Liu Xiaobo: la soledad del disidente

El término disidente parece haber perdido la fuerza que tenía en las décadas de los 70 y 80. Se diría que es un personaje de otros tiempos, propio de sistemas totalitarios ya desaparecidos.

Pero el que no se hable hoy mucho de totalitarismos, y hasta se evite el término porque destila incomodidad, no significa que no existan. Y porque existen, también existen los disidentes, todos aquellos que se enfrentan a sistemas que cuestionan la dignidad humana, aunque a menudo intenten seducir a los gobernados con todo un despliegue retórico. La muerte del escritor chino Liu Xiaobo, Premio Nobel de la Paz en 2010, supone la desaparición física de un disidente, mientras medios de comunicación oficiales afirman que su figura está destinada a caer en el olvido.

Deng Xiaoping es el padre de la China actual, aunque no hasta el punto de hacer olvidar el legado de Mao, del que Deng afirmaba que había cometido un treinta por ciento de errores; pero desacreditar a Mao, del modo que se hizo en la URSS con Stalin, no es aceptable porque sería cuestionar la legitimidad del partido comunista chino. Las viejas heridas, efectos de la masacre de Tiananmen, de la revolución cultural y de otros experimentos maoístas, han intentado ser cicatrizadas con los bálsamos del orgullo nacional y la prosperidad económica. Sin embargo, Liu Xiaobo estaba convencido de que estas recetas eran insuficientes porque eran claramente materialistas, y no eran efectivas frente a la endémica corrupción, resultado inevitable de la ausencia de valores éticos o religiosos.

Liu Xiaobo fue un hijo de la revolución cultural y padeció en su niñez la trepidación de las consignas maoístas, que incitaban a niños y jóvenes a rebelarse contra sus progenitores y superiores en nombre de una revolución inconclusa. Vivió una época de sufrimientos y humillaciones que le dejaron profunda huella. En la década de 1980, siendo doctor en literatura china y profesor de universidad, con un brillante currículo académico y la posibilidad de enseñar en universidades norteamericanas, Liu Xiaobo echó todo por la borda para solidarizarse con los estudiantes de Tiananmen. Desde entonces comenzaría su vida de disidente, en la que no faltaron años de cárcel y arrestos domiciliarios.

Sin embargo, el escritor nunca podría ser clasificado como un mero opositor político. Eso sería olvidar que el disidente, en su versión clásica, tiene una alta preocupación por la ética. No puede concebir la política desvinculada de la ética, es decir, no aspira al poder por el poder. En este sentido, uno de sus slogans era “Ni enemigos, ni odiados”, que otro disidente de la Europa comunista, el checo Václav Havel, podía perfectamente haber hecho suyo.

Las afinidades entre Havel y Liu Xiaobo son evidentes. El checo fue uno de los firmantes de la Carta 77, respetuosa carta dirigida a las autoridades para que cumplieran sus compromisos internacionales en materia de derechos humanos, y el chino también firmó la Carta 08, publicada en medio de la apoteosis olímpica china de 2008, donde se exigía a los gobernantes del país que respetaran los idénticos compromisos suscritos.

Havel recordó en los últimos años de su vida, tras haber sido presidente de Checoslovaquia y de Chequia con muchos de los rasgos del “rey filósofo” de Platón, que el papel del disidente siempre es ingrato. Le falta una necesidad añorada de continuo por el ser humano: el reconocimiento. Pero este solo llegará si cambia la situación política. En Checoslovaquia, en la década de 1970, el horizonte parecía muy lejano, aunque se tratara de la época de la distensión. En la China actual, no lejos de alcanzar el rango de primera potencia económica mundial, ni siquiera se atisba el horizonte de un cambio político. En tales circunstancias, Havel hubiera recordado que si el disidente está pensando de continuo en que le reconozcan, no llegará muy lejos.

En el disidente pueden convivir a la vez la desesperación y la esperanza. El disidente no sabe cuándo y cómo acabara la situación con la que discrepa, pero está convencido, porque es un optimista y no se conforma con la pasividad falsamente tranquilizadora, de que un día acabará aunque él no esté en este mundo para comprobarlo. Y es que la principal conclusión de un disidente es que no se puede cambiar un régimen si no se cambia primero la sociedad, pero la simple técnica de la gota que excava la piedra es capaz de exasperar a cualquier gobierno autoritario.

Liu Xiaobo ha sido un representante de una civilización milenaria, que no se ha dejado llevar por el espejismo de que las ideologías occidentales, supuestamente superiores a las tradiciones de su cultura, servirán para transformar a China. De hecho, descubrió que el legado occidental es útil para criticar a la China de hoy, pero Occidente tampoco puede quedar a salvo del espíritu crítico. El escritor podía ejercerlo por medio de sus poemas y ensayos, que al final nos sirven para llegar a la conclusión de que el disidente está condenado a ser un solitario, casi una pieza de museo o la voz que clama inútilmente ante aquellos que se consideran libres en el tiempo del poscomunismo. Porque es un solitario quien, como Liu Xiaobo, opina que la civilización occidental puede ser útil para salvar a China por un momento, pero es incapaz de salvar a la humanidad en su conjunto.


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