El previsible continuismo de la política exterior de Trump

trump-putinNavegar por la agenda exterior de Donald Trump, dos meses antes de la toma de posesión de su presidencia, es una labor compleja. El analista no puede limitarse a recordar las propuestas que ha hecho a lo largo de su campaña electoral y que han sembrado la alarma entre algunos aliados de Washington. Alguien dijo alguna vez que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas, pero no deja de ser una afirmación superficial pues un candidato quiere llevar a la práctica su programa, aunque solo sea en parte si las circunstancias no acompañan. Lo que lleva a cuestionar un programa político es que pueda darse de bruces con la realidad, y aun así hay líderes políticos que lo sacrifican todo o a su ideología, o a sus apetencias personales.

Es fácil decir que Trump supone una ruptura con Obama, pero, ¿será realmente así en política exterior? Al actual presidente se le ha acusado de ejercer un liderazgo entre bastidores, el famoso leading from behind,. Esta opinión sirve para considerarle un presidente que opta por la ambigüedad y practica un aislacionismo que no se atreve a confesar su nombre. También se dijo de él que no podía ser considerado el líder del mundo libre, como los presidentes de la guerra fría, y que haría un excelente papel si hubiera llegado a ser primer ministro de Canadá. Una política opuesta a este planteamiento requeriría un mayor intervencionismo en el exterior, pero no es eso lo que cabe esperar de Trump. Es cierto que el eslogan del presidente electo es Make America Great Again, aunque esto solo puede ser entendido desde otro eslogan tradicional de los republicanos, America First. Tras los fracasos exteriores de la presidencia de Bush y la crisis económica de 2008, se diría que grandeza de América reside en el interior, y en ese sentido se comprende la afirmación de Obama de que las tareas de nation building, en la línea de las practicadas con escaso éxito en Afganistán e Irak, deben ejercitarse, ante todo, en casa. Donald Trump estaría de acuerdo con su predecesor. No debemos esperar de él ni políticas neoconservadoras ni mucho menos de internacionalismo liberal.

¿Es Trump un aislacionista, al igual que los republicanos de las décadas de 1920 y 1930? En el mundo de hoy no caben esas posturas extremas, pero lo cierto es que la victoria de Trump supone más dosis de soberanismo y nacionalismo en la que sigue siendo la primera potencia mundial. La cooperación internacional siempre ha tenido en la diplomacia norteamericana un alcance limitado, con independencia de quien ocupara la Casa Blanca. Un demócrata como el célebre diplomático George Kennan creía en el equilibrio de las potencias, como en la Europa del siglo XIX, o un republicano como Henry Kissinger compartía similares postulados al referirse al triángulo diplomático Rusia-China-EE.UU. Los norteamericanos, y en esto no son diferentes de rusos y chinos, prefieren la diplomacia bilateral aunque formen parte de foros multilaterales. Trump no será precisamente quien cambie las cosas.

Se habla mucho de la buena relación personal entre Vladímir Putin y Donald Trump. De ahí el pronóstico de una mejora de las relaciones entre Rusia y EE.UU. A este respecto, deberíamos recordar el acercamiento de George W. Bush al presidente ruso tras el 11-S, y mucho más recientemente el reset escenificado por Hillary Clinton y Serguéi Lavrov al comienzo de la presidencia de Obama. ¿Quién se acuerda hoy de eso? Más allá de los elogios personales, Rusia espera de la Administración Trump un levantamiento de las sanciones por el conflicto de Ucrania. ¿Cabe esperar que ambos países sean nuevos socios estratégicos? ¿Está dispuesto Washington a sacrificar a los vecinos de Rusia que son sus aliados? Lo que Rusia siempre esperará de EE.UU. es su reconocimiento implícito de que sigue siendo una gran potencia como en la época de la guerra fría. ¿Lo es en realidad, o más bien es una potencia regional con aspiraciones que la sobrepasan? La desproporción, que no se mide en aspectos militares ni en el poder de las oscilantes fuentes de energía, es evidente. ¿Qué ventaja comparativa, si hablamos en términos exclusivamente económicos, aporta Rusia a EE.UU.? Está claro que la relación personal es totalmente insuficiente.

Respecto a la posición de Trump sobre la OTAN, solamente se ha limitado a repetir una constante en la diplomacia norteamericana: la exigencia de que los aliados aumenten sus gastos de defensa. Han insistido en ello, pero con escaso éxito, desde la Administración Bush y la Administración Obama. No hay alicientes para hacerlo en Europa: ni la evolución de la crisis económica ni la percepción de una amenaza exterior más allá del terrorismo islamista. El nuevo presidente no conseguirá mayor receptividad de los aliados en este asunto. La OTAN, al igual que otras organizaciones internacionales, no será sacudida por un cataclismo pero su destino será seguir languideciendo. De vez en cuando, asumirá alguna propuesta con la que reinventarse a sí misma, tal y como ha ido sucediendo desde el final de la guerra fría.

¿Cancelará Trump el acuerdo nuclear con Irán? Lo que, en realidad, cancelará serán las esperanzas de convertir a Irán en un nuevo aliado de EE.UU., a costa de los socios tradicionales en la región como Arabia Saudí, Turquía o Israel. Trump nunca se ha creído que Irán es una especie de China, comparable a la de Mao visitada por Nixon y Kissinger en 1972. ¿Dónde está el enemigo común para aliarse con ella? ¿Los yihadistas? Es mejor combatirles con la asistencia de saudíes y turcos, que no están dispuestos a que Irán se convierta en la potencia dominante en el área. Reforzar las relaciones con unos aliados ofendidos por la actitud de la Administración Obama será una preferencia para Trump.

En cuanto a Siria, no es creíble que surja una alianza consistente entre Rusia y EE.UU. para combatir al Daesh. Para los rusos es una cuestión secundaria, pues aspiran principalmente a mantener sus bases militares en Siria, sus únicas ventanas al Mediterráneo otorgadas por el régimen amigo de Al Asad. Su apuesta es preservar este régimen, aunque sea en una extensión territorial reducida. En cambio, los aliados de Washington, Arabia Saudí y Turquía, quieren destruir el régimen sirio. Si Trump da una mayor importancia estratégica a estos socios, no secundará las pretensiones rusas. ¿Se implicará más Washington sobre el terreno en el conflicto sirio? Se pueden intensificar los bombardeos sobre el Daesh, pero poco más. Donald Trump se opone a las intervenciones exteriores, y es conocida su oposición a las guerras de Afganistán e Irak. Una vez más, se impone aquí el eslogan de America First.

Por último, la elección de Donald Trump suscita inquietud entre los aliados de EE.UU. próximos a China. ¿Pueden esperar garantías de seguridad frente al coloso asiático? Los chinos no consideran a los norteamericanos como una potencia del Pacífico, por lo menos del que está cercano a sus costas. Disponen de una gran arma económica: su mercado interior. Cerrarlo o restringirlo a sus vecinos les perjudicaría notablemente. Si a esto añadimos la desconfianza de Trump hacia los tratados de libre comercio, solo cabe reiterar que el Transpacific Partnership (TPP), alternativa económica de EEUU a China, pasará por horas bajas. Se extenderá, y de hecho ya ha empezado a extenderse, la percepción entre los países de la zona que es indispensable una buena armonía con China. La diplomacia de Pekín es maestra en el arte de la seducción política y económica. No vemos al nuevo presidente norteamericano implicándose a fondo para contrarrestarla.


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