Confrontación y cooperación en las relaciones chino-norteamericanas

La presidencia de Joseph R. Biden Jr., el político de más edad que ha llegado a la Casa Blanca se inicia, entre otros aspectos, con el interrogante de cómo serán las relaciones entre Estados Unidos y China.

Una nota oficial informaba de una llamada telefónica de Biden al presidente chino Xi Jinping, a modo de felicitación para el comienzo del Año Nuevo chino. El contacto no habría sido meramente protocolario, pues el norteamericano habría puesto también de manifiesto su preocupación por las abusivas prácticas comerciales chinas, el acoso al enclave de Hong Kong, las violaciones de los derechos humanos de la población musulmana de Xinjiang, o los desafíos militares en los mares próximos a China que, entre otros aspectos, ponen en riesgo la seguridad de Taiwán. Unos puntos de vista encontrados que no impedirían, sin embargo, la cooperación en materia de salud, incluyendo las estrategias contra la actual pandemia, la lucha contra el cambio climático y contra la proliferación de armas de destrucción masiva… En las pocas líneas del comunicado de la Casa Blanca aparecen claramente definidas las relaciones chino-estadounidenses: buscar ámbitos de cooperación en un clima de confrontación.

La confrontación, sobre todo en los aspectos comerciales, estaba ya presente en la época de Trump. De hecho, la guerra comercial no va a desaparecer de la noche a la mañana. Antes bien, se mantendrá mientras se buscan otras alternativas. La diferencia podría estar ahora, sin embargo, en una mayor coordinación entre Washington y sus aliados de la región Indo-Pacífico para hacer frente a los desafíos del gigante chino. De hecho, esos países tenían la sensación, probablemente muy fundada, de que los norteamericanos no estaban dispuestos a cumplir sus compromisos más allá de la mera retórica.

La Administración Biden intenta ahora transmitirles una cierta sensación de seguridad que un veterano político ya desaparecido, el primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew, habría visto con escepticismo. Lee consideraba que el gigante chino es invencible desde el punto de vista económico y que tiene en sus manos el arma estratégica del acceso a su gran mercado. Sus vecinos deberían tenerlo en cuenta antes de apostar primordialmente por la carta de Washington. Algún analista lo expresó hace años de forma muy gráfica: China no es un Gulliver que pueda ser reducido por los manojos de cuerdas de unos enanos.

Y en lo que respecta a Washington, Lee era muy claro: los norteamericanos no pueden esperar seguir siendo la única superpotencia mundial. Los chinos quieren que se les reconozca un estatuto de igualdad. En consecuencia, la paz mundial solo puede venir con el retorno al sistema clásico de equilibrio entre las grandes potencias, tal y como ha defendido siempre el casi centenario Henry Kissinger. Esperar que China sea algún día una democracia liberal es un error. Sería el colapso del país. Lee añadía que Xi Jinping es un líder de gran determinación. Difícilmente se le arrancará la sonrisa de su boca, aunque escuche algo que le moleste. Tiene, como decía el político de Singapur, “un alma de hierro”.

De todos los posibles escenarios de confrontación entre Washington y Pekín, el más delicado es el de Taiwán. Un ataque de China contra la isla sería también un reto contra la credibilidad norteamericana ante sus aliados y ante el mundo. ¿Estaría dispuesto Washington a contraatacar en el continente? Evidentemente, ni el Congreso ni la opinión pública estadounidense estarían por esa labor. A Washington, en el fondo, solo le queda la esperanza de que Pekín flaquee ante la posibilidad de las devastadoras consecuencias económicas de un conflicto, a escala regional o a escala global, si bien el gobierno taiwanés debería poner también de su parte y conformarse con su independencia de facto y no provocar al coloso chino con una independencia en todas sus formas jurídicas. Pero lo que es más probable es que en caso de conflicto, Taiwán tendría que resistir por sí misma, y que Estados Unidos, Japón y Corea del Sur harían todo lo posible para que la contienda no alcanzara, de una u otra forma, a sus respectivos territorios.

Tampoco deberían olvidar los estadounidenses que en muchos países se considera a China como el socio comercial indispensable. No se le ve como una amenaza, como cuando en los tiempos de la guerra fría la Unión Soviética pretendía exportar su ideología, ni tampoco es un riesgo militar o una potencia que pretenda ayudar a grupos armados en la oposición. China ha dejado de ser la “ideocracia” maoísta. Los comunistas chinos y su “mercado-leninismo” no tienen el mínimo reparo en negociar con toda clase de regímenes políticos alrededor del mundo. El dominio y la influencia chinos son, ante todo, de carácter económico y tecnológico. Washington y sus aliados tendrán que esforzarse en que los chinos accedan a cooperar en beneficio mutuo, o si se quiere en beneficio de la economía global, y que respeten las reglas de esa cooperación. Pero sobre todo habrá que convencer a Pekín que la cooperación beneficiará también sus propios intereses.


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