60 aniversario de la crisis de Suez: lecciones de historia y de actualidad

suezEn este mes de noviembre se cumplen 60 años de la crisis de Suez, en la que Francia y Gran Bretaña tuvieron que plegarse a las presiones de EE.UU. y la URSS y retiraron sus tropas de Egipto, enviadas como respuesta a la nacionalización del canal por el presidente Nasser.

Fue una aventura de corte colonial, mal planteada desde el principio, en un mundo que nada tenía que ver con el inmediatamente anterior a la II Guerra Mundial, pese a estar muy próximo en el tiempo. Es cierto que se intentó revestir a esta aventura de un toque de “guerra fría” o incluso de “guerra justa”, al presentar a Nasser como comunista o como un nuevo Hitler de rasgos árabes. Esta imagen no convenció a nadie, y las tropas que habían salido vencedoras sobre el terreno, tuvieron que retirarse. Un Nasser derrotado se convirtió en el auténtico vencedor.

Recordar estos hechos va más allá de la pura efeméride. Sirven para recordarnos la dificultad de ganar una guerra, pese a la superioridad militar, si no se tiene a favor a la opinión pública, nacional o internacional, y si se carece de objetivos concretos, palpables, para cuando callen las armas. Sin embargo, algunos historiadores destacan que aquella acción militar “mal preparada y patética”, según el diplomático americano George F. Kennan, contribuyó al nacimiento de las Comunidades Europeas. Se dice que el canciller alemán Konrad Adenauer comentó en 1956: “Europa será nuestra revancha”. Pero estas palabras ya no tienen un tono triunfante sesenta años después.

En cualquier caso, Suez marcó el inicio de una mayor cercanía y asociación entre Londres y Washington, pues los británicos, siempre reticentes a implicarse en asuntos de la Europa continental, consideraron que el verdadero poder mundial radicaba al otro lado del Atlántico. ¿Podrían hoy decir lo mismo? La implicación de la Gran Bretaña de Blair en la guerra de Irak, más allá de lo que aconsejaba una cierta prudencia, no fue demasiado acertada para la relación trasatlántica, y el Brexit está lejos de potenciar esa relación, porque el mundo es demasiado complejo y su futuro no se juega solo en el espacio euroatlántico.

Tampoco la intervención militar franco-británica en Libia en 2011 pudo considerarse, aunque algunos así lo presentaran, como un desquite de Suez. Londres y París actuaron por delegación de Washington, pero los resultados están a la vista. No solo dejaron un vacío de poder en Libia, con una guerra civil prolongada, sino que también arruinaron los esfuerzos de Naciones Unidas para la protección de la población civil en los conflictos armados. Difícilmente se aprobará ahora una resolución del Consejo de Seguridad en este sentido, como la n. 1973, pues siempre será interpretada como un intento de legitimación de los intereses de las grandes potencias.

El fracaso de Suez supuso para Londres una especie de Brexit, únicamente corregido con su ingreso en las Comunidades Europeas en 1973, gracias a la tenacidad de un conservador tan pragmático como el primer ministro de entonces, Edward Heath. Por cierto, cuando era un veterano diputado de Westminter y habiendo superado con creces los ochenta años, Heath ya tuvo ocasión de mostrar sus abiertas discrepancias con aquel periodista eurófobo llamado Boris Johnson, aunque en 2016 el cronista, transformado en político, alcanzó una amarga victoria sobre Europa. Y Suez implicó también el origen de la entente franco-alemana, motor durante décadas de la construcción europea. Con todo, actualmente asistimos a la desproporción entre una Francia, debilitada por su convulsa política interna y sus problemas económicos, y una Alemania fuerte en lo económico, aunque sin voluntad de liderazgo europeo.

Suez implicó también la pérdida de poder de Europa en Oriente Medio, colmado enseguida por americanos y soviéticos. Sin embargo, ni el final de la guerra fría ni el nacimiento de una diplomacia europea han servido para que Europa recupere capacidad de influencia en esa región, donde Washington intenta mantenerse, pese a los fiascos de Irak y Afganistán, y Moscú a duras penas se aferra a su aliado sirio. Para el futuro de Oriente Medio cuentan bastante más los intereses de Turquía, Irán, Arabia Saudí y los países del Golfo Pérsico. El conflicto de Siria, prolongado durante más de cinco años, es otra muestra de la pérdida de influencia europea. Ni Kerry ni Lavrov se han sentido obligados, y esto ha cambiado poco desde 1956, a asociar a Europa a sus iniciativas diplomáticas.


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