Jul 17 2016

Golpe fallido en Turquía: ¿un “regalo de Dios”?

Turkish President Tayyip Erdogan speaks to media in the resort town of Marmaris

Se dice que el fallido golpe de Estado en Turquía ha fortalecido a Erdogan. Desde este planteamiento se comprendería muy bien aquella frase del presidente turco, en su primera comparecencia en la televisión de que el golpe había sido “un regalo de Dios”. Puede que haya sido un regalo para Erdogan, pero no  para Turquía. Es una amarga victoria que la intervención militar se haya cerrado con 265 muertos y 2839 detenidos, sin contar las depuraciones en la administración de justicia. Continue reading


Jul 12 2016

Rusia y la OTAN tras la cumbre de Varsovia: la tensión en sus justos límites

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No hemos encontrado ningún titular de prensa que diga así: “Crece la tensión con Rusia tras la Cumbre de la OTAN en Varsovia”, ni tampoco ninguna alusión a una rueda de prensa del ministro de asuntos exteriores ruso, Sergei Lavrov, en la que se vertieran fuertes críticas a la reunión de los Jefes de Estado y de Gobierno de la Alianza. Hemos leído, en cambio, un comentario de la portavoz del ministerio, María Zakharova, que podemos calificar de “mesurado”, sin que esto suponga un abandono de los habituales argumentos empleados por la diplomacia rusa.

El comentario de Zakharova es un ejemplo de que las relaciones entre Moscú y los Estados occidentales no están ancladas, pese a las apariencias, en las coordenadas del verano de 2014, poco después de producirse la anexión de Crimea y de recrudecerse el conflicto en Ucrania oriental.  Por un lado, la OTAN sigue siendo fiel a su estrategia de combinar la contención y el diálogo con Rusia.  En este sentido, los términos del párrafo 3 de la Declaración de Varsovia se refieren a “las agresivas acciones de Rusia, incluyendo  las provocadoras actividades militares en la periferia del territorio de la OTAN y su demostrado propósito de alcanzar objetivos políticos por la amenaza y el uso de la fuerza”, y no falta una enumeración de las actividades militares rusas consideradas una amenaza para la estabilidad y seguridad de Europa (párrafos 9 y 10).  Pero, a pesar de todo, incluida la suspensión de la cooperación práctica civil y militar con Rusia, la Alianza reafirma su propósito de mantener el diálogo político por medio del Consejo OTAN-Rusia  y de las líneas militares de comunicación existentes. El objetivo, conforme al párrafo 12, es evitar malentendidos, errores de cálculo o escaladas que lleven a una confrontación no deseada, en el fondo,  por ninguna de las partes. Sin embargo, en el párrafo 15 se reitera la llamada a un cambio de actitud de Rusia para que las cosas vuelvan a la normalidad.

¿Quién cree, de verdad, que se puede volver a la situación anterior a 2014? Es como intentar que la pasta de dientes salida de un tubo vuelva a entrar otra vez dentro. Los occidentales pueden dar a Moscú toda clase de argumentos jurídicos basados en el derecho internacional, pero los rusos no sacrifican sus razones históricas, por no decir geopolíticas, a ningún normativismo, o bien interpretan las normas en función de sus intereses y de unos valores para nada ajenos a su historia secular. Para Moscú, Crimea es un tema que no tiene vuelta atrás y para el que tienen también sus argumentos jurídicos, desde un referéndum hasta las decisiones al respecto del poder legislativo ruso. Respecto al  asunto de Ucrania oriental, lo interpreta como algo que está en manos de Kiev para alcanzar algún tipo de solución que respete los derechos de los ucranianos rusófonos. En consecuencia, habría que ceñirse al statu quo y no obsesionarse con “una ilusoria amenaza del este”, en palabras de Zakharova.  Sí, hay una amenaza a la seguridad en Europa, reconoce la portavoz rusa, pero viene del sur, entendiendo por tal el terrorismo islamista. Está en lo cierto, pues no se puede negar que afecta tanto a Rusia como a Europa, y el hecho de que los atacantes del aeropuerto de Estambul fueran originarios de repúblicas ex soviéticas de Asia Central es un ejemplo entre otros que se podrían citar.

María Zakharova critica en su comentario los intentos de la OTAN de romper el equilibrio de fuerzas en Europa, incluyendo el despliegue del sistema antimisiles de la Alianza, pero al mismo tiempo saluda la reunión, prevista para el 13 de julio, del Consejo OTAN-Rusia. Y en su propósito de no elevar la tensión más allá del nivel existente, la portavoz elogia la propuesta del presidente finlandés, Saulii Niinisto, para mejorar la seguridad aérea en el Báltico.

Corren rumores de una mayor proximidad entre  la OTAN y los dos únicos países nórdicos neutrales, Suecia y Finlandia, e incluso de un proceso de incorporación de ambas naciones a la Alianza, pero es difícil pensar que no estemos ante una situación coyuntural. En el  pasado mes de abril, el partido gobernante en Helsinki apuntó en un documento que Suecia y Finlandia deberían ingresar simultáneamente en la Alianza. Pero el presidente Niinisto, que invitó a Putin a visitar su país recientemente, no está de acuerdo con esta idea, por lo que se ganó las críticas de algunos políticos suecos y lógicamente las de políticos bálticos. En realidad, el mandatario finlandés no dice nada distinto de la posición oficial de la OTAN: “la comunidad internacional debe dejar claro que Rusia actúo de manera incorrecta con respecto a Crimea, pero es importante mantener el diálogo con Moscú”. También dijo algo parecido, en otro contexto, el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, al referirse a la necesidad de mantener el diálogo con Rusia, en beneficio de las dos partes, y a pesar de las sanciones.

La reacción de Rusia a la Cumbre de Varsovia es de alcance limitado, tanto como el de la propia OTAN, que quiere seguir teniendo abierto un foro de diálogo con Rusia. La tensión en sus justos límites.


Jul 4 2016

Elie Wiesel: la transfusión de la memoria

ShowImageLa última vez que leí una cita de Elie Wiesel,  el Premio Nobel de la Paz fallecido en Nueva York el 2 de julio de 2016, fue en el discurso del papa Francisco en la recepción del Premio Carlomagno. El pontífice lo recordó al referirse a la “transfusión de la memoria” para evitar la repetición de los errores del pasado.  De eso sabía bastante Wiesel que padeció los horrores de los campos de Auschwitz y Buchenwald, con apenas dieciséis años, con la demoledora experiencia de perder allí a sus padres y a una hermana. Su único delito era su condición de judíos en el tiempo de una ideología asesina que dividía a los seres humanos en “infrahombres” y “superhombres”.

Elie Wiesel tenía sobradas “razones” para encerrarse en sí mismo tras haber dejado atrás aquella pesadilla o para alimentar sentimientos de venganza que le llevaran a una nueva prisión de por vida. Sin embargo, no fue así y sus tareas de periodista y escritor estuvieron dedicadas en el rescate de la memoria de las atrocidades padecidas por él y su familia, siempre con el objetivo de evitar que volvieran a pasar. En su discurso de recepción del Nobel de 1986 se identifica con un adolescente que pregunta a su padre cómo podían suceder tales cosas en el siglo XX, pues ya no vivíamos en la Edad Media. La pregunta está cargada de ingenuidad, pues implica haber asumido la creencia de que el progreso técnico tenía que haber hecho mejores personas. Pero las ideologías, sean del signo que sean, no bastan para transformar al ser humano en el “hombre nuevo”, soñado por los totalitarismos. También otros se preguntaron cómo podían suceder hechos tan inhumanos en Alemania, la patria de Goethe.

La transfusión de la memoria sigue siendo una necesidad urgente en una época como la nuestra de individuos-masa que se ocultan en ellos mismos o en pequeños grupos en los que se sienten seguros. Esto es muy propio de un mundo desorientado que no busca referencias en el pasado y se aterra ante el futuro. Hay que hacer una transfusión de la memoria para superar la temible barrera de la indiferencia. Wiesel no podía olvidar lo  vivido, que conllevó la pérdida de su familia y de su fe judía. En su trilogía La noche, El alba y El día llegará a escribir que ante la pregunta de dónde estaba Dios en esos momentos, sentirá una voz interior que le responde: en los hombres colgados de la horca de los campos de exterminio. Wiesel enlaza así con una tradición humanista que también es la de la filosofía del mundo clásico, la misma que llevó a Séneca a proclamar que el hombre es algo sagrado para el hombre.

Los últimos años de la vida de Wiesel no estuvieron exentos de polémica. Se vio atacado, incluso físicamente, por los negadores de la existencia de los campos y también por aquellos que aseguraban que algunos judíos habían puesto en marcha una rentable “industria” del Holocausto para obtener ingresos por medio del victimismo. Otros aseguraron que los libros de Wiesel que le dieran fama tampoco habían sido escritos por él. En cualquier caso, libros como La noche, habrían sido muy diferentes si un Elie Wiesel, un periodista de veintiséis años, no se hubiera encontrado con un veterano novelista católico, el Premio Nobel François Mauriac, de sesenta y nueve años. Su encuentro para una entrevista acabó, en un principio, con una fuerte discrepancia: ¿qué comparación podía establecerse entre el sufrimiento del Cristo en la cruz de Mauriac y el de los seis millones de judíos sacrificados por el nazismo? Wiesel no lo veía comparable y salió airado de la casa de Mauriac, pero éste le detuvo y le invitó a pasar de nuevo, no para darle argumentos sino para pedirle que le hablara claro y le contara todas las atrocidades que había vivido. Fueron varias horas de desahogo y de escucha, que culminaron en un abrazo entre los dos hombres. Poco tiempo después, Mauriac le dedicó un libro con estas palabras: “A Elie Wiesel, un niño judío que fue crucificado”. No se tomó a bien la dedicatoria, pero luego se daría a cuenta de que era una forma con la que el escritor francés le demostraba su cariño.

Elie Wiesel dedicó también sus energías a luchar contra otras formas de opresión en el mundo de nuestros días. Sus palabras no solo eran para recordar el Holocausto. También fueron empleadas en defender a Sajarov, Walesa, Mandela, los kurdos, los camboyanos, los desparecidos argentinos, o incluso a las víctimas palestinas. No había que silenciar aquellas situaciones, en las que no cabía ni el olvido ni la neutralidad, actitudes que, según recordó al recibir el Nobel, ayudan a los opresores, nunca a las víctimas. El olvido no cabe cuando la dignidad humana es pisoteada. El sufrimiento es mayor cuando las víctimas sienten que están siendo olvidadas.

La memoria de Wiesel nos sirve también para recordar lo evidente: en las relaciones internacionales, los Estados y sus intereses ya no son los únicos protagonistas. Lo son también los individuos concretos, con sus sufrimientos y esperanzas, su dignidad y sus derechos, sin los que no se puede construir ninguna paz.