El modelo Trump

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La política debería ser previsible y aburrida. Sería un indicador para señalar que las cosas van bien, o no del todo mal, en un país. Sin embargo, si la política se convierte en un continuo espectáculo, en el que importa menos la gestión del día a día que los titulares llamativos, no tanto de la página principal de los medios como de una cuenta de Twitter, podemos decir que el país tiene un problema. Es lo que está pasando con Donald Trump. Algunos analistas suponían que dejaría de lado sus impulsos y trabajaría con un equipo de gobierno capaz de restañar las heridas de las primarias en el Partido Republicano.

No ha sucedido nada de esto. Trump sigue mostrándose tan desinhibido como en la campaña electoral y hasta puede permitirse el lujo de ser excéntrico, algo que se decía antes de los millonarios. Sesudos analistas afirman que sus propuestas son un error y, por supuesto, utópicas. Por tanto, debería adaptarse a la realidad de las cosas. Los hechos son tozudos, pero bien podría decir el presidente que peor para los hechos. En la mente de Trump quizás puede haber este argumento: si estos supuestos errores me han permitido ganar las elecciones, ¿por qué cambiar de registro? La gente me ha votado porque mi lenguaje es directo, sencillo y claro, lejos de las peroratas de los expertos. No todo son análisis excesivamente documentados que fomentan la duda y la toma de decisiones. La intuición también existe y la audacia no es ajena a la improvisación. Cuando se atisba una posible solución, por encima de todas las cavilaciones de los expertos, hay que ir a por ella sin perjuicio de ligeras rectificaciones posteriores. Esta mentalidad es propia de ciertos hombres de negocios a los que se les enciende, con frecuencia, la bombilla luminosa de su intuición, compran y venden aquí, y mañana allí… Son los que creen, como si fuera un dogma casi religioso, que solo el que arriesga gana, y todos aplauden sus decisiones si hay un final feliz.

Transportar este modelo a la política solo puede crear inquietud y desasosiego entre los amigos y los adversarios. La política entendida como diálogo o cooperación al servicio de fines comunes entre los ciudadanos de un mismo país choca radicalmente con esta forma de concebir el mundo. Por el contrario, la política se convierte en una partida de póquer en la que el ganador se lo lleva todo o, al menos, a eso aspira. Y cuando existe el diálogo, se basa exclusivamente en algo tan poco sólido como los intereses respectivos que, por naturaleza, pueden ser cambiantes. En esa clase de diálogo nunca está ausente la desconfianza. Ni que decir tiene que el modelo Trump es el del self made man, que no debe nada a nadie. Además guarda relación con el héroe solitario de las películas de Hollywood e incluso con el bad goodman, que hizo fortuna en la pantalla a partir de la década de los sesenta.

Aquí va una anécdota reciente: en las redes sociales apareció una información de que el actor Harrison Ford comparaba a Trump con Indiana Jones y Han Solo, personajes que él había encarnado. Lo único cierto de esta información es que a Donald Trump le gustan este actor y sus personajes. No creo que desdeñara, medio en broma y medio en serio, echar mano del látigo y el sombrero como Indy. Sin embargo, Harrison Ford dijo que el sentimiento de admiración no era mutuo. En cualquier caso, Donald Trump se considera un héroe americano de nuestro tiempo. La multiplicación de sus ingresos así lo demostraría. El presidente es la perfecta conjunción entre un nacionalismo con raíces en los mitos populares, alimentados por el cine y otros medios de comunicación, y un mercantilismo que es indiferente a las razones de la política.

Y si hablamos de cultura popular americana, ¿cómo no pensar en la comedia musical? Un clásico es Anything Goes de Cole Porter, estrenado en 1934. La letra de su canción principal, de idéntico título, criticaba a la alta sociedad de los años de la gran depresión. Por cierto, también aparecía en Indiana Jones y el templo maldito. El estribillo de esta canción bien podría seguir siendo actual. But now, God knows, anything goes. Todo vale. Encaja perfectamente en la era de la posverdad.


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