. Pese a todo,  en el seno de los BRICS parece articularse el nacimiento de una versión para el mundo subdesarrollado del FMI y del Banco Mundial, patrocinada por Moscú y Pekín, pues la influencia económica siempre desemboca en influencia política. Pero no parece tan sencillo repetir en el cambiante escenario del siglo XXI los esquemas de oposición entre el mundo desarrollado y subdesarrollado, con rasgos de foro de países no alineados, tan extendidos en los años de la guerra fría.


Abr 15 2013

Israel, los islamistas y el enemigo común

 El Estado de Israel cumple 65 años en medio de vertiginosos cambios geopolíticos en Oriente Medio. Se ha alejado hace tiempo la posibilidad de una guerra entre los israelíes y sus vecinos árabes, y el conflicto israelo-palestino ha entrado en una fase de estancamiento en la que no se adivina una salida realista para la solución de dos Estados que puedan convivir entre sí. Las revueltas de la Primavera Árabe y la inestabilidad de los nuevos regímenes, la guerra civil siria o la amenaza del programa nuclear iraní son factores que dejan en un segundo plano las habitualmente tensas relaciones entre Israel y los árabes. Además estos hechos traen el efecto de diseñar extrañas alianzas, o al menos entendimientos, entre adversarios que se sienten amenazados por un enemigo común.

Oriente Medio parece asistir a una guerra no declarada entre suníes y chiíes. Lo vemos en Irak, donde los salvajes atentados terroristas responden a la etiqueta de una violencia sectaria, y en Siria, con una rebelión encabezada por los suníes enfrentados a una minoría alauí representada por el clan de los Asad, apoyada por el régimen fundamentalista chií de Teherán, que también cuenta entre sus aliados a la milicia libanesa chií de Hezbolá, que mantuvo una guerra con Israel en el verano de 2006. El eje chií (Siria, Irán y Hezbolá) es ahora el principal enemigo de los israelíes, pero también supone una preocupación, pese a los gestos diplomáticos y las visitas oficiales, para el Egipto del presidente Morsi, miembro de los Hermanos Musulmanes, y sobre todo, para la Turquía del primer ministro Erdogan, dirigente del islamista moderado AKP, que irritó a Teherán cuando Ankara se prestó a formar parte del escudo antimisiles americano o accedió a desplegar misiles Patriot de la OTAN en la frontera con Siria. Además resulta llamativo el cese del lanzamiento de misiles desde la franja de Gaza contra el territorio israelí, lo que indica que los islamistas de Hamás, hasta hace poco identificado con el eje chií, han pospuesto por el momento su encarnizada oposición a Israel. Si Hamás esperaba tener en Egipto un aliado de peso contra Israel, ha errado en sus cálculos, pues Morsi, acuciado por la inestabilidad política interna y la necesidad de seguir contando con el apoyo económico de Washington, ha demostrado ser un pragmático y no ha denunciado, como algunos hubieran querido, el tratado egipcio-israelí de 1979, que supuso la devolución del Sinaí, ni tampoco ha roto las relaciones diplomáticas, e incluso en el pasado mes de julio, designó un nuevo embajador egipcio en Tel Aviv, al tiempo que enviaba una carta cordial de salutación al presidente Shimon Peres. La misiva fue divulgada por los medios israelíes, si bien en algunos medios egipcios se dijo que era una falsificación o, en el mejor de los casos, se ajustaba únicamente a los procedimientos de cortesía habituales en estos casos y propios de cualquier Ministerio de Asuntos Exteriores. Por lo demás, Morsi no suele mencionar en sus discursos al Estado hebreo.

La reconciliación de la Turquía de Erdogan con Israel, aceptando compensaciones económicas por el asalto al Mavi Marmara a pesar de que los israelíes no han levantado el bloqueo de Gaza, parece inscribirse en la misma dinámica de distensión con Israel de otro país que tiene también por enemigos a los chiíes iraníes, los salafistas y los yihadistas suníes. Washington ha auspiciado la reconciliación turco-israelí, pero también espera una mejora de las relaciones entre los gobiernos de Ankara y Bagdad, donde dominan los chiíes, pues las tensiones entre ambos sólo pueden contribuir al aumento de la influencia iraní en Irak. Turquía seguirá teniendo una relación privilegiada, sobre todo por sus necesidades energéticas, con el gobierno autónomo kurdo del norte de Irak, pero debe ser la primera interesada en salvaguardar la integridad territorial iraquí y no alterar el frágil statu quo de la región.

Hay, por tanto, un cauce para el entendimiento entre Israel y los islamistas de Egipto y Turquía, pero la situación sobre el terreno sigue siendo volátil. En la evolución de los acontecimientos, habrá que tener en cuenta el desenlace de la guerra en Siria, con un Asad cada vez más acorralado, y si asistiremos a una intensificación del programa nuclear iraní que puede poner a prueba la paciencia israelí y la credibilidad norteamericana.


Abr 3 2013

El retorno del general Petraeus

Cinco meses después de su dimisión como director general de la CIA, el general David Petraeus ha dado señales de volver a la vida pública al pedir disculpas por el daño que habría causado a su familia y a otras personas por una relación extramatrimonial con su biógrafa, Paula Broadwell, qeurer supo alimentar en beneficio propio la enorme autoestima de un general de cuatro estrellas, al que algunos medios comparaban con las grandes figuras militares de la historia americana. Muchos ven en este retorno de Petraeus el primer paso para una carrera política, frustrada no sólo por el escándalo sino incluso por la promoción del general por Obama a director de la inteligencia americana, una manera de apartarle de sus supuestas ambiciones  para encabezar una candidatura presidencial por el partido republicano. La carrera presidencial de 2016 queda aún lejana, pero se especula que Petraeus podría presentarse a gobernador por Louisiana. En cualquier caso, el general pretende  recuperar su imagen de héroe de guerra, y parece que no se conformará con las ofertas docentes y empresariales que le llegan últimamente.

Para muchos americanos, Petraeus es el hombre que consiguió que Irak no se transformara en otro Vietnam, el militar que consiguió revertir la situación de hostilidad hacia los americanos en un país ocupado y convirtió a los sunníes de Irak en aliados en la lucha contra el enemigo común, los islamistas de Al Qaeda. Supo ganar los corazones y las mentes de gente hasta entonces enemiga al presentar a los islamistas como radicales y extranjeros, aunque el dinero también formó parte de su estrategia, pues, después de todo, es también una forma de munición, según aseguraba David Galula, un militar francés veterano de la guerra de Argelia, y que escribió un manual de contrainsurgencia muy apreciado por Petraeus. Otra de sus lecturas favoritas fue la novela de Jean Latérguy, Los centuriones, que también tiene por escenario el conflicto argelino. Con todo, allí no podía haber nunca victoria final pues los factores políticos superaban por completo a los militares

La Historia asociará el nombre del general Petraeus a la lucha antiguerrillera y le recordará por haber desmentido en tierras de Mesopotamia aquel dicho, atribuido a Lawrence de Arabia, de que combatir a una guerrilla se parece a tomar la sopa con un tenedor. Sin embargo, el general no obtuvo los mismos resultados al hacerse cargo de las operaciones en Afganistán, aunque está por demostrar que su fracaso se deba a que el presidente Obama anunciara con antelación la salida de las tropas de combate americanas del país asiático. Muchos expertos creen que la estrategia de Irak no podía funcionar en Afganistán, donde el gobierno es débil y proliferan las acusaciones de corrupción, aunque el principal inconveniente es que los talibanes no son un ejército de extranjeros como Al Qaeda, y cuentan con muchos partidarios entre la mayoritaria etnia de los pastunes.

Con el segundo mandato de la presidencia de Obama, las operaciones de contrainsurgencia han pasado a un segundo plano en la política de seguridad. Desde el momento en que se renuncia a los riesgos de desplegar tropas sobre el terreno y aumenta el uso de los drones para operaciones puntuales contra el islamismo radical,  se está pretendiendo alejar los fantasmas de Vietnam, Irak y Afganistán, que han pasado a ser el paradigma de los conflictos inútiles. Ya no hay lugar para cruzadas democráticas ni ligas de las democracias contra los regímenes autoritarios. Vuelve la diplomacia tradicional de un mundo compartimentado entre grandes potencias, aunque de momento sólo hay una superpotencia, EEUU, cuyo liderazgo está dejando de de ser indiscutible. Vuelve la política de contención,  cuyo ejemplo más destacado es el tablero geopolítico de aliados de Washington que rodea a China, y que hace de EEUU una gran potencia del Pacífico.

En tales circunstancias, ¿qué podría alegar un Petraeus, supuesto candidato republicano, contra la política exterior de Obama?  Le reprocharía que el “liderazgo desde atrás”, presente en Libia, Siria y otros escenarios de Oriente Medio, esté contribuyendo a erosionar la credibilidad de EEUU como gran potencia en todo el mundo. Sea o no correcta esta percepción, lo que sí es cierto es la imagen de declive de la hegemonía americana que se está transmitiendo, y lo peor es que son muchos los que piensan que no estamos ante un tipo de smart diplomacy, tal y como se asegura en la Administración Obama.  Pero las posibilidades de Petraeus son reducidas, no sólo por los rivales republicanos con menos pasado a sus espaldas. También porque los héroes victoriosos se vuelven pragmáticos cuando llegan al poder, como le sucedió a Eisenhower. Y para ser Eisenhower, que le temía más al déficit que al comunismo, ya está Obama, que está encantado de asumir el perfil de aquel presidente republicano, tal y como hiciera con Lincoln y Roosevelt en los meses previos a su primer mandato en la Casa Blanca.

 


Mar 25 2013

Turquía e Israel: Un acercamiento anunciado

El principal éxito del viaje de Obama a Israel ha sido el anuncio oficial de que Turquía e Israel normalizan sus relaciones diplomáticas, y vuelven los respectivos embajadores, después de que el primer ministro Netanyahu telefoneara a Erdogan para disculparse por el asalto en 2010 a una flotilla turca que pretendía romper el bloqueo israelí de Gaza, y que ocasionó la muerte a ocho ciudadanos turcos.  Los actores protagonistas, las partes enfrentadas y el mediador americano, han  hecho balance de lo que ha sucedido en Oriente Medio en estos últimos tres años, y han considerado que la situación de rebajar el nivel de sus relaciones era insostenible.

En primer lugar, EEUU tiene en Turquía e Israel a sus dos principales aliados  estratégicos en la región, ha contado con ellos durante los años de la guerra fría y en la época inmediatamente posterior, y quiere seguir contando con ambos, no con uno solo de ellos, en los momentos presentes después de que la Primavera Árabe haya traído más inestabilidad que certidumbres. La situación en Oriente Medio es volátil y los tres actores implicados han tenido ocasión de comprobarlo. No estamos ante nuevas eras de democracia y de libertad, por mucho que se derrumben regímenes autoritarios y se celebren elecciones libres, porque las semillas de la división, bien sean étnicas, religiosas o ideológicas, están más activas que nunca.  Washington tiene necesidad de aliados sólidos, y en este caso son dos democracias, que no estén sometidos a excesivas turbulencias internas como sucede en los regímenes árabes.  De ahí que no dejara de ser una complicación adicional el que turcos e israelíes estuvieran enfrentados, pues la percepción externa del hecho transmitiría el mensaje de  una Turquía que se está alejando de Occidente y de  un Israel cada vez más aislado en la región. En cambio,  la reconciliación entre Ankara y Jerusalén fortalece el papel de EEUU en Oriente Medio, no sólo en la crisis siria sino frente a las pretensiones de Irán de contar con capacidades nucleares y de convertirse en líder regional.  Sin embargo, Obama  no habría  triunfado en su propósito mediador, pese a ser una cuestión muchísimo menos compleja que el contencioso palestino-israelí, si turcos e israelíes no hubieran sopesado que el acercamiento convenía a sus respectivos intereses, entre los que se cuenta una cooperación  militar  y de inteligencia consolidada desde hace décadas.

La diplomacia turca de los últimos años parecía basarse en la consigna de “cero problemas” con sus vecinos, y el país, que durante casi un siglo dio la espalda al mundo árabe, con  el  objetivo de modernizarse y construir un Estado-nación, efectó un acercamiento diplomático a Siria e Irán, tras un período caracterizado por la desconfianza mutua o la hostilidad. Por lo demás,  la política exterior turca, tildada por algunos de “neo-otomana”, dio muestras de verse reforzada tras los cambios políticos en Túnez, Egipto o Libia, sobre los que se decía que tomarían como modelo el sistema democrático de Turquía.  Los consejos de políticos y analistas se hacían extensivos a los partidos islamistas de esos países, que deberían tomar como fuente de inspiración el Partido de la Justicia y el Bienestar, la formación  islamista moderada turca más conocidas por sus siglas AKP, que fue capaz de ganar tres elecciones consecutivas. Estos cálculos han demostrado ser un wishful thinking, pues cada país tiene su historia y sus características propias,  y los partidos islamistas tunecino o egipcio, ganadores de las primeras elecciones libres, no responden al perfil de un partido turco, por no decir también que las respectivas sociedades carecen  de la experiencia democrática de la turca. Pese a que puedan  proclamarlo verbalmente, su modelo no parece ser Turquía, con una tradición democrática y un éxito económico reconocidos. Antes bien,  se mueven  por estímulos a corto plazo y buscan asentar su poder  tras haber sido perseguidos durante décadas y encuentran una fuerte oposición desde sectores laicos de la sociedad.  Por otra parte, el régimen de Bachar Al Asad ha terminado por ser  uno de los principales enemigos de Turquía,  y pese a su comprometida situación, los sirios han estado dispuestos  a utilizar a los kurdos en contra de Ankara. Atrás queda la luna de miel turco-siria, que sirvió para suprimir los visados para viajar a ambos países. Pero lo peor es la incertidumbre sobre la Siria posterior a Asad en la que pudiera agudizarse la violencia sectaria con la consiguiente inestabilidad cerca de la frontera turca. Tampoco el acercamiento turco-iraní ha dado grandes resultados en lo político, más allá de las relaciones económicas, y la compleja situación  interna en Irak muestra también  como en el país mesopotámico se perfilan  soterradas tensiones entre Irán y Turquía por ganar ámbitos de influencia, sin olvidar las amenazas del ayatolá Jamenei de que Turquía lo pagaría muy caro  al hacerse público que los turcos instalarían en su territorio baterías de misiles Patriot facilitadas por la OTAN.

Si los frustrantes acontecimientos de la Primavera Árabe y la progresiva ascensión regional de Irán cuestionan el eslogan de “cero problemas” con los vecinos, no conviene complicarse más la vida con una mala relación con  Israel. No será un idilio, y además se corre el riesgo de que una eventual crisis en los territorios palestinos complique las cosas,  pero la relación Turquía-Israel vuelve a edificarse sobre la base del más puro realismo.

Cabe añadir que las dificultades de Netanyahu para formar gobierno también habrán  influido en el acercamiento turco-israelí. El primer ministro israelí ha tenido que moderar el tono para conservar el poder y hacer lo que parecía imposible hace unos meses: disculparse ante Erdogan y poner en marcha un acuerdo de compensación económica, que es lo que deseaban los turcos. Además, Israel no podía dejar en punto muerto su tradicional alianza con Turquía, detrás de la cual está muy presente EEUU.


Mar 19 2013

Bergoglio: El poder como servicio

Cada 25 de mayo, con motivo del Tedeum en el aniversario de la independencia, era muy esperada en Buenos Aires la homilía del cardenal Bergoglio, sin pelos en la lengua para descalificar determinados comportamientos políticos y actitudes sociales. Esto explicaría que el matrimonio Kirchner se sintiera aludido e interpretara el exigente mensaje de Bergoglio como una descalificación implícita de su poder. De ahí que los dos últimos presidentes no siempre acudieran a la celebración de la catedral, y el propio Néstor Kirchner calificó al cardenal de “jefe espiritual de la oposición política”. A pocos escapa el hecho de que un gobierno populista puede suscribir, en teoría, las críticas de Bergoglio a la injusticia social, pero ese mismo gobierno, y su aparato mediático, no puede aceptar que el ahora Papa condenara por igual el terrorismo de Estado de los militares y el de la guerrilla de los montoneros. Esta equiparación no forma parte del discurso oficial. En las informaciones sobre Argentina, se resaltan unos aspectos más que otros, tanto del pasado como del presente, pero la realidad es que todavía persiste en la sociedad y la política un muro de odio. ¿Logrará derribarlo el Papa Francisco?

Las homilías del Tedeum en la catedral tienen un denominador común, ya se pronunciaran en presencia de De la Rúa, Duhalde o los Kirchner, y consiste en la convicción de que el poder sólo tiene sentido si se pone al servicio del bien común. De hecho, en la homilía de la misa de entronización, el Papa Francisco ha vuelto a recordar que “el verdadero poder es el servicio”. Desde esta perspectiva, las críticas de monseñor Bergoglio en el Tedeum nunca han supuesto una descalificación de la política, que muchos verían justificada por la turbulenta y desesperanzada historia de Argentina, un país de grandes expectativas a principios del siglo XX y que, sin embargo, como si de un hijo pródigo se tratara, pareció derrochar su capital político, económico y humano. Se han dilapidado los recursos y las ilusiones de un país edificado por el trabajo de los inmigrantes, pero que no ha llegado a tener una trayectoria histórica similar a la que tuvieron países como EEUU, Canadá o Australia, construidos también con el esfuerzo de gentes llegadas de todos los continentes. Salvando las distancias, el mensaje de monseñor Bergoglio a los políticos argentinos puede recordar al dirigido por el cardenal Glemp a las autoridades comunistas polacas en la década de 1980: no es tan necesario el cambio de personas como el cambio de mentalidades. Bergoglio criticó, ante todo, la división de la sociedad argentina, muchas veces espoleada por sus políticos en beneficio partidista. Las luchas internas sólo han servido para dar la espalda a los grandes problemas de un país, y la historia reciente se ha sustentado en las lealtades equívocas, denunciadas por el cardenal en el Tedeum de 2001. No los mencionaba explícitamente, pero los ejemplos de caudillismos y clanes están en la memoria de cualquier historiador o simple espectador de la política. ¿Cómo se explica su existencia y persistencia en Argentina? Por la “locura”, así la llamó en Bergoglio en el Tedeum de 2012, del poder como ideología única, y decididamente asoció a esa “locura” a otra: la del relativismo moral. Ese término, por cierto, será empleado a menudo por el Papa Francisco, al igual que Benedicto XVI, pues en el país del fin del mundo, sobre todo en los ambientes de gente sencilla en los que se ha movido el nuevo Papa, hay bastantes personas con convicciones profundas que no aceptan el “todo vale” que ha echado raíces en tierras europeas. A este respecto, Bergoglio decía que el relativismo moral en nada difiere del “cállese” o “no te metas”. Por tanto, es muy posible que el Papa argentino sea tan incomprendido en Europa como el Papa polaco, llegado también de un país lejano.

Monseñor Bergoglio dio muestras de conocer en el Tedeum del año pasado la psicología de algunos detentadores del poder, aquellos que no aman “de corazón y de espíritu”: son los que se arrastran pesadamente entre sus especulaciones y miedos, los que se sienten perseguidos y amenazados, los que necesitan reforzar su poder sin parar ni medir las consecuencias. Aquí se resalta una paradoja muy real a lo largo de la Historia: los poderosos tienen miedo, miedo de perder aquello que han perseguido y alcanzado a toda costa. El cristianismo tiene sobrada experiencia de esta reacción, ya experimentada cuando los Magos se presentan en Jerusalén preguntando por el Rey de los judíos recién nacido: “Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó, y todo Jerusalén con él” (Mt 2, 3).

Pese a todo, Bergoglio no cayó en el recurso fácil de descalificar en bloque la política. Se limitó a recordar que debe estar al servicio del bien común, al servicio de los representados. Recordemos sus incisivas palabras: “Una política sin mística para los demás, sin pasión por el bien, termina siendo un racionalismo de la negociación o un devorarlo todo para permanecer por el solo goce del poder. Aquí no hay ética posible simplemente porque el otro no despierta interés”.