Consejos para la diplomacia de Trump: ¿Una apuesta por un equilibrio inestable?

Vladímir Putin y Rex Tillerson, presidente de ExxonMobil y futuro secretario de Estado de EE.UU., en la firma de un acuerdo entre el gobierno ruso y la petrolera (Moscú, 2012)

Vladímir Putin y Rex Tillerson, presidente de ExxonMobil y futuro secretario de Estado de EE.UU., tras la firma de un acuerdo entre Rosneft y la multinacional norteamericana (Moscú, 2012)

El historiador británico Niall Ferguson, biógrafo oficial de Henry Kissinger, ha hecho una interesante reflexión de cómo habría de ser la política exterior de Donald Trump.

Ferguson admira la perspectiva mundial de Kissinger, de mente muy despierta a sus noventa y tres años, e imagina un escenario geopolítico plenamente adaptado a las clásicas teorías del equilibrio de poder entre las grandes potencias. Ha de ser el equilibrio, y no tanto el Derecho o las organizaciones internacionales, lo que garantice la paz mundial.

Es lo mismo que afirma el ex secretario de Estado norteamericano en su libro World Order (2014), y Ferguson, con abierto entusiasmo, defiende esta teoría ampliamente extendida en Europa entre la paz de Westfalia (1648) y el final de la II Guerra Mundial (1945). La teoría del equilibrio era la base de los tratados, pero como el equilibrio es, por definición, inestable, nunca fue capaz de evitar las guerras.

En la revista The National Interest, Ferguson pasa revista a las prioridades de la diplomacia norteamericana haciendo suyas las opiniones de Kissinger en los siguientes ámbitos:

  1. Mejorar las relaciones EE.UU.-China: Trump no debería enfrentarse a Pekín ni en el ámbito económico ni con su flota en las aguas del mar de la China meridional. Cualquier incidente puede desencadenar una peligrosa confrontación. Hay que mantener un diálogo permanente con Xi Jinping.
  2. Reconocer a Rusia un estatus de gran potencia: Acosar a Rusia impidiéndole conservar su área de influencia llevará a la inestabilidad de este gran país y alentará secesiones internas que podrían repetir el escenario de las guerras de la antigua Yugoslavia. En consecuencia, Ucrania debe olvidar sus aspiraciones europeas y atlánticas. En el mejor de los casos, debe seguir el camino de las neutrales Austria y Finlandia durante la guerra fría.
  3. Persuadir a Europa de que la diplomacia sirve de poco sin hacer uso efectivo de la fuerza: La visión de Kissinger sobre Europa siempre fue escéptica desde la década de 1970. Quien cree en el sistema de equilibrio, considera ilusorio el proceso de integración europeo. Ve en el Brexit una oportunidad para que Europa adquiera responsabilidades estratégicas, pero en el fondo duda de que tenga éxito.
  4. Propugnar un papel más activo de Washington en Oriente Medio: Habría que llegar a un acuerdo en Siria similar a los acuerdos de Dayton que dividieron de facto Bosnia-Herzegovina en 1995. No hay que abandonar una política de contención respecto a Irán, aunque se respete el acuerdo nuclear, y con esa política los norteamericanos recuperarán la confianza de Israel, Arabia Saudí y el resto de las monarquías del Golfo. Respecto al conflicto palestino-israelí, se aconseja mejorar las condiciones de vida de los palestinos y profundizar en su autonomía política aunque sin otorgarles plena soberanía. Ni que decir tiene que se hará preciso un entendimiento con Moscú en la región sobre todo si se pretende destruir al Daesh.

Son propuestas de pleno realismo, aunque conllevan una serie de riesgos, entre ellos el de saber que toda teoría del equilibrio se caracteriza por su provisionalidad.

Si la diplomacia norteamericana en Europa apuesta por los vínculos bilaterales, sobre todo con Francia y Gran Bretaña, corre el riesgo de dejar en segundo plano a Alemania que, hoy por hoy, es el núcleo central de Europa.

Si se hace una mejora de relaciones con Rusia, los países como Polonia o las repúblicas bálticas pueden sentirse traicionados.

Del mismo modo, una profundización de relaciones con China conllevará una gran desconfianza en Japón y otros aliados asiáticos de Washington.

La visión del mundo de Kissinger, secundada por Ferguson, convierte el mundo en un condominio estratégico entre EE.UU., Rusia y China. No era muy diferente la visión de Kissinger cuando era secretario de Estado. En este escenario, Europa y Japón brillan por su ausencia, pero también son ninguneados países emergentes como Brasil, India y Sudáfrica. También Turquía será un perdedor en cualquier posible entente ruso-norteamericana.

Cabe preguntarse si este es un escenario auténticamente realista o una teoría entresacada de muchas lecturas históricas. Recordemos, no obstante, que en la política exterior de Obama, de un modo menos explícito, también se contempló esta clase de realismo, y ya hemos visto los resultados.


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