May 28 2013

El sueño del Pacífico de John Kerry

El discurso más importante del secretario de Estado, John Kerry, en los meses iniciales de su mandato fue pronunciado el pasado 22 de abril en Tokio. Podemos calificarlo de discurso dedicado al Sueño del Pacífico, bien diferente del Sueño Chino que fue expuesto por Xi Jinping en su toma de posesión como presidente de China.

Esta intervención pública de Kerry pretende ser clarificadora para quienes conciben la presencia norteamericana en Asia y el Pacífico en términos preferentemente militares, El Sueño del Pacífico de Kerry no se ajusta a estos parámetros clásicos que implican la superioridad aérea y naval de EEUU en el océano más extenso del planeta. Antes bien, el término clave empleado por Kerry es el de “crecimiento”, lo que supone reconocer la primacía de lo económico. Una política de equilibrio respecto al coloso chino, que cuenta con 1300 millones de habitantes y cuyas ambiciones globales son conocidas, resulta de corto alcance si se ciñe al ámbito de lo militar. De ahí que haya que replantear la política exterior de EEUU en un mundo de equilibrio de potencias en términos diplomáticos, económicos y culturales. El problema es que los asuntos de Oriente Medio, pueden restar energías a los proyectos americanos en Asia y el Pacífico. En Oriente Medio Washington sigue jugándose su credibilidad, incluso entre sus socios europeos, aunque la región esté dejando de formar parte de sus prioridades estratégicas. Ahora mismo estas son más importantes en el Golfo Pérsico que en el Próximo Oriente, con lo que esto tiene de riesgo para un nuevo estancamiento del conflicto israelo-palestino.

Por otro lado, Asia sigue creciendo como el centro de los intereses económicos estadounidenses, que necesitan un Asia pacífica y no sometida a la hegemonía china. Pero también estamos asistiendo a la paradoja de que EEUU garantice la seguridad en Asia mientras China se lleva los beneficios económicos. En consecuencia, la política exterior norteamericana pasa por aislar a China de sus vecinos, aunque esta táctica de cerco nunca sea reconocida explícitamente. Por  otro lado, la hegemonía americana en los mares se apoya en la defensa de la libertad de la navegación e incluso del convenio de las Naciones Unidas sobre el derecho del mar. Si alguien amenaza esta normativa, la sospecha no recaerá sobre Washington sino sobre Pekín y su lista de reivindicaciones de islas y archipiélagos.

Con todo,  la principal baza de China, que es también la de Rusia en Europa, es la del diálogo bilateral con sus vecinos, y no con las organizaciones regionales en que están representados. La Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) nunca será un bloque político-económico que tenga una sola voz frente a China, pues algunos de sus miembros como Laos y Camboya son muy dependientes de Pekín.

El gran instrumento de EEUU para aislar a China es el Trans-Pacific Partnership (TPP), una asociación de ambas riberas del Pacífico y en la que se combinan una dimensión económica librecambista y la defensa de la democracia y los derechos humanos. En la TPP Washington intenta interpretar el papel de campeón de la democracia, pero esto difícilmente se sostiene con la presencia de países como Singapur, Vietnam y Myanmar, que no reúnen las credenciales democráticas, pero que el pragmatismo norteamericano tiene que aceptar en su estrategia de contención hacia China.

¿No recuerda el sueño del Pacífico de Kerry la historia del gigante Gulliver atado mientras dormía por los enanos de la isla?


May 20 2013

La inacción americana en Siria

La trágica situación de estancamiento del conflicto en Siria es un ejemplo de la complejidad de la escena internacional. Durante la guerra fría, con un mundo reducido a la engañosa distinción entre gobiernos pro-americanos y pro-soviéticos, podía haber tenido lugar un conflicto de interposición en el que los aliados respectivos se hubieran combatido sin que las superpotencias intervinieran directamente. En la década de 1990, con una Rusia debilitada tras la caída de la URSS y una China no demasiado activa en los asuntos internacionales, una “operación quirúrgica” aérea al estilo de las guerras del Golfo y los Balcanes,  legitimada con una resolución del Consejo de Seguridad, podría haber dado sus frutos. Sin embargo, después de las invasiones de Afganistán e Irak, en las que fue más fácil ganar la guerra que la paz, el miedo a los costes económicos y psicológicos de una intervención militar pesa sobre la política exterior de EEUU.

Washington se enfrenta hoy al siguiente dilema: no puede abdicar de su rango de superpotencia y desinhibirse de la situación en Siria, Irán, Afganistán o Corea del Norte, por no mencionar el punto muerto de las negociaciones entre israelíes y palestinos, pero al mismo tiempo, tal y como reconoce Robert D. Kaplan, un defensor del realismo en las relaciones internacionales, sabe que las posibilidades de éxito en la búsqueda de soluciones estables son muy escasas. No obstante, EEUU se lanza a un obligado frenesí diplomático, que empezó Hillary Clinton y ahora continúa John Kerry, sin olvidar los recientes viajes de Obama al sureste asiático y Oriente Medio. Sigue la máxima de Talleyrand de negociar con todos y en todas partes, porque si no lo hiciera, la opinión pública y los medios de comunicación le reprocharían su inactividad. El método empleado en las giras diplomáticas consiste en hacer cuadrar dos cosas aparentemente contradictorias: intentar tranquilizar a los aliados en el sentido de que EEUU será fiel a sus compromisos y tratar de buscar puntos de interés común con los adversarios para hacer posible una mínima cooperación. Esto tiene el riesgo de despertar recelos entre los aliados y llevar incluso a que éstos puedan plantar cara a los americanos. Por ejemplo, ¿ha conseguido la Administración Obama ejercer algún tipo de influencia sobre el gobierno de Netanyahu para desbloquear la cuestión palestina? Pese a todo, se ha calificado de éxito del viaje de Obama a la reconciliación turco-israelí, aunque probablemente ésta no se hubiera producido sin el agravamiento de la situación en Siria y sin las dificultades internas de Netayanhu. Hay que reconocer que no estamos en los tiempos de la diplomacia de Kissinger. El mundo de hoy es más complejo y en algunos casos, pese a la constelación de organizaciones y foros internacionales, tiende hacia una cierta anarquía. Los políticos no lo querrán reconocer, pero el bilateralismo está ganando posiciones a costa del universalismo, del mismo modo que en el período de entreguerras el sistema de seguridad europeo, adoptado en Locarno, se construyó al margen de la Sociedad de Naciones, aunque en los acuerdos firmados aparecieran las obligadas referencias a la organización universal.

Las limitaciones de la política exterior americana resaltan en el tratamiento de la crisis siria, pues se parte del principio de evitar una intervención armada en la que no está garantizado el éxito final, tal y como sucedió en Afganistán e Irak, y que puede provocar una internacionalización del conflicto con la participación abierta de Irán, principal aliado del régimen de Asad, la hostilidad abierta de una Rusia que no quiere perder su esfera de influencia en Siria, y los temores de un Israel amenazado en sus fronteras. De ahí que se haya adoptado la táctica del “esperar y ver”, válida si algún grupo de oposición, no hostil a los intereses americanos y convenientemente armado, hubiera podido imponerse en la contienda. Pero aunque esto fuera así, no hay garantías de que en la Siria posterior a Asad no hubiera nuevos enfrentamientos y siempre quedaría la incertidumbre sobre los propósitos de Irán para no perder posiciones en la región.

Con o sin Asad, Siria es un quebradero de cabeza para Washington, y pensar que la diplomacia europea pueda aportar más valor añadido a la solución de la crisis, no deja de ser una ingenuidad. Tenemos reciente el caso de la revuelta islamista en Malí, donde la mayoría de los países europeos, con la excepción de Francia y algunos otros, no parece tomarse demasiado en serio lo de que el Sahel es el patio trasero de Europa. Para hablar de Siria, John Kerry viajó a Moscú, no a Bruselas, y de allí salió la propuesta, nada novedosa, de reunir una conferencia internacional en Ginebra en la que participaran representantes del gobierno y de la oposición. Pero la pregunta clave, tal y como dijo un portavoz ruso, es: “¿De qué oposición?”


May 9 2013

George F. Kennan, maestro del realismo

El realismo en las relaciones internacionales no es patrimonio exclusivo de los demócratas ni de los republicanos. A esta escuela pertenecen destacados secretarios de Estado republicanos como Foster Dulles, Schultz y Baker, sin olvidar al más notable de todos, Henry  Kissinger, un gran admirador de Metternich. Por el contrario, se suele incluir entre los idealistas al presidente demócrata Thomas Woodrow Wilson, uno de los inspiradores de la Sociedad de Naciones, que, sin embargo, no encontró apoyo en la mayoría de la clase política de su país para consolidar su proyecto de orden internacional. En contraste, hubo realistas que trabajaron con Administraciones demócratas como Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional de Carter, uno de los grandes valedores, junto con Kissinger, de la asociación estratégica entre Washington y Pekín. Tampoco podemos olvidar al diplomático George F. Kennan, artífice de la estrategia de contención frente a la URSS durante la presidencia de Truman. Kennan murió centenario, en 2005, pero su recuerdo está presente en debates políticos e intelectuales americanos, siempre que se buscan coordenadas para una política exterior en una época tan tremendamente compleja como la nuestra. La adjudicación del Premio Pullitzer en 2011 al historiador de la guerra fría, John Lewis Gaddis, por la biografía George F. Kennan. An American Life, ha despertado más el interés por este estratega del realismo, al que quizás tampoco haya podido sustraerse ese gran lector que es Barack Obama.

La política exterior de EEUU, al igual que la de otros países, parece haber ido abandonando las solemnes declaraciones de principios, aunque éstas no hayan desaparecido por entero de los discursos. De hecho, las reacciones ante los acontecimientos vendrán muchas veces determinadas por las circunstancias, no por dogmas rígidos, y seguramente George F. Kennan habría coincidido con este enfoque, si bien tampoco el presidente Obama nunca compartirá en el ámbito de la teoría su realismo desencarnado, nostálgico de la idea de equilibrio que rigió la sociedad internacional europea desde Westfalia a la I Guerra Mundial.

Durante un ciclo de conferencias pronunciadas en 1951 en la universidad de Chicago y recopiladas en el libro American Diplomacy, Kennan, en la habitual combinación entre realismo e interés nacional, no tenía reparos en afirmar que la Historia podría haber sido distinta si su país hubiera firmado un armisticio con la Alemania del Kaiser sin pretender una victoria total o un cambio de régimen. Quizás esto hubiera impedido el nacimiento y la ascensión del nazismo. Del mismo modo, una mayor comprensión hacia los intereses de Japón en Asia durante el período de entreguerras, acaso habría podido evitar Pearl Harbor. Tampoco fue partidario Kennan de la implicación americana en la guerra de Corea, y mucho menos en la de Vietnam, e incluso vivió lo suficiente para oponerse a la guerra de Irak en 2003, pues solía repetir aquella frase de John Quincy Adams, el sexto presidente americano, de que “una nación no debería ir al extranjero en busca de monstruos que destruir”. De estas reflexiones se puede inferir que la política de equilibrio en las relaciones internacionales era el corolario del pensamiento de Kennan, y este diplomático y profesor americano consideraba que se trataba de la política más compatible con el principio de soberanía e independencia de los Estados, piedra angular del Derecho Internacional Clásico, una mentalidad que desconfiaba, como el propio Kennan, de la eficacia de las organizaciones internacionales. Se da la circunstancia de que esta idea de la balanza de poder está retornando en un siglo XXI de potencias emergentes, aunque ahora algunos quieran revestirlo de multilateralismo. Sin embargo, el punto débil del equilibrio en la escena internacional, en el pasado y seguramente en el futuro, es su inestabilidad intrínseca, lo que no es extraño por ser un relativismo aplicado a la vida internacional.

 La gran mayoría de la opinión pública europea no suele ser consciente del pragmatismo de la política exterior de Obama, debido a una imagen excesivamente idealizada del presidente, en contraposición a la que ofrecía su detestado antecesor, y esto explica que apenas se inmutara ante un sorprendente discurso de Obama en Oslo en 2009, tras recibir el Premio Nobel de la Paz, y en el que el mandatario americano hacía una apasionada defensa de la guerra justa, algo inconcebible en los oídos de la Europa posmoderna. Está mejor informado, en cambio, el politólogo americano Fareed Zakaria, en una entrevista en la CNN al presidente Obama en enero de 2012, alabó los logros de su política exterior, que no se caracteriza precisamente por la consideración de Estados Unidos como la “nación indispensable”, tal y como suelen afirmar los neoconservadores republicanos. El realismo dice adiós a las cruzadas ideológicas o a las “cabezas de puente” democráticas, como el Irak que debería haber renacido después de la caída de Sadam Hussein. en aquella perspectiva tan idealizada como poco realista de la primera Administración Bush. El realismo, defendido por  Zakaria, puede incluso presentar como modelo para Obama no sólo a George F. Kennan, entre otros, sino al propio canciller Bismarck, árbitro del equilibrio europeo, pues sería la única forma de detener el tan anunciado declive americano. El método pasaría para poner el acento en el bilateralismo, muy característico, por cierto,  de la política exterior de Rusia y China, con la búsqueda de intereses comunes, por mínimos que estos fueran. Con todo, esto conllevaría –y lo estamos viendo- un debilitamiento o vaciamiento de las alianzas tradicionales, aunque esto no sea nuevo, pues ya apareció en la época de Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de George W. Bush, que solía referirse a the coalition of willing.

George F. Kennan era un nostálgico de la vieja diplomacia europea del equilibrio y de un mundo de normas internacionales, racionalista e ilustrado, que se llevó por delante el mesianismo expansionista de los nacionalismos, alumbrado por la Revolución Francesa. Kennan no compartiría la retórica de los discursos de Obama sobre política exterior, pero compartiría sus fines de alejar a Estados Unidos de peligrosas aventuras exteriores que derrochan sus energías políticas, económicas y militares, y que provocan el rechazo de una opinión pública más preocupada por lo que está sucediendo en casa.