Un muro muy lejano

CC Lear 21 de Wikipedia en inglés

Se cumplen treinta años de la caída del muro de Berlín, el acontecimiento más significativo del derrumbamiento de los regímenes comunistas, agrietados antes en Polonia y Hungría y en sucesiva descomposición hasta la caída de la URSS. Sin embargo, conforme pasa el tiempo este suceso se va desdibujando y no despierta excesivamente el interés de los historiadores y el público en general.

Tienen más eco las conmemoraciones relacionadas con la segunda guerra mundial o los fascismos, pese a que haya transcurrido más tiempo. ¿Se deberá a que los derrotados fueron los comunistas? Esa sería la respuesta más fácil, pero me da la impresión de que la causa es que las ilusiones puestas en el acontecimiento se han marchitado hace tiempo y aquel muro se ha convertido en una historia muy lejana, distante de las inquietudes de nuestra época, en la que una gran mayoría de personas no se cansan de ver documentales de divulgación sobre el nazismo y la segunda guerra mundial en la televisión. En cambio, puede aburrirles soberanamente el final, pacífico salvo en Rumanía, de los regímenes comunistas, y en particular del régimen soviético.

La caída del muro sirvió de ejemplo para corroborar la tesis hegeliana del fin de la teoría de la historia, del triunfo de la economía de mercado y del proceso de globalización. Muchos creyeron que avanzábamos hacia un cosmopolitismo constructor de la paz por medio del comercio, en la mejor tradición liberal del siglo XIX, hacia una Europa unida y sin fronteras en la que incluso Rusia podría tener su sitio. Elecciones libres, nuevas constituciones, procesos de adhesión a la OTAN y la UE… La Europa del Este había muerto. Retornaba, en lo aparente más que en lo real, la Europa central con todas sus tradiciones culturales, incluidos los recuerdos del viejo imperio austro-húngaro. Todo eso podía significar el derrumbamiento del muro, además de una Alemania unida, eso sí, pacífica y laboriosa, centrada no en sus viejos demonios históricos sino en su papel de primera potencia económica europea.

Pero algunos no se dieron cuenta de que el monstruo vencido del comunismo no podía transformarse por arte de magia en una democracia representativa de corte liberal. ¿Cuántos de los viejos disidentes de la época comunista llegaron al poder y tuvieron ocasión de aplicar los ideales que defendían en otro tiempo? La lista es escasa, con excepciones como Havel, Wałęsa, Mazowiecki… Todos los demás políticos del poscomunismo eran antiguos comunistas que descubrieron de la noche a la mañana su camino de Damasco hacia la democracia y la economía de mercado.

El caso de Rusia fue mucho peor: el mensaje oficial nunca fue que había llegado la libertad para sustituir al comunismo, una sensación que sí se dio en Varsovia, Budapest o Praga. El efecto se vería muy poco después: el desmantelamiento del Estado soviético fue paralelo a la ascensión de las mafias y de la corrupción. Se entiende que muchos rusos sintieran nostalgia de tiempos pasados ante el crecimiento de la inseguridad. Luego el nacionalismo haría todo los demás, y serviría para llegar a la conclusión de que Stalin fue un gran nacionalista ruso, pese a haber nacido en Georgia, y un maestro de la geopolítica, pues dotó a Rusia de un escudo protector por su dominio sobre la Europa del este. Vistas así las cosas, la caída de la URSS es percibida como una catástrofe.

El tópico habitual en los libros de historia ha sido oponer el nacionalismo al comunismo, sin tener en cuenta que un comunista puede ser un perfecto nacionalista. Lenin, Stalin, Mao o Castro, entre otros, lo fueron. Únicamente no lo era Karl Marx, que aseguraba que los proletarios no tienen patria, aunque esto se explica porque Marx era un apátrida, que pasó los treinta y cuatro años últimos de su vida en un Londres cosmopolita. En consecuencia, pasar del comunismo al nacionalismo no fue una tarea muy difícil. En algunos casos, según los países, se abjuró del pasado comunista, aunque los antiguos responsables procuraron, en su mayoría, ponerse a cubierto. En cambio, en otros países ese mismo pasado fue considerado como una etapa más del nacionalismo.

La caída del muro de Berlín no superó la existencia de fronteras en Europa. No llegó el tiempo de la Europa unida, aunque se materializaran los ingresos en las organizaciones europeas y trasatlánticas. Las sensibilidades a lo largo del Viejo Continente serían distintas, incluso en lo referente a la relación con Rusia. En este contexto, el aniversario del derrumbamiento del muro no es la fiesta de la gran exaltación de la libertad, pese a la existencia de las conmemoraciones oficiales. El muro se ha vuelto muy lejano, y tenderá a acentuar su lejanía con el paso del tiempo.


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